Carlos Tévez, rey del Piamonte

El argentino, a sus 31 años, se consagra como hombre clave de la maquinaria juventina

Carlos Tévez celebra su gol ante el Madrid.
Carlos Tévez celebra su gol ante el Madrid.M. Regan (Getty)

“He trovado la confianza”, dijo Carlos Tévez, el lunes, mezclando expresiones castellanizadas del italiano. El porteño explicó brevemente que se siente importante. Seguro de su poder gracias al respaldo, en primer lugar, de la familia Agnelli, señores principales de este valle piamontés que ayer se cargó de una bruma blanca y perfumada. El vapor se elevó desde el Po como un aliento en la tarde bochornosa. Caliente, anticipando la hermosa semifinal que se cocinó en el viejo estadio Delle Alpi, nuevo estadio del Juventus, y que consagró a Tévez como la pieza definitiva en la maquinaria que atormentó al Madrid.

¡Qué feliz parecía el encuentro de ambos equipos! Buffon se reía con Casillas; Ancelotti hablaba con Allegri; Ramos intercambiaba anécdotas con Llorente; y Morata se abrazaba a sus viejos compañeros. El clima familiar en el túnel de vestuarios del viejo Delle Alpi no anunciaba unas semifinales al límite. Solo la cara del impasible Pirlo, serio como un presidiario, insinuaba un cierto conflicto.

La curva sur del estadio entonaba el nombre del Apache en un canto de devoción

La semifinal se planteó como suelen prepararse los partidos decisivos de la primavera. Como si no hubiera un mañana, Ancelotti y su homólogo Allegri entrelazaron una trama de lacerías para contrarrestarse mutuamente. El reparto de parejas fue riguroso desde el inicio. Como un complejo de ataduras, destacaron tres nudos. Bale persiguió a Pirlo; Ramos tapó las subidas de Vidal; y Sturaro se ocupó de incordiar a James. No había cabos sueltos. Hasta que los cabos empezaron a soltarse.

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Hace falta un gran talento para romper con lo previsible, para no hacer lo que todos piensan, para sacudir el tablero y dejar perpleja a la maquinaria que mueve la conciencia colectiva, adiestrada, gregaria, del equipo adversario, y al tiempo iluminar la a los propios colegas. Ese talento fue Tévez. Corría el minuto ocho. Avanzó el Juventus sobre campo contrario presionando con sus tres potentes volantes interiores, se desplegó Sturaro por la izquierda para fijar a Carvajal, incursionó Marchisio por la derecha, y Tévez se desmarcó al medio del área ganándole la espalda a Kroos y la posición a Varane. El argentino hizo la diagonal de tal modo que evitó la zona de Ramos. Señal de inteligencia porque el sevillano había levantado una empalizada del otro lado de la cancha. Quedaba, sin embargo, un acceso abierto en ese carril. Se coló por ahí. Y ahí le puso la pelota Marchisio. El disparo cruzado fue inmediato. Casillas lo desvió, pero no lo suficiente. Morata metió el rechace adelantándose a Pepe en el segundo palo. El 1-0 sometió al Madrid a una tensión que no lo abandonó en toda la noche. Solo la jugada de James, antes del empate de Cristiano (1-1), dio aire al equipo visitante en la agotadora búsqueda de espacios.

Al final del partido, Pirlo sonrió mostrando su blanca y casi desconocida dentadura

Tévez tiene 31 años. Pero maniobra con tanta astucia que siempre reserva una cuota de energía. En el minuto 55, cuando el Madrid se encontraba confiado buscando el remate en un córner en campo contrario, aprovechó un error de Marcelo, el hombre que debía cerrar, para dirigir un contragolpe que puede pesar como una estela de mármol sobre la eliminatoria. Carvajal no pudo contenerlo sin hacerle penalti. Casillas no pudo parar la ejecución.

El 1-0 sometió al Madrid a una tensión que no lo abandonó en toda la noche

La curva sur del estadio, repleta de ultras, entonaba el nombre de Tévez en un canto de devoción. Solo Ramos se interpuso entre el delantero y su empeño destructivo. La erosión que provocó en la defensa del Madrid mantuvo a Casillas en alerta hasta que a falta de cinco minutos Allegri lo sustituyó por Pereyra. El jugador abandonó el campo conteniendo su rabia. Cuando el entrenador lo quiso abrazar, aceleró como un animal salvaje y se metió en el banquillo. Al acabar el partido Buffon apretó los puños y en el borde del campo ocurrió algo extraordinario. Entrevistado por un equipo de la televisión italiana, Andrea Pirlo sonrió mostrando todos los incisivos y los colmillos de su blanca y casi desconocida dentadura.

Sobre la firma

Diego Torres

Es licenciado en Derecho, máster en Periodismo por la UAM, especializado en información de Deportes desde que comenzó a trabajar para El País en el verano de 1997. Ha cubierto cinco Juegos Olímpicos, cinco Mundiales de Fútbol y seis Eurocopas.

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