Oda al fútbol total

Refundada en 2006 y moldeada por Löw, Alemania deslumbra a partir de Kroos, que acertó en el 93% de sus pases ante Brasil

Klose, Kroos y Khedira celebran un gol.
Klose, Kroos y Khedira celebran un gol.MARCUS BRANDT (EFE)

Conscientes de que el inmovilismo penaliza, de que una retaguardia sólida y un panzer goleador es una fórmula demasiado añeja y de que para avanzar siempre es preciso reinventarse, aplicar una vuelta de tuerca, los altos cargos de la Federación Alemana dieron en 2006 un golpe sobre la mesa. Pese a la excelsa cosecha de la Nationalmannschaft en los Mundiales –tres estrellas y cuatro subcampeonatos–, olfatearon un cambio de rumbo en el fútbol y se aplicaron en el laboratorio. Apostaron por Jürgen Klinsmann en el banquillo de su selección y rediseñaron las bases del juego germano, en pos de un modelo más coqueto, pero igualmente efectivo. La apuesta se plasmó directamente en la Bundesliga, desde entonces un campeonato saneado, vistoso y alegre, y alcanzó su apogeo con la exhibición histórica de anoche frente Brasil, a la que el equipo de Joachim Löw zarandeó como a un guiñapo en el Mineirão y le infligió la derrota más sonrojante su historia: 1-7.

Alemania se expresa ahora desde el balón, la velocidad y la gestión de los espacios. La movilidad es permanente y las permutas desconciertan al rival

De la mano de este técnico, Alemania ha sabido evolucionar hasta confeccionar un engranaje casi perfecto. Solo España, que le puso freno en la final de la Eurocopa 2008 y las semifinales del Mundial 2010, e Italia, escollo insalvable en el mismo peldaño de la Euro 2012, han conseguido trastabillar a un equipo demoledor, cuyas cifras asombran desde la portería hasta el estilete. Anoche, contra Brasil, los registros estadísticos fueron espectaculares. Pese a que la pelota sólo permaneció el 47% del tiempo en los pies de los futbolistas germanos, siempre tuvo un fin dañino. Alemania disparó 13 veces, 10 de ellas al marco defendido por Julio César, y firmó siete goles. Es decir, tuvo una efectividad anotadora del 70%.

Pero, más allá de su pegada, el cambio cultural se plasma en la disposición de los jugadores y la forma de tratar el cuero. Lejos de esos tiempos en los que primaba por encima de todo el físico, la estrategia y los arrestos de sus futbolistas, Alemania se expresa ahora a partir del balón, la velocidad y la gestión de los espacios. La movilidad es permanente y las permutas en la línea de ataque desconciertan a su oponente. Frente a La Canarinha enlazó 546 pases, de los que 457 encontraron a su destinatario. En este sentido, el porcentaje de acierto se eleva hasta el 84%. Desnudó a su rival desde su labor en el centro del campo, donde Schweingsteiger y Khedira se impusieron como un rodillo a Fernandinho y Luiz Gustavo. El madridista, que llegó a Brasil por los pelos tras sufrir una grave lesión a principios de curso, no sólo actúa como sostén, sino que también se asoma con tino al área contraria.

Müller, Schürrle y Özil celebran el gol del segundo.
Müller, Schürrle y Özil celebran el gol del segundo.DAMIR SAGOLJ (REUTERS)

Es Kroos, sin embargo, quien mejor luce el esmoquin que se ha puesto Nationalmannschaft desde que Löw asumiese el mando. Unos metros más adelantado, menos encorsetado desde que el preparador reubicase a Lahm en el lateral derecho –en la fase de grupos se desempeñó como pivote–, el medio del Bayern fue la bisagra perfecta entre la medular y la línea ofensiva. Firmó el doblete más rápido en la historia de los Mundiales al perforar dos veces la portería en 69 segundos y participó en otros dos goles, en uno de ellos como asistente de Müller. Con el balón en los pies, su precisión es majestuosa. Completó 71 entregas, con un registro del 93%. Es el segundo mejor pasador del torneo con 464 pases, por los 466 de su socio Lahm. Él es, a día de hoy, la máxima expresión del fútbol total de la Alemania que deslumbró en el tapete de Brasil.

Lahm (466) es el pasador más efectivo del torneo y la omnipresencia de Müller (0.83 goles por partido) es otra muestra más de modernidad

La otra oda al juego moderno la simboliza Müller. Desgarbado y con aire despistado, omnipresente, se mueve por todo el frente de ataque de modo sigiloso, pero siempre aparece. Ante Brasil, partiendo desde el flanco derecho en lugar de como falso ariete, canalizó el 45% de las embestidas de su equipo y recorrió 11,5 kilómetros; en el otro costado, Özil sólo concentró el 20%. Anoche, en Belo Horizonte, Müller volvió a clavar su aguijón para abrir paso. Suma ya cinco tantos en el torneo –es el segundo máximo artillero, por detrás de James Rodríguez, con un ratio de 0.83 por partido–, un total de 10 en la Copa del Mundo a sus 24 años. Junto a él, dos actores secundarios como Klose y Schürrle encarnan también la eficiencia germana. Desde el silencio, el primero firmó su gol 16 en los Mundiales para derribar el récord de Ronaldo y el segundo, asiduo al banquillo, acumula ya tres en solo 156 minutos sobre el césped (una media de 0.60).

Es la nueva Alemania, en la que el portero Neuer actúa muchas veces como un libre –ante Brasil hizo 28 pases y globaliza 148 en el torneo- o en la que el delantero recula para rebañar una pelota. Aquella selección que busca su cuarto cetro –no vence desde 1990, en Italia– y que suma más partidos (105), goles (223) y finales (ocho) en la historia del campeonato. La que, mientras unas debaten sobre su estilo, enarbola hoy día el toque y la combinación, el desenfreno dentro de un orden. La bandera del fútbol total.

Sobre la firma

Alejandro Ciriza

Cubre la información de tenis desde 2015. Melbourne, París, Londres y Nueva York, su ruta anual. Escala en los Juegos Olímpicos de Tokio. Se incorporó a EL PAÍS en 2007 y previamente trabajó en Localia (deportes), Telecinco (informativos) y As (fútbol). Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra.

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