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Maider Unda, la fuerza de los orígenes

La única luchadora española se refugia en un caserío alavés preparando quesos

Maider Unda, junto a los quesos que prepara en un caserío alavés.
Maider Unda, junto a los quesos que prepara en un caserío alavés.

Llega el panadero. Maider Unda (Vitoria; 1977) le escucha por las ventanas sin cristales y deja las máquinas de musculación en las que se prepara para competir en los Juegos Olímpicos de Londres. Baja del desván de su caserío en Olaeta, Álava, por unos escalones de madera resquebrajada. Pasa por delante de tres cerdos retozones, cuatro excitados perros, tres caballos despeluchados y 15 gallinas enjauladas. Recogido el pan, vuelve a las pesas con la motivación de superar el quinto puesto que logró en Pekín 2008. Ya es media mañana, pero es que a Maider las seis de la madrugada la encontraron entre 300 ovejas lachas con cuya leche elabora al año 5.000 quesos. A la maligna que no entra mansa en la ordeñadora la coge de una pata y tira con fuerza. Similar a lo que hará hoy (14.45) si en su deporte, lucha libre, llega la prórroga al empatar a cero en alguno de los tres asaltos de dos minutos que componen un combate. Entonces podrá coger una bola de una bolsa que le tienda un árbitro y, de tocarle la de su color, roja o azul, agarrará una rodilla enemiga. Si la tumba en menos de 30 segundos, vencedora; que se le resiste, vencida. Y vuelta al caserío.

Si una oveja no entra mansa, la coge de una pata y tira. Como si fuera un combate

Esta mujer con brazos de hombre que estrecha la mano con fuerza de niño ha conseguido la única plaza olímpica española de su deporte. Era ella o nadie. Ha ganado en diferentes pesos 13 de los 14 Campeonatos de España de lucha libre. Le falta el trofeo de 1999 porque no se celebró, y en lugar del de 2011 conserva una cicatriz en la rodilla izquierda por un ligamento roto. Sencilla pero orgullosa, reafirma que su palmarés muestra que las cosas, como las hace, están bien hechas. Acertó al volver con sus padres, dejando atrás el centro de alto rendimiento de Madrid donde se entrenó para los Juegos de 2004, primeros en reconocer la lucha femenina, y que se perdió por una bursitis. Comida de soledad entre millones de personas para quien se crio en los lazos del esfuerzo campesino de unos 100 habitantes.

Unda, junto a sus ovejas. ampliar foto
Unda, junto a sus ovejas.

Sin hablar con su hermana, dejan pasar durante una hora ovejas a las que enfundarles las ubres y desinfectar con un líquido guardado en una botella de Coca Cola. Con botas, guantes de goma y rudos agarres salpicados de indeterminados “Vale, eh”, Maider persigue con resignada energía a los últimos animales. Luego vuelcan dos tinajas de 80 litros de leche en una cuba donde se elabora el queso con denominación de origen que su madre venderá por el País Vasco a 17 euros el kilo. Son las siete; ha sido su despertar hasta días antes de marchar a la cita mayúscula para cualquier atleta.

Ha ganado en diferentes pesos 13 de los 14 Campeonatos de España de lucha libre

Cuece cuajada mientras explica la lejanía de la Federación. “Parece que al vivir en tu casa no entrenas”, explica. Al contarlo parece asimilar su condición al tapiz. Ella se mueve por los nueve metros de diámetro del círculo amarillo y rojo donde se permite luchar. En el cuadrado azul de 12 metros que lo rodea actúa la Federación. “No hay dinero”, dice que le responden para no pagar el viaje a Londres de Luis Crespo, su entrenador y electricista a tiempo parcial. Sí viajará el seleccionador, explica la Federación, que ha conseguido una acreditación para Crespo. El resto deberá salir de la beca ADO de 45.000 euros que recibe la luchadora o de los 22.500 de la de su técnico, ambas prorrogadas de manera extraordinaria, pues el año pasado la vasca no consiguió resultados por su lesión.

Sin quejas, Maider cambia la segadora del tractor con que apilará hierba. Intenta desencajarla a saltos con los 72 kilos que deberá pesar en los Juegos para entrar en su categoría. Los prominentes pómulos de tersa piel contraen y arrugan sus pequeños ojos hasta que las cuchillas se sueltan. Luego limpia con una manguera la ordeñadora al contar que, con 35 años, no le queda tiempo en la élite. Tiene pareja, Aitor, y quiere ser madre. Golpes y viajes no casan con su instinto maternal.

Maider Unda se entrena con su técnico, Luis Crespo. ampliar foto
Maider Unda se entrena con su técnico, Luis Crespo.

Siesta mediante, su entrenamiento vespertino se centra en la técnica. De su gimnasio, en Vitoria, le separa media hora de carretera. A la pastora y a Eider, su sobrina de nueve años, les recibe un electricista que redujo su jornada para preparar a su luchadora. Habla de la confianza que mantiene en que Maider gane los cuatro combates que la separan del oro con ella de fondo, que calienta jugando al frontón con Eider. Después se enfrentan, acostumbrada ella a competir con hombres desde que comenzó de niña en el sambo, otra modalidad de lucha. El ejercicio salta tanto el elástico que le recoge el pelo caoba como la ira cuando en un agarre se le escapa el contrincante. Casi una intensa hora en que las cabezas se unen, buscando inmovilizar con alguno de los 23 movimientos que según las reglas y el criterio de los jueces otorgan uno, dos, tres o cinco puntos con los que ganar.

Entre asaltos y broncas a su sobrina, que no para, Maider suelta los brazos con los que se lanza célere a por las piernas en un movimiento que el reducido circuito de luchadoras ya se conoce. Con la niña masajeándola, explica que la fuerza, su base, hace que el estilo de algunas rivales se le atragante. Cerca levantan pesas hombres que la ven entrenar cada tarde, pero que ni saben que hace tres años ganó un bronce en un Mundial ni por qué dejará de ir en verano. Su sobrina sí lo sabe. “Irá a Londres”. Cuando se le pregunta a qué se va a unos Juegos, sintetiza, enervada y sabia: “Pues a qué va a ser. A luchar”.

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