OBITUARIO

Pahíño, el goleador que leía a Dostoievski

Militó en el Madrid anterior a Di Stéfano, Celta y Deportivo

Manuel Fernández Fernández, "Pahíño", en 2008.
Manuel Fernández Fernández, "Pahíño", en 2008. JESÚS AGUILERA (DIARIO AS)

“¡Qué se puede esperar de un futbolista que lee a Tolstoi y a Dostoievski!”, acabó por sentenciar el diario Arriba a Pahíño, nombre de guerra de Manuel Fernández Fernández, vigués de la parroquia de San Paio de Navia, fallecido ayer a los 89 años de edad en Madrid. “Siempre fui diferente”, concedía Pahíño, el único futbolista que figura en los altares de los dos principales equipos gallegos, el Celta de Vigo y del Deportivo de la Coruña. También fue figura del Real Madrid anterior a Di Stéfano, aquel equipo que trataba de edificar un joven Santiago Bernabéu para disputar la hegemonía del fútbol español a Barcelona, Athletic de Bilbao y Atlético de Madrid.

Pahíño, que fue pichichi con el Celta y con el Real Madrid, vistió de blanco entre 1948 y 1953 y dejó un promedio realizador (108 dianas en 124 partidos) solo igualado después por Puskas y ahora en riesgo de mejora por Cristiano Ronaldo, que sale a más de un gol por partido. Fuerte, rápido, rematador con las dos piernas, certero en el juego aéreo, Pahíño pareció en condiciones de discutirle a Telmo Zarra el puesto de delantero centro en la selección española, pero le penalizó lo que a ojos del régimen franquista semejaba rebeldía.

Aquel delantero que leía libros prohibidos (se los conseguía un amigo que regentaba un quiosco en las Ramblas barcelonesas) no estaba acostumbrado a bajar la cabeza ante nadie. No lo hizo cuando en los minutos previos a su debut con la selección en Suiza el jefe de la expedición, el militar coruñés Gómez Zamalloa, irrumpió en el vestuario para lanzar una arenga y dejar una sentencia que definió durante décadas al deporte español: “¡Y ahora, señores, cojones y españolía!”, bramó el teniente general ante los jugadores. Pahíño no reprimió una sonrisa burlona. Las autoridades tomaron nota y apenas vistió la camiseta de la selección dos veces más. De nada le valieron los goles que jamás dejó de marcar con el Real Madrid: no fue convocado al Mundial de Brasil en 1950 y tampoco contó para el siguiente ciclo previo al de Suiza.

“Seguramente nací antes de tiempo”, reflexionaba Pahíño, que creció como delantero en el Celta, el equipo de su infancia y en el que estuvo a las órdenes de otro mito, Ricardo Zamora. Santiago Bernábeu le fichó justo cuando se planteó el crecimiento de la entidad blanca a partir del recién inaugurado estadio de Chamartín. Pero Pahíño no llegó a festejar un título de Liga. Lo hizo el Madrid justo la temporada siguiente a la que declinó la oferta para firmar un nuevo contrato. Pasaba de los 30 y la costumbre, nunca rota, de Bernabéu era a partir de esa edad ofrecer la renovación año a año. La puja llegó hasta las 275.000 pesetas por temporada, pero Pahíño optó por regresar a Galicia y vestir de blanquiazul con el Deportivo de la Coruña.

Di Stéfano tomó la camiseta número nueve que él había dejado y el Madrid ganó la Liga por primera vez en 20 años. Con todo, el delantero de Vigo gozó una pequeña revancha dos años después cuando con los coruñeses anotó los dos tantos de la victoria de su equipo en el feudo merengue (1-2), durante casi medio siglo la única de los deportivistas en cancha del Real Madrid. Fue entonces cuando la afición madridista recordó un romance que años atrás había hecho fortuna por Chamartín:

Ponen al público en pie / los centros de Joseíto, / pero cuando la emoción / se pone el alma en un hilo / es cuando empalma un trallazo / sobre la marcha Pahíño.

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