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Federer es infinito

En un final emocionante, el suizo gana (6-3, 6-7 y 6-3) ante Tsonga su sexta Copa de Maestros, más que nadie

Es el momento de Roger Federer. Esperan el trofeo, los récords y la historia. Ya no cuenta para nada Jo-Wilfried Tsonga. Ya no hay tiempo de que renazca, de que vuelva y ataque con saña. Todo eso piensa el suizo cuando el O2 Arena le ve sacar por el partido, glorioso mito de la raqueta, Federer con 6-3, 5-4 y su servicio para rematar la faena en la final de la Copa de Maestros. El francés, sin embargo, es de la escuela de la inconsciencia. A hierro mata y a hierro muere. Su tenis está hecho de corazón y tripas, sin lógica que lo contenga. Con Federer pensando en los fotógrafos, Tsonga se procura sus tres primeras bolas de break del duelo (6-3, 5-4 y 0-40). Calla el estadio. Tiembla Federer. Rompe Tsonga y nace un partido nuevo, rebosante de miedos, que retrata mejor que nada al Federer de 2011: coronado (6-3, 6-7 y 6-3) por sexta vez como maestro de maestros, el récord, logró su 70º título en su 100ª final dejando algunos instantes estupendos, pero sin la continuidad que caracterizó a sus mejores tiempos. Hasta desaprovechó un punto de partido en la muerte súbita.

Así llega el número tres a su victoria 39 en el torneo, tantas como el checo Ivan Lendl, que hasta ahora tenía el récord. Igual que un buen cazador, Federer olfatea un momento decisivo cuando nada parece señalar que haya llegado. En la primera manga, Tsonga le ha arrastrado hasta el 30-30 en tres saques suyos seguidos (4-3). El duelo transcurre entre emboscada y emboscada. Todo parece indicar que lo que debe hacer el suizo es concentrarse en sus problemas antes que en creárselos a su contrario. Federer, sin embargo, hace magia de la nada. Dos tiros eléctricos y una increíble carrera con el estadio patas arriba le dan tres bolas de break (4-3 y 0-40). Tsonga, hasta entonces al mando de las operaciones, se transforma en un cervatillo, tímido e impresionado al verse en la mirilla del cazador más prestigioso. El suizo consigue la ruptura (5-3), sufre luego hasta el deuce para cerrar el set, y así empieza a escalar una montaña más en su inigualable currículo.

La final se disputa entre aires festivos. El público recibe a los tenistas con una ovación cerrada. Reserva su fría indiferencia para Cristiano Ronaldo, presente a la grada. Abuchea con estruendo a Boris Johnson, el alcalde de Londres. Celebra a Pippa Middleton. Ajenos a la algarabía, Federer y Tsonga compiten la primera manga con las ansias y la tensión de los momentos decisivos: en los 10 encuentros previos, se impuso nueve veces el que hizo suyo el parcial inaugural.

Tsonga no piensa en eso. Tsonga no piensa en nada. Todo su ser está dedicado a una única cosa: disparar derechas como obuses y saques como piedras. Durante casi dos sets, Federer le niega cualquier grieta. A la que se distrae pensando en la historia, el francés derriba de un zapatazo su puerta. Suma más errores no forzados y más golpes ganadores, tantos aces y más dobles faltas que el contrario. Vive en el riesgo, y del riesgo vive. Cuando rompe el dique, río en crecida, ahoga a Federer con su potencia incontenible. En ese momento, ya no hay estrategia que valga, ya no sirven las trampas tendidas a media pista, ni las sutilezas con las que intenta confundirle el suizo. Cada segundo saque de Federer precede a un mamporrazo de Tsonga. Cada intercambio de fondo, a un golpetazo. Es la fuerza o la fuerza. Terreno Tsonga, que acaba perdiendo sus oportunidades en la red, donde le cita el suizo maliciosamente.

Tras su primer año sin conquistar un grande desde 2002, Federer ya tiene una copa con la que salvar la temporada. El resultado, logrado también en 2010 y en similares circunstancias, no esconde su reto para el futuro: siempre un peligro bajo techo, donde ha conquistado seis de sus últimos siete trofeos, Federer lleva mucho sin conquistar una gran cita al aire libre. Eterno como es, 2012 le ofrecerá la oportunidad de renovar un palmarés a la altura de su brillante raqueta. Desde enero y en el Abierto de Australia, Federer busca su decimoséptimo grande.

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