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La despedida de Rienda

Las lesiones impidieron una carrera mucho más brillante a la esquiadora granadina de 35 años que ha anunciado su retirada

Resistir es importante, pero a veces no merece la pena. María José Rienda estaba ya fuera de tiempo y el anuncio de su retirada esta tarde durante los Campeonatos de España de esquí, fue solo un trámite. Aplazada y justificable decisión, sin duda, por la emoción de hacerlo en su casa, Sierra Nevada, y por la rabia contenida de cuánto más pudo conseguir, pero que la mala suerte le impidió. Las graves lesiones de rodillas cortaron una carrera que pudo ser mucho más brillante pero se frustró. Con la marcha definitiva de la esquiadora granadina, sin embargo, se va una de las grandes deportistas españolas de todos los tiempos y una de las dos más grandes de la nieve junto a Blanca Fernández Ochoa. En un país donde el esquí ha sido y sigue siendo un desierto helado ella pasará a la historia como uno de los escasos oasis de lujo.

María José no ganó una medalla olímpica, como Blanca con su bronce en su despedida de Albertville 92, pero la superó con más victorias (seis frente a cuatro) en el duro circuito de la Copa del Mundo. Fue una dignísima sucesora que no llegó a más por las lesiones. Blanca perdió la medalla en los Juegos de Calgary 88 al caerse en la segunda manga, pero logró subir al podio en los siguientes. María José llegó a los Juegos de Turín 2006 como la gran favorita. Sus dos temporadas anteriores la habían llevado a la cima del eslalon gigante, su gran prueba. Pero las citas olímpicas son así de crueles o maravillosas. Paco Fernández Ochoa tocó el cielo en Sapporo 72 jugándosela en el eslalon cuando apenas completó su palmarés con otras grandes victorias. Rienda, en cambio, perjudicada por el cambio de trazado en la pista de Sestriere tras una gran nevada, perdió todas sus posibilidades ya en la primera manga y acabó finalmente en un decepcionante décimotercer lugar.

Fue un duro revés, pero en plena madurez aún podía aspirar a una revancha "estilo Blanca" en Vancouver cuatro años más tarde. O, al menos, seguir en la cumbre del esquí con más victorias en la Copa del Mundo, e incluso en los Mundiales.

Pero apenas unos meses más tarde, en noviembre de 2006, cuando se entrenaba en Loveland (Colorado, Estados Unidos) para la temporada siguiente empezó su calvario. Sufrió la terrible triada, la rotura del ligamento cruzado anterior, el lateral interno y el menisco de la rodilla derecha. El principio del fin.

Su carácter, afable y recio a la vez, se puso a prueba una vez más y se recuperó tras perder dos años importantísimos. Aún quedaba un resquicio de esperanza. De hecho, en su vuelta a la élite pese a no salir en buen puesto, hizo el séptimo mejor tiempo en la primera manga del gigante de Soelden (Austria), en 2008, y acabó en un prometedor 16 puesto. Pero le esperaba la maldición de Colorado. En la siguiente prueba disputada en Aspen se destrozó la otra rodilla. Esta vez fue la rotura del ligamento cruzado anterior. Y el fin para la élite.

Volvió a recuperarse, pero no para el gran nivel. Ya fue imposible. Sus participaciones en los siguientes Mundiales y en los Juegos de Vancouver solo fueron un relleno. A sus 35 años se va con un historial envidiable tras competir, gozar y sufrir durante 17 por todas las pistas del mundo. Cinco participaciones olímpicas, desde Lillehammer, en 1994, y siete mundiales, justamente desde Sierra Nevada, en 1996, se lleva como gran bagaje de despedida.

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