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COLUMNA i

Una España premium, por un poquico más

La generalización de estos servicios ‘premium’ segrega a quienes están dispuestos a pagarlos de la gran masa que se los ahorra y se condena a un círculo del infierno hecho de vagones abarrotados, habitaciones sin vistas y publicidad incrustada hasta en el hipotálamo

Mediaset empieza en unos días a experimentar con un híbrido entre la tele de pago y la gratuita. Por 2,50 euros ofrecerá su programación sin anuncios, trasladando a la tele eso que ya funciona en trenes, aviones y hoteles: por un poquitín más, le libramos de la incomodidad de ser pobre. Es esa clase intermedia -entre la turista y la primera- al alcance de una amplia parte de la población a la que no le llega para el lujo de verdad, pero puede hacer un esfuerzo por disfrutar de su sucedáneo.

Como estrategia comercial, es impecable. La promesa de unos centímetros más, un asiento más grande, una habitación con baño de chorretes o un programa sin anuncios por solo unos euros es una tentación mefistofélica que seduce incluso a los tacaños. Como estrategia social, en cambio, es aterradora. La generalización de estos servicios premium segrega a quienes están dispuestos a pagarlos de la gran masa que se los ahorra y se condena a un círculo del infierno hecho de vagones abarrotados, habitaciones sin vistas y publicidad incrustada hasta en el hipotálamo.

Los que abonamos con gusto ese poquico más podemos acabar viviendo en un gueto acolchado con música de ascensor. Los que viven en el círculo infernal del low-cost se vuelven invisibles para quienes vivimos en la versión turista plus de España, que podemos acabar persuadidos de que habitamos un país mucho mejor (o un poquico mejor, al menos) de lo que las estadísticas dibujan.

Cuando nos llegue el rumor de su disgusto, haremos como la María Antonieta apócrifa y preguntaremos de qué se queja el populacho. Es que están hartos de ver anuncios de casinos por internet, nos dirán, en vez del histórico “es que no tienen pan”. Y nosotros, en lugar de responder que coman galletas, diremos, desdeñosos: ¿y por qué no pagan un poquico más para no verlos?

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