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LLAMADA EN ESPERA

El patio trasero del MOMA

La reciente donación de Phelps de Cisneros afianza la apuesta latinoamericana del museo

Irregular frame nº 2 (1946), del artista argentino Juan Melé, de la colección Patricia Phelps de Cisneros. Ampliar foto
Irregular frame nº 2 (1946), del artista argentino Juan Melé, de la colección Patricia Phelps de Cisneros.

En diciembre de 1988, John Yau publicaba en Arts Magazine su artículo Por favor, esperen al lado del guardarropa. En él reflexionaba sobre uno de los hoy considerados cuadros estrella del MoMA —y una pintura emblemática de Wilfredo Lam—, La jungla entonces colgada en un pasillo cercano al guardarropa del museo neoyorquino. Pero quizás el texto no hablaba de la hegemonía cultural. Tal vez La jungla estaba en un pasillo porque nadie sabía dónde colocarla, con quién ponerla a dialogar.

Pese a todo, la relación del MoMA con el arte de América Latina ha estado ahí desde siempre, incluso desde los tiempos heroicos de Alfred Barr, quien programó la primera exposición de Rivera, clave junto con el proyecto de Vasconcelos para la política cultural estadounidense de los años 30 y hasta para las propuestas de Jackson Pollock, gran admirador de Orozco además.

La colección del MoMA cuenta, de hecho, con obras fundamentales de América Latina y, lo que es más importante, con piezas a través de las cuales dicho arte puede establecer un diálogo elocuente. Desde el propio Pollock hasta Mondrian, las conversaciones y antagonismos entre “grandes maestros y maestras” se propician brillantes. Ocurrió con la muestra del venezolano Reverón, cuyas líneas delicadas se hacían aún más intrigantes tan cerca de Pollock. Y sucede desde hace poco el Broadway Boogie-Woogie de Mondrian: a su lado aparece ahora un trabajo de la artista brasileña Maria Martins, quien donó al museo el óleo del holandés. No está mal como estrategia: quien vaya a ver el Mondrian —todos los visitantes del MoMA— se dará de bruces con Martins. América Latina va dejando poco y poco —y no sin cierto esfuerzo— el pasillo al lado del guardarropa para llenar con paso firme las salas del primer museo de arte contemporáneo del mundo, donde clásicos como Lygia Clark o Torres García, ambas muestras comisariadas por Luis Pérez Oramas, se leen de pronto de otra manera por el simple hecho de compartir espacios contiguos con clásicos de las vanguardias europeas y norteamericanas.

Quizás esta combinación privilegiada de buenas piezas de arte de América Latina en la colección y obras fundamentales con las que éstas pueden establecer un diálogo fructífero, es la que ha decidido a la coleccionista y mecenas Patricia Phelps de Cisneros a donar más de 100 obras al museo neoyorquino. Aunque no es sólo la cantidad de piezas, sino de la calidad de las mismas. Entre la piezas donadas están las obras emblemáticas de la joya de la corona, la parte más sólida de su colección: el arte moderno de los 40 y 50. Esa parte de la colección desvela más que ninguna el rigor, la perspicacia y la pericia del ojo de Patricia Phelps de Cisneros, que lleva más de cuarenta años atesorando piezas. Y, muestra, además, sus fabulosas dotes de estratega al comprar a buen precio, cuando pocos intuían aún lo valioso de Gego, Willys de Castro, Otero, Soto…

Son esas mismas dotes de estratega, sumadas a su extrema generosidad —ha arrancado casi algunas obras de las paredes de su propia casa con el fin de que otros puedan gozar de ellas—, las que han trazado su misión y preocupación a lo largo el tiempo: visibilizar el arte de América Latina. Y ha sido quizás esa misma preocupación y su buen conocimiento del arte de América Latina la que la ha llevado a tomar la decisión de donar las piezas, en lugar de abrir su propia fundación, donde se hubieran sostenido solas al tratarse de “piezas de museo”. En el MoMA conversarán con otras piezas de primer nivel —entre otras esos Mondrian que fueron esenciales para el desarrollo del arte venezolano y brasileño— y se contarán historias diferentes de las consuetudinarias. Las diferentes modernidades pueden y deben encontrarse en las salas del museo y no en el pasillo cerca del guardarropa.