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MADRID VISTO POR... UNA FILÓLOGA

La ciudad de un millón de fantasmas

La capital guarda recuerdos y secretos. Marina Casado, experta en la generación del 27, cuando pasea por Madrid, descubre los fantasmas todavía vivos que habitan sus calles

Fachada de la Residencia de Estudiantes.
Fachada de la Residencia de Estudiantes.

Decía un ilustre madrileño, el poeta Dámaso Alonso, que “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”. Corría el año 1940 y la Guerra Civil, recién terminada, había dejado un poso de tristeza y de pólvora sobre los tejados y las calles, sobre las delgadas aguas del río Manzanares, engullidas por las bocas del Puente de los Franceses que permanece en la memoria clara de una canción, porque los milicianos, “mamita mía”, todavía lo guardan. Años antes, en los albores del siglo XX, la madre de Arturo Barea fue lavandera en ese mismo río que Pío Baroja calificó como “trágico” y “siniestro”, y las aguas heladas del invierno le picaron las manos.


Hoy Madrid, con el permiso de Dámaso, es una ciudad de más de un millón de fantasmas. Resulta imposible comprenderla del todo sin conceder al tiempo una importancia relativa; sin admitir, como el esperpéntico Valle-Inclán, que para entender la realidad hay que reflejarla en los espejos cóncavo y convexo del Callejón de Álvarez Gato, y el reflejo deforme resultante será la imagen más precisa de Madrid con todos sus fantasmas.

Ramón Gómez de la Serna (cuarto a la derecha) en la tertulia del café Pombo, hacia 1931.EFE
Ramón Gómez de la Serna (cuarto a la derecha) en la tertulia del café Pombo, hacia 1931.EFE


Caminando por los callejones del Madrid de los Austrias, una tiene la sensación de que, tras cualquier esquina, aparecerá algún embozado de la época de Quevedo. Más hacia el oeste, hallamos la calle Don Pedro, en la que pasó su juventud el castizo poeta Pedro Salinas, y donde tenía su piso Evaristo Feijoo, el amable benefactor de Fortunata en la obra maestra de Galdós. Muy cerca, en el jardín de las Vistillas, hay un busto poco conocido del gran Ramón Gómez de la Serna, a quien todo Madrid llamaba, simplemente, “Ramón”, autor de las greguerías y carismático líder de las tertulias del Café del Pombo, situado antiguamente en la calle Carretas, junto a la Puerta del Sol. ¡Cafés madrileños! La vida cultural de nuestra ciudad se condensaba dentro de sus paredes. Quedan algunos, como el Gijón o el Comercial, tristemente reformado.


Fachada de la Casa de las Flores, un bloque de viviendas ubicado en el distrito de Chamberí (Madrid), lugar donde se reunía la generación del 27.
Fachada de la Casa de las Flores, un bloque de viviendas ubicado en el distrito de Chamberí (Madrid), lugar donde se reunía la generación del 27.
El gaditano Rafael Alberti fue un asiduo de los cafés. Cuando se mudó a Madrid en 1917, la ciudad le pareció “del negro más desesperante”. Pronto aprendió a amar el “finísimo plata madrileño” de sus cielos y se escapó de casa por las noches para pintar la luna cuando todavía no pretendía ser poeta. Visitó a menudo la “Colina de los Chopos”, donde aún hoy se alza la Residencia de Estudiantes, nacida al amparo de la Institución Libre de Enseñanza, en la que Federico García Lorca disipaba las penas con su piano y Luis Buñuel escalaba los muros. Alberti fue quien, durante la Guerra Civil, lideró el rescate de los cuadros del Museo del Prado, liberando los fantasmas de Goya, Velázquez y tantos otros para dejarlos a buen recaudo de las bombas, en la ciudad que entonces Antonio Machado llamó “rompeolas de todas las Españas”.


La Generación del 27 halló en Madrid un refugio. La Casa de las Flores de Pablo Neruda o la de Vicente Aleixandre, en Metropolitano –hoy en un lamentable estado de abandono–, fueron escenario de sus reuniones y tertulias, a las que acudieron incluso los más tímidos, como el poeta sevillano Luis Cernuda: un enamorado del séptimo arte cuyo fantasma todavía pasea por los antiguos cines de Fuencarral o los de Gran Vía, esa inmensa arteria madrileña que nació a comienzos del siglo XX y que hoy es la frente iluminada de esta ciudad que yo contemplo como una vieja dama de sonrisa melancólica, acogedora y gris, que nos invita a perdernos por sus calles y a comprenderla reconociendo, finalmente, que el tiempo posee una importancia relativa.


Marina Casado (Madrid, 1989) es Doctora en Literatura Española por la Universidad Complutense de Madrid, especialista en la Generación del 27. Además, es Licenciada en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid.

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