Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El efecto Gergiev

El director ruso hace historia con un Shostakóvich grandioso al frente de la OBC y el Mariinsky

Gergiev durante un ensayo con la OBC.
Gergiev durante un ensayo con la OBC.

Ciento veinte músicos en el escenario del Auditori -la plantilla de la OBC más buena parte de la Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo-, y en los atriles una única partitura, la Cuarta sinfonía de Dimitri Shostakóvich; por delante, 65 minutos de música que retrata los tiempos convulsos que le tocó vivir a un compositor acosado por Stalin y el terror de un régimen que, por principio, no toleraba la libertad de un artista. El resultado ha sido un concierto histórico en la temporada de la OBC: el artífice de ese grandioso éxito se llama Valery Gergiev.

Tiene fama Gergiev de ensayar poco. Desarrolla una actividad frenética al timón del legendario Mariinsky, un trasatlántico de lujo cuyos motores jamás descansan, con una agenda que produce fatiga con sólo mirarla. Llegaron el viernes a Barcelona, tras actuar en Valencia y Madrid; ensayaron por la tarde en su primer encuentro con la OBC y por la noche dieron un gran concierto en la temporada de Ibercamera con el tercer acto de Tristán e Isolda como pieza mayor.

La jornada del sábado empezó con más ensayos y culminó por la tarde en un Auditori tan lleno de público que daba gusto verlo; y el domingo doblete, con sesión matinal en Barcelona- y de nuevo en ruta con destino al Auditori de Girona, donde se esperaba con ganas la visita de la centuria rusa. No sólo cambian de ciudad; cambian de programa casi a diario, lo normal en la vida de los músicos del Mariinsky.

En la OBC viven mucho más relajados; llevaban años detrás de Gergiev y para lograr su debút en la temporada del conjunto barcelonés han tenido que aceptar sus reglas de juego: como no tiene tiempo para pasar una semana ensayando con una orquesta que no conoce, ha escogido la más mahleriana de las sinfonías de Shostakóvich, cuya monumental plantilla -un ejército con 80 efectivos de cuerda, 30 instrumentistas de viento y 10 de percusión- invita a compartir atriles a la OBC con su orquesta de confianza.

Los tres movimientos de la Cuarta son un torbellino de emociones, desde el temor y la rabia al sarcasmo y el ansia de libertad; mientras preparaba su estreno, en 1936, en plena purga, viendo como colegas, amigos y vecinos eran detenidos, enviados a campos de trabajo o fusilados directamente, Shostakóvich vivía un calvario: estaba en el punto de mira de Stalin, quien, para frenar el éxito de Lady Macbeth de Mtsensk, ordenó desde las páginas del Pravda la condena pública de su música por demasiado moderna y poco patriótica.

Por puro instinto de supervivencia, canceló el estreno y guardó la partitura en un cajón; cuando se estrenó en 1961, no cambió ni una nota, tal es la fuerza arrolladora que conserva. Y la OBC, orgullosa de compartir una experiencia única con Gergiev y su orquesta, se puso muy rusa: hubo fuerza, convicción y concentración en una obra de grandiosos contrastes, que alterna episodios camerísticos con atronadoras dinámicas; la acústica del Auditori es ideal para este tipo de erupciones sinfónicas.

La versión fue emocionante de cabo a rabo, con detalles claros y articulados en un discurso de alta tensión conducido con vigoroso pulso narrativo y espectaculares dinámicas; se disfrutó el sonido denso, y también la agilidad de las cuerdas, la contundencia en los metales, la precisión de las maderas, con ese punto ácido tan típico en el color orquestal ruso. Tal fue el impacto emocional que, al final de la obra, se disfrutaron cada uno de los muchos segundos de silencio absoluto antes del estallido de aplausos y bravos. Inolvidable.

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