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OPINIÓN

Apellidos y etnias

Marta Ferrusola confesaba la incomodidad de sus hijos cuando, de pequeños, iban al parque y se encontraban con que “todos eran castellanos”

Me temo que hoy empezamos una de las campañas más crispadas que se recuerdan. Sorprendentemente, la crispación no parece emerger del goteo continuo de 3%, las trituradoras ni las consultorías ficticias (versión autóctona, y más sofisticada de los famosos sobres). Hoy estamos crispados por los apellidos y las etnias. Hace ya un tiempo que el tema de los apellidos se va colando en el discurso y el imaginario político. Hace, de hecho, muchísimo tiempo. En 2001 Marta Ferrusola confesaba la incomodidad de sus hijos cuando, de pequeños, iban al parque y se encontraban con que “todos eran castellanos”. Y en 2008 declaraba sentirse “muy molesta” porque José Montilla fuera “un andaluz que tiene el nombre en castellano”.

En la Cataluña de los ochenta y los noventa, la geografía de muchas de nuestras ciudades hablaba no sólo de apellidos, sino de renta. Cuando los catalanes “de tota la vida” vivían en el centro y los charnegos en los barrios periféricos. Cuando unos eran los amos de las fábricas y los otros los que trabajaban en ellas. Cuando en las escuelas concertadas el cupo de integración lo ocupaban los “castellanos”.

La inversión social en Cataluña siempre ha estado por debajo de la media española y europea.

Esta es la Cataluña de la que venimos, la que la consolidación de la democracia tenía el deber de integrar, articular y cohesionar mediante políticas de redistribución de rentas, de servicios públicos universales y de igualdad de oportunidades. ¿Qué ha pasado para que en 2015 los apellidos sigan funcionando como arma arrojadiza? Por una parte, que ese Estado del bienestar integrador jamás se desplegó. La inversión en protección social en Cataluña siempre ha estado no sólo por debajo de la media europea, sino también de la española, según los datos de Idescat y Eurostat. Inexplicablemente, una de las zonas más ricas de España ha desatendido de forma crónica la protección social. Las consecuencias se han hecho notar, como siempre, entre los más dependientes del sector público, aquellos que no pueden compensar el desdén institucional pagando mutuas o escuelas privadas.

Por otra parte, ha pasado que sobre esa Cataluña de catalanes y castellanos, de ricos y pobres, se ha corrido un tupido velo. Hoy los responsables de esa subinversión y de la cronificación del charnego se visten de campeones de la inversión social y culpan a Madrid de decisiones económicas tomadas cuando sus representantes no sólo tocaban poder sino que a menudo lo definían. Curiosamente, ninguna de las victorias negociadoras en Madrid se tradujo en un acercamiento entre la inversión social en Cataluña y la del resto de España o Europa. Siempre nos quedamos por debajo. Las prioridades siempre fueron otras.

Tampoco las fuerzas políticas que aspiran a ocupar el espacio de las periferias gustan recordar que venimos de años de maltrato a sectores importantes de nuestro país. Asumiendo el rol del nuevo rico, parecen preferir mantener en secreto (a voces) de que el país se construyó sobre las espaldas de aquellos a quienes quieren representar.

El olvido asistencial de los más desfavorecidos se ha traducido en una menor participación política

Este olvido asistencial y político se ha traducido, a su vez, en una menor participación política. ¿Por qué no es objeto de debate el hecho de que exista una fuerte relación entre clase, origen y participación política? Quizás con un buen diagnóstico podríamos abordar la desafección, la abstención y el desapego. Tampoco es baladí la relación entre lengua de uso y preferencias políticas y de relación con España. Si algo ha rescatado el actual debate identitario es una realidad que nunca se fue: Cataluña no ha conseguido ser un modelo de integración y de igualdad de oportunidades, y esto ha cristalizado en la existencia, a efectos prácticos, de dos espacios políticos con opciones muy diferenciadas, no sólo políticas sino en términos de participación.

Decir que el 65% de los indecisos ante el 27-S son hijos de padres nacidos fuera de Catalunya no es etnicismo, es poner el dedo en una llaga que lleva demasiado tiempo sangrando, mientras algunos hacen esfuerzos por mirar para otro lado y otros niegan lo que no conocen. Quizás lo más significativo del debate actual es que, a pesar de lo que indican todas las cifras, tantas personas se rasguen las vestiduras cuando alguien insinúa que en Cataluña los apellidos son un determinante fuerte de renta y participación política. Porque hay quien se rasga las vestiduras para no abrir la caja de Pandora, pero hay también quien se indigna, sencillamente, porque los vasos comunicantes entre estos dos espacios políticos son tan escasos, vivimos tan segregados, que lo desconocido les parece inverosímil.

A mí, lo que me parece es preocupante.

Gemma Galdon es doctora en Políticas Públicas