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Un crimen perverso, pero no perfecto

‘Angie’ suplantó durante dos años la identidad de una amiga y la mató para cobrar seguros de vida que había contratado a su nombre. El ‘printer’ de un cajero la delató

Un crimen perverso, pero no perfecto

El asesinato cometido por María Ángeles Molina, Angie,fue tan retorcido que hasta los investigadores de homicidios, acostumbrados a contemplar el lado más atroz del ser humano, torcieron el gesto. “Actuó con un grado de premeditación y de sofisticación que pocas veces he visto”, admite Josep Porta, jefe de homicidios de los Mossos d’Esquadra de Barcelona.

El 19 de febrero de 2008, Angie mató a Ana Páez, empleada suya en una firma de moda de Barcelona. Habían trabado una relación de amistad que, al menos para la víctima, era sincera. Angie la invitó a cenar en un apartamento de Gràcia que había alquilado para esa noche, la adormeció con una sustancia similar al cloroformo, le ató una bolsa de plástico alrededor del cuello y la asfixió. Después, confeccionó un macabro escenario criminal para despistar a la policía y conducirla, erróneamente, al móvil sexual: impregnó la boca y la vagina con el semen de dos trabajadores de un local de alterne que, a cambio de 200 euros, se prestaron a eyacular en un frasco.

“Al principio era un crimen inexplicable. Parecía un juego sexual que se les había escapado de las manos”, admite Porta. Las piezas “empezaron a encajar” cuando los Mossos se hicieron con unas imágenes en las que se veía a Angie, disfrazada con peluca, sacar dinero de un cajero automático poco después del crimen.

No era el sexo, sino el dinero, lo que explicaba un asesinato “propio de un psicópata”. Durante dos largos años, Angie suplantó la identidad de Páez y suscribió, a su nombre, préstamos bancarios y seguros de vida por más de un millón de euros. Para cobrarlos y mantener el alto tren de vida al que era adicta, Páez tenía que morir. Dos años de elaboración dan para mucho: para pensar en posibles coartadas, pero también para dejar, sin querer, huellas por el camino. La prensa bautizó el asesinato como “el crimen perfecto”. No lo fue. “Cuantas más interacciones hay entre asesino y víctima, más posibilidades hay de solucionar el caso”, sentencia Porta.

El investigador recuerda la “frialdad” de Angie tras ser detenida. “Se mantuvo todo el tiempo en silencio y observando”. Esa imperturbabilidad la amplificó durante el juicio, en el que defendió coartadas inverosímiles que no le sirvieron para evitar la condena: 22 años de prisión por asesinato y estafa que la mantienen, a día de hoy, entre rejas. Angie justificó, por ejemplo, el hallazgo de un bote de cloroformo en el registro de su casa: dijo que lo tenía para unas prácticas del colegio de su hija con un conejo. Ese hallazgo fue “el llacet” que, según Porta, culminó una investigación ardua.

Angie nunca ha admitido su responsabilidad. Al contrario, ha planteado excusas para todo. Cuando le preguntaron por la peluca que usaba cuando firmaba pólizas a nombre de Páez, decía simplemente que le gustaba llevar ese complemento “para juegos sexuales”. Si tenía el DNI de Páez en su casa era solo porque, como jefa de personal, de vez en cuando tenía que comprar billetes de avión a los empleados.

Ficha técnica de la asesina

Datos personales María Ángeles Molina, conocida como Angie. Nació en Zaragoza y tiene 43 años.

Tipología: Asesinato premeditado.

Víctimas: Su amiga Ana Páez. La policía sospecha que estuvo implicada en la muerte de su marido en los años 90, pero nunca llegó a probarse.

Perfil: Una empleada con la que mantuvo una relación de amistad.

Móvil: Económico.

Su caída: Fue captada por una cámara de vigilancia mientras sacaba dinero con una peluca.

¿Qué fue de ella?: Permanece ingresada en prisión para cumplir una pena de 22 años.

Cuando mató a Páez, Angie tenía novio. El hombre, un empresario textil que no tuvo nada que ver con el suceso, pasó “por todos los estadios psicológicos” que recogen los manuales de la materia: de la negación a la aceptación. Angie había estado antes casada con otro hombre, Juan Antonio Álvarez, también empresario, que regentaba varios restaurantes en Gran Canaria. Allí se conocieron, se enamoraron, se casaron y tuvieron una hija, Carolina, que aún hoy “sigue apoyando fielmente a su madre”, explican fuentes judiciales.

La desgracia sobrevino en 1996, cuando el cuerpo sin vida de Juan Antonio apareció junto a la cama de la habitación. La autopsia reveló que había muerto por un tipo de fosfato presente en el detergente. La hermana de Juan Antonio contó a los Mossos, tras el asesinato de Páez, que Angie había sacado 10.000 dólares de la cuenta corriente antes de su muerte y se había llevado un Rolex y tarjetas de crédito de su hermano. El repentino fallecimiento permitió a Angie cobrar una herencia de dos millones de euros y disfrutar de coches de lujo, ropa cara y cenas de postín, que es lo que siempre la ha obsesionado: el dinero y la apariencia de tenerlo. Pese a que procede de una familia humilde, la asesina se hacía pasar, a menudo, por descendente de aristócratas.

La muerte del empresario canario nunca quedó aclarada. Pero los investigadores aprecian tantas coincidencias en ambos casos —presencia de sustancias tóxicas, móvil económico— que tienen la íntima convicción de que el enrevesado asesinato de su amiga no fue el primero en la vida de Angie.