CRÍTICA
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Cisnes valientes

Ángel Corella presentó una de las obras sagradas del repertorio clásico El bailarín quiere convertir Barcelona en la sede de su compañía

Ángel Corella y Sarah Lane en "El lago de los cisnes".
Ángel Corella y Sarah Lane en "El lago de los cisnes".ANTONI BOFILL

El público que acudió la noche del pasado jueves al Gran Teatro del Liceo para presenciar el estreno de El lago de los cisnes por la compañía Corella Ballet se encontró con un centenar de trabajadores del coliseo barcelonés apostados frente a él, con pancartas y octavillas en las que se leía "salvem el Liceu" y "salvem la temporada", pidiendo a gritos la dimisión de su director general, Joan Francesc Marco ─en otros tiempos acérrimo defensor de la danza─, y manifestando su rechazo al expediente de regulación de empleo (ERE).

A esa tensión en el exterior se sumaba la del escenario. Allí Corella presentaba una de las obras sagradas del repertorio clásico y a la responsabilidad, que era grande, hay que sumarle la intención del bailarín de convertir Barcelona en la sede de su compañía, una decisión que no han tomado bien los grupos de danza contemporánea catalanes, ahogados por los recortes presupuestarios públicos y a la espera de nuevos recortes. Vista en conjunto, la situación parecía el argumento de un ballet dramático contemporáneo.

La función comenzó puntual y el Corella Ballet aprobó el examen. La versión de El lago de los cisnes que ofrece esta compañía fue digna y sobria en lo técnico y en la puesta en escena. El trabajo de los solistas fue impecable, pero el cuerpo de baile, debido a numerosas incorporaciones recientes, no bailó con la homogeneidad requerida, si bien con más rodaje y disciplina podrá lograr más carácter y fuerza; lo necesitan: en esta obra, el trabajo coral es decisivo. En ese sentido, hay que elogiar la valentía de Corella para afrontar el reto, ya que desde 1983, cuando María de Ávila (entonces directora del Ballet Nacional de España Clásico, hoy Compañía Nacional de Danza) montó el segundo acto de El lago de los cisnes, ningún coreógrafo o director español había afrontado esta obra hasta ahora.

Corella ha sido respetuoso con la coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov de 1895: solo ha suprimido alguna secuencia para agilizar este ballet en cuatro actos. Para la primera función en el Liceo, Corella había invitado a su compañera del American Ballet Theatre Sarah Lane, para formar la pareja protagonista: el príncipe Sigfrido y Odette/Odile. Lane es más conocida en España por doblar a Nathalie Portman en la película Cisne negro, pero es una bailarina que atesora una gran técnica, quizá fría en su expresión. Su momento en el Liceo llegó con la interpretación de la variación del cisne negro: su frialdad se convirtió en maldad y eso hizo que Odile brillara en todo su esplendor, su cuerpo pareció tomar vida, especialmente sus brazos, y realizó una seductora y arrogante interpretación cumpliendo con limpieza con los 32 fouettés. En cambio, en Odette, el cisne blanco, su baile careció del lirismo y estilo romántico que emana del personaje: bailó con nitidez, pero sin rozar el virtuosismo. Por su parte, Corella fue un apuesto y dinámico príncipe Sigfrido: sus seguros y veloces giros, su salto preciso, junto con su elegante baile, lo hacen un intérprete idóneo para estos papeles.

En cuanto al resto de los solistas del Corella Ballet, hay que mencionar, en el primer acto, a Kazuko Omori, Mamoko Hirata y Kirill Radev en el paso a tres: bailaron con seguridad y madurez este melódico y ligero fragmento musical. En el segundo acto, fiel a la tradición, Corella reunió en escena a los 24 cisnes y logró momentos sublimes, si bien también fue el fragmento en el que fue más evidente la falta de un estilo homogéneo y de la sutileza de registros que requiere bailar esta obra de Petipa.

En el tercer acto, que transcurre en el gran salón del castillo del príncipe Sigfrido, destacó en la danza española la bailarina Ana Calderón por su viveza interpretativa. En cambio, la danza napolitana, interpretada por dos hombres (los bailarines Francisco Estévez y Philippe Solano), pasó desapercibida. Corella hubiera podido elegir a dos de sus mejores intérpretes, los cubanos Dayron Vera y Alejandro Virelles, para ese dúo, lo que hubiera enriquecido una noche tan especial. En el último acto, al igual que en la obra original, se ha optado por el final trágico y no el feliz de otras versiones. Al terminar la función, el público aplaudió calurosamente la valentía de Corella y su grupo. Merecido.

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