LECTURA

‘Entre los árboles’: un inédito de Juan Mayorga

‘Babelia’ ofrece una obra original del dramaturgo Juan Mayorga incluida en el volumen ‘Teatro para minutos’, un compendio de piezas cortas reunidas por la editorial La Uña Rota que llega este lunes a las librerías

Juan Mayorga, retratado en Madrid.
Juan Mayorga, retratado en Madrid.GORKA LEJARCEGI

I

¿Me está saludando?

Perdóneme,

no lo reconozco.


¿Por no reconocerme me pide perdón?

Es muy amable.

Nada hay que perdonar,

puesto que usted

no me había visto nunca.

Cierto que su prometida

le habrá dado a ver

fotografías

en que yo aparezco entre otros hombres,

siempre detrás o en una esquina,

pero de sobra sé

que no me parezco al hombre

de mis fotografías.

Si ella le hubiese hablado de mí,

usted me hubiera reconocido

nada más verme,

pero no debe culparse

de que ella

no le haya hablado de mí.

Ella puede haberle dicho mi nombre

entre otros nombres,

pronunciando el mío

sin darle más valor que a otros.

O quizá ni siquiera

le haya dicho mi nombre.

¿Quiere oírlo?

¿Quiere oír mi nombre?


No.

No voy a oír su nombre.

Tengo prisa.

Adiós.


Si tiene prisa,

hablemos cuanto antes.

Si no tuviera tanta prisa,

yo le propondría un paseo

entre los árboles.

Pero más vale que hablemos

aquí y ahora,

puesto que tenemos prisa.

También yo.

Las palabras que debo decirle,

me importa decirlas

antes de su boda.

Como a usted le importa escucharlas

antes de su boda.


Puede decir tantas palabras como quiera.

Yo no estaré aquí para escucharlas.

En cuanto a la boda,

su nombre,

sea el que sea,

no estará en la lista de invitados.


No puedo obligarlo a escucharme.

Pero me quedaré aquí,

esperándolo,

por si cambia de parecer.

Quizá, tras pensarlo,

vuelva aquí.

Quizá vuelva aquí

solo o con ella.

Yo he renunciado

a que vuelva a verme,

pero si usted la trae aquí,

entre los árboles,

no me esconderé.


Hable ya.

Y, por su bien,

mida lo que dice.


Usted y yo

no nacimos para conocernos.

No soy la clase de persona

en que usted encuentra compañía,

ni usted la clase de persona

que yo busco

cuando no quiero soledad.

No somos, sin embargo, extraños.

Un afecto nos une

—¿y qué puede unir más

que un afecto?—.

En el pasado,

su prometida y yo

tuvimos un vínculo.

Si ella no le ha hablado

de ese antiguo vínculo

quizá sea porque fue

tan poco importante

para ella

como importante es para mí.

Nada tengo que reclamar,

ni nada que lamentar.

Si yo cada hora soñé

que ese vínculo

nunca acabase,

ella nada hizo

por alentar mi sueño.

Ni lamento nada

ni reclamo nada.

Lo mejor que he tenido,

lo mejor que nunca tendré,

son los momentos

que compartí con ella,

y si hoy me queda alguna fuerza

es la de saber que un día

ella vio algo bueno en mí.

Tampoco usted tiene nada

que reclamar, ni nada

que lamentar.

Ella se había apartado de mí

para siempre

antes de encontrarse con usted.

No niego que la noticia de la boda,

para la que yo no me había preparado,

me hizo sentir

hacia usted,

sin conocerlo,

un hondo rencor

del que hoy me avergüenzo.

No niego haber maldecido su nombre.

¡Cuánto me ha costado separar

sangre y pensamiento!

¡Cuánto me ha costado comprender

—cuántas noches sin sueño—

que, unidos por el amor

a la misma persona,

yo debía quererlo a usted!

¡Cuánto me costó saber

que aunque mi corazón se desangre

yo debo desear para ella

la felicidad sin mí!

Y es de eso,

de su felicidad,

de lo que vengo a hablarle.


Hable.


No era imposible

que usted pasase esta noche por aquí.

De no haberlo hecho,

yo habría encontrado otro lugar

—aunque ninguno hubiera sido

mejor que este—

para decirle

lo que debo decirle.

Lo que debo decirle es esto:

si, como espero,

usted la hace feliz,

podrá tenerme por el mejor de sus amigos.

No soy persona de muchos amigos,

pero mis amigos

no tienen un amigo mejor.

Hágala feliz

y yo lo acompañaré

en toda dificultad.

No dudo que así será:

la hará dichosa

y no tendrá amigo como yo.

No necesito conocerlo

para tener sobre usted

una alta opinión.

No soy optimista respecto de la gente

y cuento con el mal

antes que con el bien,

pero mi confianza en usted

tiene una raíz muy honda.

Mi confianza en usted

descansa en mi conocimiento

de la que va a ser su esposa.

Ella no se uniría a un hombre

al que no respetase,

y un hombre que ella respete

no puede ser un hombre cualquiera.

Creo que usted la hará feliz

y yo lo protegeré

porque será la felicidad de ella

lo que estaré protegiendo.

Si, por el contrario,

yo viese un día

en los ojos de ella

la marca de la infelicidad,

usted tendría en mí

el peor de sus enemigos.

Si ella no tuviese a su lado

la felicidad que merece,

yo no lo perdonaría a usted.

No soy persona violenta.

Nada me avergüenza más

que la violencia inútil.

Nadie debería esperar

de mí daño alguno.

Pero sé que el mayor daño

lo hace aquel

del que no se esperaría ningún daño.

No le hablo de hoy

ni de mañana,

hablo de una tarea

que me impondré mientras viva.

En todo momento sabré

cómo se siente su mujer.

Sé leer en su alma:

ella nunca podría ocultarme

su tristeza.

Lo único que ya puedo desear,

y lo deseo sin medida,

es que ella sea feliz

y usted con ella.

Todo depende de usted,

todo está en sus manos.

Haga lo que debe hacer

sin descuidarse nunca.

No se descuidará

si ella le importa

tanto como a mí.

Ella, usted, yo,

los tres seremos felices

o los tres desdichados.

Es también por mí

por quien peleo,

pues no seré feliz

si ella no lo es.

Esto quería decirle.

He elegido con cuidado

mis palabras.

No es preciso que usted

me conteste con otras.

Su vida me responderá.

En cuanto a la mía,

ya le he dicho

en qué voy a ponerla.

Usted no ha querido

conocer mi nombre

y no se lo diré.

Si usted no quiere,

ella no sabrá

de este encuentro.

Si es usted como espero,

puede olvidarme.

Yo no deseo

que volvamos a vernos.

No me verá más

si es digno de ella.

Pero no soy un profeta.

Solo puedo sentir hacia los otros

amor o desprecio.

No me dé nunca motivo

para despreciarlo.

Hoy mi corazón está lleno

de amor hacia usted.

¿Puedo abrazarlo?


II


¿Estás bien?


Desperté bien.

Dormí bien y desperté

del mejor humor.

Desperté contando

las horas que faltaban.

Impaciente,

fui a asegurarme

de que todo está dispuesto

para mañana.


¿No lo está?


Todo está dispuesto.

Si sale el sol

o si las nubes cubren el sol,

todo estará dispuesto.

Qué bello es el lugar

que hemos elegido

para nuestra boda.

Salí de allí alegre,

contando las horas que faltaban.

Lástima que tuviese,

de camino hacia aquí,

un extraño encuentro.

Un loco me saludó.

Entre los árboles.

Me saludó y dudé:

¿le sigo la corriente

o finjo no verlo?

Elegí mal.

No sé si esta noche

lograré dormir

ni de qué humor

me levantaré mañana.


¿Te hizo algo?


Me abrazó.


¿No hizo nada más?


Habló.

Habló con esa convicción

que solo tienen al hablar

los que dicen barbaridades.


¿Vas a decirme qué te dijo?


Pudo oír en algún sitio nuestros nombres

y noticia de la boda.

A estas horas

estará molestando a otro hombre,

dándole un abrazo.

Lo que me dijo

—tan impreciso—

puede ser dicho a cualquiera

que vaya a casarse mañana.


¿No me lo dirás?


No.


Hablemos entonces de otra cosa.

O no hablemos.


«Si hace feliz a su mujer»,

me dijo,

«no tendrá amigo como yo.

Pero si veo en los ojos de ella

la marca de la infelicidad,

no tendrá enemigo como yo».

«La marca de la infelicidad», dijo,

como si la conociese.

No quise saber su nombre.

Son palabras imprecisas.

Palabras vagas, borrosas,

que cualquiera podría decir

a un hombre que se casa mañana.

No quise saber su nombre.

¿Lo mencionaste tú alguna vez

solo o acompañado

de otros nombres?

¿Alguna vez me hablaste de él?


Nunca lo hice.

Nunca lo hubiera hecho.


¿Qué os separó?


Jamás estuvimos cerca.


¿Por qué no estuvisteis más cerca?


No es persona con la que yo

pueda vivir.


Porque es un loco.


No es un loco.


¿Cómo es?


¿Qué nos importa

cómo sea?


Yo quiero saber

cómo es.

Por eso dejé que me hablara.

Porque quería que sus palabras

me dijesen

cómo es.


Olvidémonos de él.

No es noche para hablar

sino de ti y de mí.


¿Desde cuándo no lo ves?


Cuando tú y yo nos encontramos,

él ya era para mí

la sombra de una sombra.

¿Tú no conociste

antes de mí

a otras mujeres?


¿Nos parecemos?


No.


Tiene que haber algo

en lo que nos parezcamos.


No.


¿Está enfermo?


¿Te pareció enfermo?


Me pareció tan frágil

que no tenía miedo a nada.

Me pareció que no tenía

miedo a nada

y que podía hacernos daño.

No debí hacer

lo que hice.


¿Le hiciste algo?


No respondí a su abrazo.

No debí hacer

lo que hice.


¿Lo amenazaste?


Creo que él me amenazó a mí.

No debí hacer

lo que hice.

No debí escucharlo.


Si tú me lo pides,

hablaré con él.


¿Sabrías encontrarlo?


Sé dónde buscarlo.


No quiero que hables con él.

Si un día te cruzas con él,

no quiero que le hables,

no quiero que lo escuches,

no quiero que le devuelvas la mirada.

¿Dónde lo buscarías?


En los lugares

donde estuvimos juntos.


¿Dónde empezarías a buscarlo?


En el último lugar

donde nos vimos.

Allí,

entre los árboles.


Allí está.

Entre los árboles.


No hay nadie

entre los árboles.


Tampoco yo lo veo,

pero sé que está allí.

Cualquier otro

se habría cansado

y se habría ido.

Yo me habría cansado

y me habría ido.

Él no se cansará.

Él estará allí

tanto tiempo

como sea necesario.

El tiempo que necesiten

sus palabras

para llegar

donde él las envió.

Las ha elegido con cuidado

y ha elegido con cuidado

cómo pronunciarlas

para que no se vayan nunca.

Caminando hacia aquí,

yo no dejaba de pensar en ellas

y en cómo las pronunció.

Al entrar, me ha sorprendido

mi mal rostro en el espejo.

Me he dicho:

«¿Esto voy a ser

el resto de mi vida?

¿Qué ha hecho

ese hombre de mí?».

Deseé matarlo.

Allí, entre los árboles.

El corazón

me golpeaba tan fuerte

que mis manos,

sin más armas,

hubieran bastado.

Deseo matarlo

y él me está esperando.

Allí, entre los árboles.

Ayer dormí bien y al despertar

conté las horas que faltaban.

Hoy no dormiré.

Está allí,

entre los árboles.

Nos está mirando.

No podré dormir

mientras nos esté mirando.


¿Qué quieres de mí?

Haré lo que me pidas.

Si tú me lo pides,

él no existirá más.


No basta que no exista.

Es necesario

que no haya existido.


III


¿Por qué me desprecias?

¿Crees que necesito un guardián

de mi felicidad?

¿Por qué me castigas?

¿Qué ganas tú

amenazando al hombre

con el que voy a vivir?

¿Por qué golpeas

contra nuestro pasado?

¿No ves que me haces aborrecer

cada momento

que pasamos juntos?


¿Te ha dicho ese hombre,

el hombre con el que vas a vivir,

que yo lo he amenazado?

No creo haberlo hecho.

¿Por qué querría yo

amenazarlo?

Si lo has elegido

para tu vida,

¿cómo podría yo tener

nada contra él?

Lo abracé;

¿lo amenazó mi abrazo?

¿Cuál de mis palabras

lo amenazó?

Las elegí con cuidado,

como con cuidado elegí

el modo de pronunciarlas.

Que mis palabras

le den miedo

no me dice

nada bueno de él,

pero ese miedo

es bueno para ti.

No deseo hacer nada contra él.

Estamos unidos

en nuestro amor por ti.

Quiero protegerlo.

Cada momento que pasamos juntos

me obliga a ello.

Cada momento que pasamos juntos

me obliga a guardar

tu felicidad.


Ni él pidió tu protección

ni es protección lo que le ofreces.

Él no pidió tu abrazo,

ni tú lo abrazaste.

Lo envolviste

con un velo gris.

Elegiste con cuidado tus palabras

y el modo de pronunciarlas.

Ahora tus palabras lo envuelven

como un velo gris.

Su cabeza, sus manos

—las manos que me acariciaban—

las han cubierto tus palabras

como un velo gris.

Su pecho,

sus pulmones,

los cubren tus palabras

como un velo gris.

Un velo gris

lo separa del mundo.

Nadie puede vivir

a la espera del juicio de otro.

Nadie puede amar

juzgado por otro.

Un velo gris

lo separa de mí.

¿Qué va a ser de él ahora?

¿Qué va a ser de mí?


¿Qué va a ser de nosotros?

Yo no lo sé.

Yo sé de nosotros

–él,

tú,

yo–

menos que tú sabes.

Tú nos diste a los tres

este destino

que ahora se cumple.


Si un día vieses en mis ojos

la marca de la infelicidad,

¿qué harías?


No puedo imaginarte infeliz.

Lo que ahora veo en tus ojos

es fuerza y orgullo

y angustia.

Tu corazón está luchando.


Si mi corazón te importa,

vete con tus palabras y tu abrazo.

Tus palabras y tu abrazo

me separan

del hombre con el que voy a vivir.

Tienes lo que buscabas.

¿Buscabas más?

No recibirás más.

Si te importan

los momentos que pasamos juntos

entre estos árboles,

vete lejos de aquí

con tu abrazo y tus palabras.


No estás aquí,

entre los árboles,

para pedirme que me aleje.

Sabes que puedo llevarme

estos brazos,

pero mis palabras,

lo sabes,

no puedo llevármelas.

El hombre con el que vas a vivir

nunca las olvidará.

Él te ha repetido mis palabras

y tampoco podrás ya

olvidarlas tú.

Os acompañarán siempre.

Cada día.

Cada noche.

Cada día y cada noche

te traerán

orgullo, valor y angustia.

Nada puede cambiar eso.

Nada de eso cambiará

porque me aleje.

No estás aquí,

entre los árboles,

para pedirme que me aleje.

Estás aquí,

entre los árboles,

para clavar en mi corazón

el cuchillo que escondes.

Lo escondes, pero su brillo

se abre paso

entre los árboles.

Si no lo clavas en mi corazón ahora,

entre los árboles,

cada día,

cada noche,

estés donde estés,

querrás haberlo hecho.

Pero aunque claves en mi corazón ese cuchillo

—ahora entre los árboles

o al amanecer

o mañana al mediodía

o una tarde de lluvia

o una noche sin estrellas

entre los árboles—,

aunque claves en mi corazón el cuchillo que escondes,

seguirás escuchando mis palabras.


Ojalá salga el sol mañana.

Tú no lo verás.

Mientras llega,

celebremos

esta noche tan bella.

TEATRO PARA MINUTOS

Autor: Juan Mayorga.

Editorial: La Uña Rota, 2020.

Formato: tapa blanda (396 páginas, 22 euros).

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