Adelanto del nuevo libro de Javier Cercas: ‘El periódico de la democracia’
El escritor y columnista Javier Cercas cuenta en su nuevo libro una historia personal de EL PAÍS. Este es el cuarto capítulo, sobre cómo este diario se enfrentó al golpe de Estado del 23-F


Borges escribió que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Es posible que la frase no solo valga para las personas, sino también para los periódicos; si es así, EL PAÍS supo para siempre quién era durante la tarde y la noche del 23 de febrero de 1981.
El golpe de Estado del 23 de febrero es el mito fundacional de la democracia española; como cualquier mito, está trenzado de mentiras y verdades, de hechos y fantasías, la principal de las cuales afirma que fue un golpe de opereta, casi cómico o grotesco, mal preparado, en gran parte improvisado y carente de la más mínima posibilidad de triunfar. Es un disparate. El golpe del 23 de febrero solo puede parecer cómico porque, como dice la ecuación acuñada por Woody Allen, “tragedia + tiempo = comedia”; y solo puede parecer grotesco porque, una vez fracasada la intentona, la escena del teniente coronel Tejero blandiendo su pistola reglamentaria en el hemiciclo del Congreso, con su tricornio charolado y su frondoso mostachón, parece recién salida de una película de Luis García Berlanga (o de un poema de García Lorca escrito por los hermanos Álvarez Quintero): la encarnación redonda, anacrónica y caricaturesca de la España negra. Las grandes mentiras se fabrican con pequeñas verdades: es cierto que el golpe estuvo mal preparado y que en gran parte se improvisó (poquísimas personas sabían con antelación cómo, dónde y cuándo iba a desencadenarse); pero es falso que no tuviera ninguna posibilidad de triunfar. Al contrario. A las seis y media de aquella tarde —cuando Tejero y sus guardias civiles tomaron el Congreso y secuestraron al Gobierno y a los diputados reunidos al completo en el hemiciclo para elegir al segundo presidente de la democracia y, casi al mismo tiempo, el capitán general Milans del Bosch declaraba el estado de guerra en la región militar de Valencia y se insubordinaba contra la legalidad democrática a la espera de que sus compañeros lo imitaran y el resto de aquel ejército sustancialmente franquista se sumase a la rebelión—, todo parecía maduro en España para el triunfo del golpe; un golpe que cancelase la flamante democracia e inaugurase algo distinto: no una dictadura militar semejante a la franquista (según soñaba Tejero), ni tampoco una dictadura apuntalada por el rey como la de Primo de Rivera (según soñaba Milans), pero sí un gobierno de coalición presidido por un militar que, también con el beneplácito del monarca, convirtiese la democracia en una semidemocracia (según soñaba el líder último del golpe: el general Alfonso Armada). Dos razones explican sobre todo que el país estuviera en apariencia maduro para la victoria de los golpistas: la primera es que, tras un periodo de consenso político impulsado por la urgencia de desmantelar la dictadura y construir la democracia, desde 1979 España vivía un periodo de gran disenso, extrema polarización política y sensación de desbarajuste general, acelerada por el descrédito progresivo de Adolfo Suárez y sus gobiernos; la segunda razón es que, tras unos años de entusiasmo por la democracia, el país vivía un momento de desencanto provocado no solo por el caos gubernativo, sino también por una crisis económica brutal y un terrorismo salvaje (sobre todo de ETA, que en 1980 acabó con más vidas que en cualquiera de sus cincuenta y ocho años de existencia). Así las cosas, no extrañará que muchos, en España y fuera de España, no vieran con malos ojos algún tipo de rectificación de la democracia (por eso el Departamento de Estado de Estados Unidos no repudió de entrada el golpe y lo calificó de «asunto interno»); tampoco extrañará que, cuando por fin se lanzó el golpe, muy pocos estuvieran dispuestos a jugarse el tipo por la democracia.
Entre ellos estuvo EL PAÍS. Contamos con numerosos testimonios de lo ocurrido en el periódico durante aquellas horas cruciales; el más útil es el de su director: un testimonio que puede completarse con otros, pero que nadie ha desmentido o corregido en lo esencial.
Aquella tarde Cebrián llegó al periódico después de lo acostumbrado; era una tarde sin periódicos: por entonces no se publicaba prensa escrita el primer día de la semana (solo la Hoja del Lunes, editada por las asociaciones de prensa provinciales). Cebrián venía de celebrar el cumpleaños de su pareja, y a las seis y media se hallaba entrevistando a un aspirante a colaborador del diario cuando le avisaron de lo que estaba ocurriendo en el Congreso. Su despacho se llenó de inmediato: además de Ortega Spottorno, de Polanco y del director gerente, Javier Baviano, lo abarrotaban subdirectores, redactores jefe, periodistas, representantes del aparato administrativo y comercial. “Ya se había hecho público el bando del general Milans del Bosch declarando el estado de guerra y alzándose en traición contra el Estado”, recordaba quince años más tarde Cebrián. “No cabían dudas, pues, de la magnitud y características del golpe, y nos llegaban noticias de que una columna de blindados avanzaba hacia el edificio del periódico, del que habíamos cerrado las puertas prohibiendo el acceso a todo el que no fuera empleado de la casa. En mi despacho se discutía acaloradamente. Había quien prefería esperar acontecimientos y quien pretendía publicar cuanto antes una edición extraordinaria. No faltó quien señalara que esta sería difícil de vender, pues estaban cerrados todos los quioscos. La idea de distribuirla con voluntarios generaba temores de que alguien resultara herido o detenido por hacerlo. En medio del debate, que fue tenso y apasionado, como corresponde a la situación, comprendimos que la única actitud posible que podíamos adoptar era la de comportarnos como periodistas: tratar de sacar cuanto antes —y sobre todo antes de que llegaran los soldados, si es que iban a ocuparnos— una edición. Absolutamente todo el mundo, desde Ortega y Polanco al menos cualificado de los presentes, apoyó la decisión independientemente de cuál fuera la opinión particular de cada uno. Todo el mundo se puso a colaborar enseguida”. De modo que Cebrián bajó en mangas de camisa a la redacción y anunció ante los numerosos periodistas presentes: “Aquí todo está claro: hay un golpe de Estado y vamos a sacar el periódico”.
Fue lo que ocurrió. A las diez de la noche de aquel día, mientras las calles de todo el país se vaciaban y un silencio atemorizado se apoderaba de ellas y enmudecían a la espera de acontecimientos los demás periódicos e instituciones —desde los partidos políticos y los sindicatos hasta los empresarios o la Conferencia Episcopal—, EL PAÍS publicó una edición de urgencia. Constaba de apenas dieciséis páginas. La portada estaba presidida por un titular descomunal escoltado por una foto de la fachada del Congreso: “Golpe de Estado”, rezaba. “EL PAÍS, con la Constitución”. Debajo, entre un relato todavía escaso, parcial y fragmentado de lo ocurrido en el Congreso, se leía el editorial, redactado por Javier Pradera y corregido por Cebrián: “¡Viva la Constitución!”, se titulaba. El propósito de aquella edición era inequívoco: se trataba de resistir al golpe, de contribuir a abortarlo. Todo indica que, fuese en la medida que fuese, consiguió su objetivo: ejemplares de EL PAÍS llegaron muy pronto al Congreso, el militar al mando de las tropas que lo acordonaban, el general Sáenz de Santamaría, logró introducir en el recinto ocupado algunos ejemplares, varios parlamentarios secuestrados aseguran haber visto con el periódico en sus manos a guardias civiles rebeldes, incluido el propio teniente coronel Tejero, y algunos madrileños empezaron a atisbar la esperanza de que el golpe podía fracasar escuchando en boca del locutor de Radio Madrid los titulares y el editorial del periódico, o parte del editorial.
¿Qué decía aquel texto? Leído casi medio siglo después, cuatro cosas llaman sobre todo la atención. La primera es la condena taxativa del golpe en un momento en el que todo indicaba que el golpe iba a triunfar. «EL PAÍS sale a la calle en defensa de la ley y de la Constitución», decía. «La rebelión debe ser abortada; sus culpables, detenidos, juzgados severamente y condenados para ejemplar escarmiento de la Historia». La segunda es la llamada a la rebelión de la ciudadanía en defensa de la democracia, que no se produjo: “Los españoles deben sumarse a la gran protesta nacional e internacional y movilizar por todos los medios a su alcance la voluntad popular en defensa de la legalidad”.* Pero lo más impresionante —lo que pone los pelos de punta— es un pasaje que posee el aroma inconfundible de una despedida, como si el editorialista abrigara en su fuero interno la convicción de que la democracia estaba a punto de ser derrotada una vez más en España y hubiera decidido que, precisamente porque aquellas tal vez serían las últimas palabras que escribiría en libertad, iba a escribirlas con las botas puestas: “Ocurra lo que ocurra en las próximas horas o en los próximos días, suceda lo que suceda a quienes nos mantenemos fieles a la Constitución y a la legalidad vigente, nacidas ambas de elecciones libres y de la voluntad del pueblo español, los golpistas están condenados por la Historia, por la ética y por los juramentos de honor que tanto prodigan y tan poco cumplen”. Winston Churchill observó que el coraje es la virtud esencial, la base o el fundamento de todas las demás virtudes, la que las hace posibles a todas; llevaba razón: quien defiende la libertad practica una virtud, pero, dadas determinadas circunstancias extremas —un golpe de Estado, digamos—, si esa persona carece de coraje para defender la libertad acaba defendiendo en la práctica la esclavitud. No hay duda de que, durante la tarde y la noche del 23 de febrero de 1981, EL PAÍS demostró el coraje necesario para defender la libertad hasta el final; tampoco de que ese día acabó de ganarse el título de periódico de la democracia.
Por lo demás, tal vez sorprenda que, en ese primer editorial, EL PAÍS se apresurara a acusar a Adolfo Suárez, a la sazón presidente del Gobierno en funciones, de “falta de coraje”; es la cuarta cosa que llama la atención del texto, sobre todo si se recuerda la imagen de Suárez aquella tarde en el hemiciclo del Congreso, solo en su escaño azul de presidente mientras las balas de los golpistas zumbaban a su alrededor y todos los demás ministros y parlamentarios presentes allí —todos menos dos: el general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno, y Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista— buscaban refugio bajo sus escaños. Aunque a fin de cuentas quizá no debería sorprender: sobre todo en los últimos años, EL PAÍS había sido muy duro con Suárez, hasta el extremo de que en algunos momentos sus críticas bordearon la inquina personal, si no ingresaron abiertamente en ella. Vale decir sin embargo que, a partir de la cuarta edición del periódico, publicada a las cuatro de la madrugada, desapareció la alusión a la falta de coraje del presidente, y que tres días después del golpe el periódico contenía una rectificación en toda regla: “Adolfo Suárez […] tuvo un indudable rasgo de valentía e identificación con su figura política al permanecer erguido en su escaño mientras los sediciosos disparaban sus metralletas. Y, si en un primer momento no lo dijimos así, debido a la confusión de las noticias que llegaban, bien merece la pena señalar hoy que Adolfo Suárez estuvo, a nuestro juicio, a la altura de sus funciones”.
Siete ediciones del periódico se sucedieron durante aquellas horas tremendas, desde la primera de las diez de la noche del 23 hasta la última de las doce de la mañana del 24. A partir de la segunda edición, publicada a la una de la madrugada, los titulares sucesivos eran idénticos: voluntariosamente prefiguraban la derrota de los rebeldes (“El intento de golpe de Estado, en vías de fracaso”). También a partir de la segunda edición, el periódico trocó las dieciséis páginas escasas de la primera por las más de sesenta habituales, en las que se incluían, aparte de información creciente sobre el golpe y sus protagonistas, contenidos de todas clases, sin excluir el artículo semanal de García Márquez, en esta ocasión titulado Remedios para volar. Asimismo, el título del editorial cambió a partir de la segunda edición (“Con la Constitución”, rezaba ahora, menos vehemente), pero a partir de la tercera su lugar en la portada fue ocupado por una síntesis de la intervención televisiva del rey, quien a la una y catorce minutos de la madrugada había comparecido rechazando la asonada y avalando la democracia: «La Corona defiende la Constitución», decía. Consciente de que el monarca estaba siendo fundamental para el fracaso del golpe, entre otras razones porque era el único que podía conseguir que fracasase, desde las dos de la madrugada el editorial del periódico lo elogiaba sin ambages: “La defensa de la Constitución y de la legalidad vigente ha tenido en el rey su más resuelto y admirable combatiente”; por propia convicción, o siguiendo instrucciones del rey y del Gobierno de políticos subalternos constituido por encargo del rey, también a partir de la tercera edición los editoriales continuaban llamando a la defensa ciudadana de la democracia, como habían hecho desde el principio, pero introducían el matiz esencial de que esa defensa debía llevarse a cabo “sin apelaciones en estos momentos a huelgas generales o actos multitudinarios que ahonden en la desestabilización, máxime cuando la vida de los políticos de este país pende aún de la voluntad de unos fanáticos”. La última edición del periódico se publicó al mediodía del martes 24 y llevaba en primera página un titular aliviado que certificaba la derrota del golpe: “El Gobierno y los miembros del Parlamento, liberados tras un pacto con los rebeldes”.
Así terminó todo. Años más tarde, Juan Luis Cebrián visitó en su despacho oficial al primer ministro sueco, el socialista Olof Palme. Palme conocía bien España, se había manifestado por las calles de Estocolmo contra la dictadura de Franco y había sido el mentor o uno de los mentores de Felipe González. Mientras conversaba con él, el periodista advirtió que uno de los cuadros que pendía de las paredes de la estancia era una reproducción de la portada de la edición especial de EL PAÍS del 23 de febrero de 1981. Palme fue asesinado poco después, mientras paseaba con su mujer por Estocolmo, pero él también alcanzó a sentir que, en España, EL PAÍS era el periódico de la democracia.
* Se ha reflexionado muy poco sobre este hecho flagrante (o simplemente se ha querido esconder bajo la alfombra): la casi nula reacción de la ciudadanía contra el golpe. Aparte del desencanto generalizado con la democracia, es indudable que el recuerdo todavía muy vivo del golpe del 36, la guerra y la dictadura encerró a la gente en sus casas. Pero la falta de entusiasmo democrático era un hecho: en la segunda mitad de 1976, poco después de la llegada de Suárez al poder, el 78 % de los españoles preferían que las decisiones políticas fueran tomadas por representantes elegidos por el pueblo, y en 1978, año en que se aprobó la Constitución, el 77 % se definían como demócratas incondicionales; pero, según el Instituto Metroscopia, en 1980 apenas la mitad de los españoles prefería la democracia a cualquier otra forma de gobierno: el resto dudaba o le daba igual, cuando no respaldaba la vuelta a la dictadura. Los dos primeros datos proceden de Manuel Torcal Loriente, ‘El origen y la evolución del apoyo a la democracia en España’, Revista española de ciencias políticas, n.º 18, abril, 2008, p. 50; el tercero, de Joaquín Prieto, EL PAÍS, 28-10-2007.
[En España, ‘El periódico de la democracia’ se puede comprar en los quioscos desde este 3 de mayo. A las librerías llegará el 7 de mayo. Si quiere, puede indicarnos donde prefiere reservarlo. Si es en quiosco o en librería,pulse aquí. Si prefiere online,aquí.En América el libro se distribuirá en librerías y online a partir de mayo].


























































