Un idioma sin aduanas
En los Estados Unidos de hoy, ante el crecimiento irreversible del español, muchos quieren recordar que es una lengua sinónimo de pobreza, proveniente de países subdesarrollados

En el verano de 2017 viajé con un grupo de estudiantes de último grado de secundaria a Europa central, un viaje que, más allá de ser un paseo de fin de curso, tenía el propósito de ser una excursión cultural por algunas ciudades míticas como Berlín, Praga, Viena, Budapest entre otras. Por supuesto, preparamos el viaje con lecturas, textos literarios y me encargué personalmente de incluir en el recorrido visitas a casas de escritores y músicos, algunos museos y monumentos históricos. Las noches estaban previstas para que salieran y conocieran las ciudades en a través de sus bares y fiestas. Ese era el año del éxito de Despacito de Luis Fonsi y Daddy Yankee que sonaba en todos los bafles y reproductores del mundo y que al poco tiempo se había convertido, según la página de Guiness World Records, en ser la primera canción en alcanzar los cinco mil millones de vistas y reproducciones en Youtube. Mis estudiantes sentían, en cada una de las ciudades visitadas, como propia la canción cuando eran testigos de que los jóvenes de diferentes países y lenguas la cantaban con entusiasmo a todo pulmón. Vi a varios de mis excursionistas explicando a jóvenes húngaros, checos, austriacos, alemanes y de tantas otras nacionalidades lo que para ellos significaba la letra. Otros intentaban traducir algunas líneas a sus nuevos y espontáneos amigos. En fin, más allá de la calidad de la canción o la poca profundidad de su letra, percibí a esos jóvenes felices y, como pocas veces, orgullosos de su idioma en países donde el español no era precisamente la lengua más popular o de encuentro. Fue el año en que el mundo cantó en español Despacito y la lengua se puso de moda y parecía que no tenía aduanas.
Sigo en contacto con la mayoría de aquellos compañeros de viaje, hoy todos profesionales y recuerdan con afecto y nostalgia aquel momento. Hablamos de que no solo era la canción la que ponía de moda el idioma, sino que obras como Don Quijote de la Mancha y Cien años de soledad estaban entre los libros más leídos, traducidos y vendidos en el mundo y que, sin duda, le daban una estatura importante al español. Aquellos jóvenes, llamados a tener un excelente nivel de inglés para ser competitivos en sus profesiones, rememoran ese 2017 en el que hablaron y cantaron en español en un verano europeo.
Lo cierto es que esta anécdota me permite mirar aquel momento como un presagio del informe El español en el mundo 2025. Anuario del Instituto Cervantes donde con estadísticas se registran y analizan las distintas cifras y datos del español en el mundo. Los resultados son contundentes: ya somos aproximadamente 630 millones de hablantes potenciales, más de 520 millones de hablantes nativos y cerca de 110 millones de aprendices que formamos una comunidad lingüística y cultural que permite pensar que el español dejó de ser una lengua heredada para convertirse en una lengua vehicular y global que crece tanto por migración como por aprendizaje y que se expande a gran velocidad en Estados Unidos, Brasil y Europa y que se reinventa y cobra una nueva importancia no solo en las humanidades y las artes sino en la ciencia, la investigación y el universo digital.
Pero detrás de estas cifras hay una realidad indeleble y es que uno de cada 10 hablantes nativos vive por fuera de la geografía hispánica, lo que ha convertido al español en una lengua de diáspora, migración y frontera. Esto le da otra fuerza a su crecimiento. Por ejemplo, se calcula que en Estados Unidos hay unos 56 millones de hispanohablantes que convierten al país del blues y del jazz en el segundo con más hablantes de la lengua después de México y por encima de Colombia y Argentina. Pero de igual forma, el informe nos recuerda que la expansión del español ocurre en un mundo y en un momento político que tiende a la homogeneización y en el que al parecer hablar español es una amenaza y un peligro. En los Estados Unidos de hoy, ante el crecimiento irreversible del idioma, muchos quieren recordar que es una lengua sinónimo de pobreza, proveniente de países subdesarrollados.
Si una cosa ha quedado clara en este nuevo orden mundial de polarizaciones y posverdades es que los nuevos gobiernos populistas y caudillos coyunturales saben que necesitan librar aquello que llaman una Guerra cultural para controlar no solo un sistema de creencias y valores sino el lenguaje mismo. Saben que al controlar el lenguaje vigilan las emociones y, de alguna forma, el pensamiento y la posibilidad del criterio propio y libre. Una forma de control eficaz en estos tiempos es el de los significados. Hay que controlar las nuevas narrativas y con ellas las palabras y lo que ellas puedan llevar a pensar a los ciudadanos. Al controlar esas narrativas y los relatos se puede modificar no solo la memoria histórica sino la propia libertad. Es ahí cuando la imaginación y la creatividad se convierten en lugares para estar a salvo.
Por eso se siente que hay un miedo frente a la expansión del español en los Estados Unidos. Es como si cada palabra llevara consigo toda una historia de largos viajes y migraciones, de expresiones culturales y maneras de pensar que permiten ver de manera distinta el paso del tiempo, la memoria y la identidad. Entonces se declara en un país de inmigrantes que el inglés es la lengua oficial y se censuran en Florida, el estado más hispano de la unión americana, libros de Isabel Allende y Gabriel García Márquez como si fueran una amenaza moral y ética para las nuevas generaciones de lectores. ¿Qué será lo que tanto les incomoda? Prohibir libros en español, desfinanciar bibliotecas bilingües o ridiculizar los acentos no es un detalle administrativo o político, sino que es una estrategia para borrar imaginarios enteros. Quien controla el idioma controla el relato de toda una comunidad.
Ante esa censura se responde con el habla en los barrios, con la transmisión del idioma a las siguientes generaciones que hoy acompañan a sus abuelos cubanos, puertorriqueños, venezolanos o centroamericanos a cobrar la pensión o a recoger los medicamentos. Todo eso se tramita en español, la lengua también de las telenovelas que cargan con las emociones lejanas y que traen de vuelta los acentos y la musicalidad de las palabras. Es la lengua de muchos poemas, cuentos y novelas donde también se denuncia la opresión y la xenofobia. Son las palabras con las que esos abuelos y padres entienden las series argentinas, mexicanas y españolas de Netflix y otras plataformas. Bien lo recordó Octavio Paz al recibir el Premio Nobel de Literatura cuando mencionó que las lenguas trasplantadas a América venían, entre otras cosas, de dos excentricidades: “La excentricidad inglesa es insular y se caracteriza por el aislamiento: una excentricidad por exclusión. La hispana es peninsular y consiste en la coexistencia de diferentes civilizaciones y pasados: una excentricidad por inclusión”. Esa inclusión que permite contribuir a ser el lugar de encuentro, también, con lenguas minoritarias que han querido borrar de las distintas regiones. De ahí que ninguna frontera y ninguna aduana puede cerrar el paso a un idioma cargado de emociones compartidas y mestizajes que han contribuido a que sobreviva en el tiempo en esa inmensa patria de mapas desplegados, llena de puentes y hecha de gestos y tonos en el que vivimos 630 millones de personas sin aduanas y donde, como lo recuerda el poeta Luis García Montero, en su poema Un idioma: “Más constantes que el odio y la avaricia, / más fuertes que el rencor y las prisiones, / más heroicas que el sueño de un ejército, / más flexibles que el mar, / han sido las palabras”.
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