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Elecciones en Colombia
Columna

La primera vuelta presidencial

Convertir la primera vuelta en una consulta interpartidista entre Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella es un error que puede salirle caro a la derecha colombiana

Los candidatos Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella.ANDRÉS GALEANO, Luisa Gonzalez (REUTERS)

Apostarle todas las energías electorales a la segunda vuelta es una equivocación lamentable de la derecha que le da todas las ventajas al candidato Iván Cepeda del Pacto Histórico y deja en la primera vuelta el camino asfaltado para que se dé por descontado que será el ganador, no tanto como para resultar elegido presidente, pero sí para tener una mejor aproximación para aterrizar en la final.

Convertir la primera vuelta en una consulta interpartidista entre Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella es un error que puede costar sangre. ¿Por qué no se pudo hacer una consulta con la encuestadora que le dio el triunfo en el Centro Democrático a su candidata si ambos aspirantes a la presidencia por la derecha acatan la autoridad y el liderazgo del presidente Álvaro Uribe? Vamos a repetir la película del 2022. Otro gallo estaría cantando en el gallinero si se hubiera convocado al antipetrismo para escoger un solo candidato que hubiera elaborado un programa de propuestas provocativas para el elector, que tuviera que escoger entre el continuismo de Petro y una oferta de programas apetitosos para el pueblo.

Se dedicó la contraparte de Cepeda a pelear entre sí. Aunque los candidatos escogidos han prometido votar por el ganador, sus segundos han puesto banderillas dolorosas en el morro de sus contendores. Y, como si fuera poco, asfixiaron al centro y sacaron del ruedo a quienes tenían un buen perfil de presidente.

Hace más de un año sostuve en este mismo espacio que si la derecha no llegaba a la primera vuelta con un solo candidato, resultaba muy difícil dar la pelea con la izquierda ideológica y eso es lo que está pasando ahora. Faltó liderazgo y generosidad para que alguien hubiera dado la “media vuelta e irse con el sol cuando muera la tarde”. El tiempo ya pasó, nos vamos derecho a la segunda vuelta y que nos coja confesados por si el diablo nos sorprende dormidos.

La derecha no se unifica, no porque no entienda la importancia de hacerlo, sino porque sus incentivos individuales, sus divisiones internas y la falta de liderazgo hegemónico hacen que la unidad sea más costosa que la fragmentación, al menos, en el corto plazo.

También hay un factor de ego político que nunca es menor. La política es en buena medida un escenario de ambiciones personales. Pedirles a varios aspirantes que renuncien a su proyecto en favor de otro requiere incentivos muy fuertes, que hoy no están sobre la mesa.

Claro que hay que tener en cuenta que faltan mecanismos serios de selección. A diferencia de otros países donde existen primarias, en Colombia los intentos de consultas interpartidistas o coaliciones suelen ser improvisados, tardíos o mal organizados. Sin reglas claras y aceptadas por todos es difícil construir una candidatura única y legítima.

Los costos de la segunda vuelta son altos porque los aspirantes se consideran aptos para aprovechar la oportunidad porque creen que en la segunda corrigen sus culpas y pueden negociar su adhesión con el candidato ganador. Esa lógica racional individual es desastrosa para la colectividad. Divide el voto, debilita el mensaje y reduce las posibilidades de llegar fortalecidos a la segunda vuelta.

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