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FUERZAS MILITARES COLOMBIA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Las Fuerzas Amadas

Urge recuperar el cariño y la confianza, de parte del Gobierno, en nuestra fuerza pública. Que se le ablande el corazón al supremo comandante

Fuerzas Militares de Colombia
Gustavo Petro con su ministro de Defensa, Iván Velásquez, y los comandantes de las fuerzas armadas, en agosto de 2022.DANIEL MUNOZ (AFP)

Los tiempos cambian y el significado de las cosas también. Guache es una palabra chibcha y muisca que se usaba para referirse a un gran señor, a un magnífico y valiente guerrero. Hoy los colombianos, como reconoce la Real Academia Española, nos referimos al guache como alguien ruin y canalla.

Hablaremos aquí de guerreros. De guerreros que dan la vida en defensa de la Constitución. Algunos de estos cambios en los conceptos tienen que ver con la política. Desde el 4 de julio de 1991 (día de su promulgación y vigencia) hasta el 18 de noviembre de 2023, los presidentes habían defendido la Constitución.

Todo cambió este último día, cuando, estando en territorio extranjero para hablar de su libro Una vida, muchas vidas (y visitar a Maduro, que poco sale de Venezuela por miedo a la cárcel), el presidente Petro dijo: “La Constitución del 91 (…), la Constitución colombiana aún vigente es ficción. Es como un libro de García Márquez. Son palabras escritas; no se aplican en Colombia”.

Imposible sería negar que no hay ley escrita que se ejecute íntegramente en la realidad de este país, y en eso el presidente tiene razón. Pero a la gente la votan y la llevan a Palacio de Nariño precisamente para que la letra se mantenga viva. En las palabras de Petro sobre la Constitución puede encontrarse respuesta a buena parte de la manera en que toma decisiones. Para citar solo un ejemplo, el del escenario de las Fuerzas Militares.

Nuestra Carta dice que “la Nación tendrá para su defensa unas Fuerzas Militares permanentes, constituidas por el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea”. Tal vez el presidente crea que deben revaluarse algunos conceptos, pero mientras no adelantemos una reforma constitucional, “las Fuerzas Militares tendrán como finalidad primordial la defensa de la soberanía, la independencia, la integridad del territorio nacional y del orden constitucional”.

La palabra militar, la milicia, desemboca en el uso de las armas y en la manera de hacer la guerra. En este caso, por supuesto, para defender la legalidad. El país puede estar repleto de delincuentes armados, pero el uso de las armas para la preservación del Estado es monopolio de la fuerza pública, que define la Constitución como “integrada en forma exclusiva por las Fuerzas Militares y la Policía Nacional”.

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Los militares están para mantener la paz, entendiendo que hay que entrar en acción cuando estén en riesgo los derechos de los colombianos. Los innumerables grupos armados que operan en el país solo dejarán de delinquir si sienten que el Estado ejerce un poder militar contundente.

Todos queremos una milicia respetuosa de los derechos humanos y recta cumplidora de las leyes. Pero no se llega a ese camino descabezando a altos y experimentados oficiales, ni atando de manos a los uniformados con decretos confusos; nada castrenses y, sí, castrantes.

Muy peligrosos los frecuentes mensajes, directos o tácitos, en el sentido de desestimar la trayectoria de los soldados. Y, a pesar de notables excepciones (como la del anuncio de la gratuidad para ingresar a las escuelas de formación de la fuerza pública), se siente en el discurso oficial una especie de incomodidad con los militares.

Nadie quiere vivir forrado en armas. No estamos dispuestos a ver correr más sangre. Y esto incluye el sacrificio valiente de los miembros de nuestras Fuerzas, que hoy pierden la vida por culpa de quienes se siguen apropiando del país frente a la debilidad del Estado.

Todo eso se logra si, en vez de menospreciar la Constitución, el presidente se dedicara a hacerla cumplir, de la mano de la fuerza pública. La Carta Magna es un libro muy útil. Habría, entre otras, que hacérselo llegar a Nicolás Maduro, en cuyo país acaba de celebrarse la feria del libro con un acto liderado por Petro.

Si en algún momento el presidente Maduro, después de “salvar” nuestra economía con PDVSA (¡y el tremendo negociazo que van a hacer alrededor del gas!), llega a estar privado de la libertad, no sabe lo fundamental que puede ser un libro en su vida. Basta, apenas, con que aprenda los rudimentos de la lectura y se le abrirían las puertas a un mundo mejor. Podría arrancar con Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, para que se sienta a gusto con los rebuznos.

***

Retaguardia. ¡Cómo no recibir positivamente el diálogo de los empresarios con el presidente Gustavo Petro en Cartagena! Que vengan muchos otros encuentros para tratar los temas que debemos resolver como sociedad. Ojalá, eso sí, que esas charlas no reemplacen la fluida comunicación que debe haber entre el Gobierno y los gremios.

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