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1. En busca del silencio

Pararse a escuchar

En la cámara ecoica del CSIC (en la imagen) el sonido reverbera al máximo. En la anecoica, no hay eco. El físico acústico Francisco Simón explota un globo en ambas. El resultado es sorprendente.

El ruido urbano nos ha invadido: coches, trenes, bares, discotecas, conciertos, fiestas populares, la gente que habla, la gente que grita, los aviones, la recogida de la basura, los aspiradores de hojas, esa tienda con música a todo volumen para que compres más rápido, la carga y descarga, los aires acondicionados, los ascensores, la lavadora, la nevera, el patio del colegio, el comedor de la oficina, la tele de fondo, las hormigoneras, la grúa, ese martillo neumático que te taladra el cerebro... La Organización Mundial de la Salud y la Agencia del Medio Ambiente de la UE alertan de los efectos perjudiciales del ruido en las sociedades contemporáneas. Y aseguran que entre 9 y 12 millones de españoles conviven cada día con registros sonoros superiores a lo deseable, fundamentalmente por el tráfico rodado.

Raymond Murray Schafer, teórico acústico canadiense, y padre del concepto “paisaje sonoro”, lleva toda una carrera abriendo orejas. Dice que las sociedades contemporáneas hemos dejado de prestar atención al sonido que nos rodea. No siempre fue así. “Los primeros constructores alzaban sus edificios tanto con el oído como con el ojo”, se lee en El paisaje sonoro y la afinación del mundo, su obra fundamental. El ojo acabó ganando. “El arquitecto contemporáneo tiene los oídos rellenos de beicon”, afirma. "El paisaje moderno no tiene perspectiva, sino que, más bien, los sonidos masajean al oyente con su continua presencia”.

“Vivimos rodeados de ruido”, coincide Francesc Daumal, catedrático de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Cataluña especializado en acústica. “El problema es que ahora no tenemos códigos para entenderlos porque nadie los enseña”. Pone un ejemplo: antes las aldabas o las campanas tenían un lenguaje, ahora si suena un móvil en el metro no sabes si es un teléfono, un silbido o un aviso por megafonía. “Hay una confusión que lleva al desorden, y eso es el ruido”, dice.

Para tratar de entender lo que hasta ahora se ha considerado una contaminación “de segunda” emprendemos un viaje en el que encontramos a científicos, médicos, psicólogos, ingenieros, vecinos y maestros obsesionados con el tema. El primero, Antonio Pérez-López, presidente de la Sociedad Española de Acústica, propone un sorprendente punto de partida: “Para acercarse al ruido hay que empezar por el silencio”.

La Real Academia de la Lengua lo define como “falta de ruido”. “El silencio de los bosques, del claustro, de la noche…”, dice el diccionario. Pero, aunque evocadores y agradables, esos espacios y momentos tienen sus propios sonidos. Encontrar el silencio absoluto no es fácil. Nos hablan de un lugar de nombre misterioso: la cámara anecoica. Para los profanos, una habitación sin eco, en la que el sonido no reverbera.

El Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) tiene una en Madrid, que usan para hacer mediciones acústicas. Es una extraña sala diáfana de cinco por cinco metros. Paredes, suelo y techo están forrados de unas picudas cuñas de lana mineral que absorben en un 99,9% los reflejos de las ondas sonoras. Para no pisar el delicado material, se entra caminando sobre una malla metálica. Cuando hablas, la sensación es rara. El sonido sale de las cuerdas vocales y llega seco al interlocutor. No rebota en ninguna superficie. Si cantas y no lo haces muy bien, el desastre está garantizado: se escucha a la perfección cada nota desafinada.

El físico e investigador Francisco Simón nos propone hacer la “prueba mística” (humor de científicos del CSIC), que consiste en meter al visitante cinco minutos a oscuras en la cámara anecoica y ver cómo reacciona. Algunos, dice, se relajan y quieren ponerse a meditar. Otros solo piensan en salir corriendo. Entramos dos redactoras y un fotógrafo. No hablamos. Casi desde el principio empezamos a escuchar muy fuerte nuestra propia respiración. Luego, los latidos del corazón, las tripas que se mueven, un zumbido en el oído… Todo inusualmente alto, porque no hay nada más en lo que fijarse. Dos de nosotros estamos deseando salir. La tercera casi se duerme.

La cámara anecoica del CSIC, una habitación sin eco con material que absorbe el sonido en paredes, techos y suelo. Lo más parecido al silencio.

El músico estadounidense John Cage conoció la cámara anecoica de la Universidad de Harvard en 1951. A raíz de la experiencia “compuso” una de sus obras más famosas, 4’33’’, que consiste en un silencio, en minutos y segundos, de esa duración. Trataba de demostrar que este no existe; que siempre hay algún sonido, por leve que sea, que lo rompe.

¿Qué diferencia el ruido del sonido? Pérez-López, el presidente de la Sociedad Española de Acústica, es un físico septuagenario que ha trabajado para la Universidad, el CSIC y la empresa privada. Habla bajito y en hora y media trata de resumir una vida dedicada a la acústica: “Ruido es todo sonido no deseado”, reflexiona. “Es la definición más subjetiva, pero también la más exacta. No hay que obsesionarse con los decibelios. A 110 o 120 se puede dañar el oído, sí. Pero un murmullo, si te molesta, te molesta. ¿Un concierto de rock es ruido? Depende de para quién”.

Pérez-López pone el acento en la percepción del receptor. Francesc Daumal, catedrático de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Cataluña especializado en acústica, se fija también en el emisor: “Ruido es un sonido que se emite con orgullo… Aquel portazo que das donde no fuiste bien recibido, aquel sonido que no admite una sociedad”. “En realidad, casi todos estamos en ambos lados”, argumenta. “Yo he sido músico y me ha echado la Guardia Civil, pero también soy vecino y he ganado un pleito contra la bulla de los apartamentos turísticos. He sido agresor y agredido”.

El ruido, dice Daumal, es una cuestión de convivencia y de respeto. Pero también de conciencia. El primer problema es que, por lo general, ni siquiera nos paramos lo suficiente a pensar en él.