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La UE frente al ‘Brexit’

Los 27 deberán extremar la firmeza con Londres en defensa de sus valores e intereses

La bandera de Europa ondea frente al Parlamento británico.
La bandera de Europa ondea frente al Parlamento británico. EFE

La primera ministra conservadora británica, Theresa May, activará el proceso de retirada de la Unión el día 29. Lo hará después de un trimestre en el que ella sola —si acaso apoyada en la inanidad laborista— ha convertido ese gesto en operación dramática, que solo con el fórceps de la Justicia podrá el Parlamento británico controlar.

No estamos ante una mera desconexión técnica. May ha endurecido el Brexit hasta convertirlo en un programa de ruptura, tras 40 años de pertenencia. Tan es así que hasta la Cámara de los Lores se ha estrellado contra el fanatismo del gabinete. Los lores pretendían, noblemente, garantizar a todos los residentes europeos en Reino Unido el mantenimiento del statu quo, derechos sociales incluidos, antes de iniciar la negociación. A cambio, lógicamente, de que los 27 dispensaran un trato similar a sus residentes británicos.

No es una anécdota menor, sino una categoría. May y su cohorte eurófoba pretenden emplear a los demás europeos que habitan su territorio como baza negociadora. Ese secuestro político de los horizontes vitales de ciudadanos europeos constituye una humillación a los trabajadores expatriados; una herida de enorme densidad moral inferida a sus países de origen; y un atropello a los valores humanistas de la Unión, empezando por la no discriminación por razón de nacionalidad, vigente desde el Tratado de Roma, que este sábado cumplirá 60 años.

De modo que Londres ha escogido el más áspero terreno de juego de la negociación. Ha elegido el tono, y solo puede esperar una respuesta firme. Atención, no “punitiva”, como lamentan sus voceros, sino proporcionada y simétrica a la que plantea. Y lo que ha planteado May es inaceptable. Hará bien en modularlo si quiere un divorcio amistoso y no cruel.

La UE debe ser inflexible en este tipo de cuestiones. Y también en la necesidad de arreglar, antes de cualquier acuerdo ulterior, las cuentas pendientes. Londres deberá abonar los pagos debidos a la Unión, hasta ahora estimados en unos 60.000 millones de euros, en función de los programas pendientes de cofinanciación o las cuantiosas cuotas por las jubilaciones de funcionarios británicos comunitarios. Cuando uno se va de una casa, lo primero es dejar los saldos finiquitados.

La UE no atraviesa su mejor momento histórico. Pero errará el Reino Unido en minusvalorarla: incluso en la crisis supo concluir (a 27, sorprendiendo a David Cameron) un Tratado fiscal nada popular; ha cerrado el ambicioso Tratado comercial con Canadá, frente a los distintos acosos populistas; y ha reaccionado con entereza frente al proteccionismo y al antieuropeísmo de Donald Trump.

Ante la Unión, el Reino Unido es un peso cualificado, pero liviano: supone menos de un quinto de su economía; y sus 65 millones de consumidores contrastan con los 440 millones de europeos, número más atractivo para cualquier socio comercial. Es Londres, y no Bruselas, quien deberá renegociar 60 tratados comerciales (ha perdido la costumbre) y recomponer las tensiones centrífugas internas: el Úlster y Escocia son ahora problemas de la Corona, no de Europa. Unidos y firmes, los 27 podrán minimizar los daños del Brexit.

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