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El muro independentista

Quienes levantan barreras pueden acabar lamentando no haber pactado algo razonable

El expresidente Artur Mas y la exvicepresidenta Joana Ortega a las puertas de la sede del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. EFE

El instinto de levantar muros entre personas o pueblos tiene larga trayectoria. Desde la muralla china hasta la anunciada por el nuevo presidente de Estados Unidos hay todo un repertorio de ejemplos, por lo general funestos. En Europa sufrimos desde 1961 a 1989 nuestra muralla de la vergüenza separadora de alemanes y también de europeos. Ahora en España se levanta por los independentistas catalanes un muro espiritual entre españoles. No se utilizan para ello materiales convencionales de construcción, sino un discurso político monocorde, un imaginario euforizante y unos referentes artificiales y ficticios. Casi peor.

Trump quiere dar a los mexicanos (en general, a los latinoamericanos e hispanos) con su muro en las narices. Lo levantará él, pero lo pagarán ellos, “culpables” de todo. Cada muro lanza un proyectil de denigración desde un “nosotros” a un “ellos”. Y cada valla que surge genera de inmediato otra especular e inversa. La de Trump ha exacerbado ya en todo el sur un sentimiento nacionalista y antiyanqui. Las verjas o las concertinas hacen patente el fracaso de la política, la convivencia y el entendimiento. Los prejuicios se elevan con ellas a un lado y otro de la separación. En el caso de los independentistas pueden surgir absurdos como “España nos roba”; o “nosotros los catalanes somos trabajadores y hacendosos, frente a esos pobres vagos redomados y chupópteros del sur”. Y de rebote cobra fuerza también la contraimagen del catalán pesetero, tramposo y tacaño. Muy penoso.

Los arquitectos de muros espirituales o materiales esconden un nacionalismo extremista (America first!) o totalitario en potencia. Entre nosotros —los españoles— el muro independentista lleva ya en construcción varios años con su duplicado antagónico. La independencia de Cataluña no es la cuestión central, porque parece poco realista que suceda. No lo es tampoco el procés, ni siquiera la consulta participativa o soberana. Importan más los emoticonos devastadores y la degradación agresiva de los sentimientos.

Cada muro cría espíritu de exclusión, de enfrentamiento, de conflicto y hasta de guerra, larvada o no. Es secesión, separación e incomprensión entre las personas. Su desembocadura puede ser la sedición o rebelión. Estamos viviendo —casi sin enterarnos— un principio de atmósfera explosiva con riesgo de que uno o varios locos, de unos o de otros, acerquen un punto de ignición y todo salte. Esto no cabe descartarlo, porque ya ha sucedido varias veces en la historia de España.

El muro del independentismo catalán se hace fuerte en “su” derecho a decidir, negando de entrada la posible decisión de “los demás”. Los demás, en realidad, no cuentan. El derecho constitucional es basura y queda abolido de entrada. Los pactos de 1978 pueden ser incumplidos. Todo por la nueva patria.

Para los independentistas solo vale imaginar una soberanía propia, aunque ningún Estado la reconozca (o casi). La de los otros, aunque sea centenaria, vale cero. Ni caso a ella. Los quebequeses son grandes tipos, solo que se equivocaron por no votar la independencia. Lo mismo los escoceses, que iban muy bien, pero no les salió. Nadie dice que esas consultas fallidas fueron aceptadas antes por Canadá o Reino Unido. Sobre esto, chitón. Las esperanzas independentistas se depositan en los pequeños países europeos. Miren ustedes: ¡qué bien Kosovo! ¡Qué maravilla! O Eslovenia, ¡qué gran apoyo! De los grandes no se fíen. Por ejemplo de Alemania y su Tribunal Constitucional, que ha llegado a decir que el Estado libre de Baviera ¡no es soberano! De nuevo chitón. Eso es judicializar la política, como en España.

Los jueces y tribunales nada tienen que hacer frente a los independentistas. Estos no los reconocen. La justicia no debe juzgarles. Tampoco el Tribunal Constitucional. En realidad nadie puede hacerlo. Pero los independentistas desde lo alto de su muro pueden y deben juzgar a todos: jueces, tribunales, Constitucional, fiscales y lo que se tercie.

El problema de los muros es que pueden convertirse al cabo de un tiempo en muro de las lamentaciones. ¡Cómo no nos dimos cuenta antes! ¡Cómo es posible haber llegado a esto! ¡Nosotros no queríamos esto! ¡No es esto, no es esto! ¿Quién detiene esto? Hubiera sido mejor pactar algo razonable. ¡Al fin y al cabo llevamos siglos conviviendo!

Los muros no valen gran cosa. Conviene echarlos abajo cuanto antes. Vale solo construir nuevos puentes. Eso creo yo, al menos.

]Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona fue ministro durante la Transición. Es autor de Memorial de transiciones (1939-1978). La generación de 1978.

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