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La sonrisa de Artur Mas

Es luminosa, blanca... bueno, igual blanca no es la palabra. Cándida, eso es, cándida pero llena de una fe inquebrantable

Artur Mas, tras salir del Tribunal Superior el pasado 10 de febrero. AFP

Me encanta la sonrisa de Artur —¿Y a quién no?—. Es luminosa, blanca... bueno, igual blanca no es la palabra. Cándida, eso es, cándida pero llena de una fe inquebrantable. No hay cinismo, ni impudencia, ni, por supuesto, cálculo.

Un dilluns pel matí, Artur Mas iba cabalgando —metafóricamente hablando— y un resplandor le cegó y le tiró del caballo. Ese resplandor era la Independencia. Desde entonces, la Independencia ha crecido en su pecho como una ilusión, hasta convertirlo en un héroe con un cometido. Y con esa aura se presentó —junto con muchísimos catalanes— portando unas letras helvéticas gigantes —"DEMOCRÀCIA", ponían— a declarar al juzgado. Me recordó al cuadro El cuarto estado, de Giuseppe Pellizza da Volpedo, y también un poco a esa foto donde se ve a los líderes negros en la marcha sobre Washington de 1963 —donde Artur Mas sería Luther King, claro—. No sé si lo sabe Artur Mas, pero para muchísimos españoles los catalanes son como los negros o los judíos —entendiéndose esto como algo malo—. Para mí no que soy del Barça, pero me consta que es así.

Yo soy manchego y los manchegos en este país somos como los patricios, pero desde mi posición de superioridad siento una enorme condescendencia por los pueblos oprimidos, por lo tanto: catalanes, contad conmigo para romper vuestras cadenas alegóricas, si no pudiera yo, mandaría a algunos de mis criados.

Y termino como empecé: me encanta la sonrisa de Artur.