Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Molinos Trump

Además de las clases regulares, Haff se inventa proyectos imposibles y los hace posibles

Stephen Haff durante una de las clases en Brooklym © Yoon Kim
Stephen Haff durante una de las clases en Brooklym © Yoon Kim

En estos últimos años he viajado mucho por Estados Unidos, cruzado más de veinte Estados, tomando notas para un futuro libro. Está el país pujante de las costas Este y Oeste, el país de las instalaciones de Google, el país de Wall Street, el país de los resorts y clubs de golf. También está el país de los suburbios de la clase media, disciplinada, creyente y conservadora. Y está, por supuesto, el enorme país del abandono: fábricas cerradas, gasolineras cubiertas de hiedra, moteles con ventanas rotas, los colchones de sus antiguas habitaciones pudriéndose al sol en los estacionamientos vacíos. Ése es el país de las estrepitosas tasas de desempleo; de la ausencia de un sistema de bienestar social real o sólido; el país de migrantes hacinados en viviendas que se caen a pedazos; el país donde se ven hileras de junkies pidiendo dinero: jóvenes y viejos, en su mayoría blancos, adictos al meth o a la heroína.

No hay que viajar muchos kilómetros para encontrarse con ese país del gran abandono. La América profunda está en todos lados. Pero en ese mismo país sin expectativas ni futuro hay, a veces, pequeñas-grandes excepciones. En un barrio de Brooklyn, Nueva York —a la vez muy lejos y muy cerca de las zonas hipster, con sus parques bien cuidados y restaurantes veganos—, hay un pequeño oasis que se llama Still Waters in the Storm. Desde hace años, su fundador, Stephen Haff, recibe ahí a niños migrantes o hijos de migrantes para ofrecer, sin costo, clases de literatura, escritura creativa, música y latín.

Además de las clases regulares, Haff se inventa proyectos imposibles y los hace posibles. El más reciente, el Proyecto Quijote, consiste en 20 niños de entre 7 y 17 años que, dos veces por semana, se sientan a leer Don Quijote en voz alta, y luego traducen al inglés lo que leyeron. Van a traducir la novela completa. La traducción que están haciendo no es sólo de un idioma a otro, sino también de una época y circunstancia remota a una actual. En el Don Quijote que están reescribiendo los niños, el ingenioso hidalgo no es un viejo manchego, sino un grupo de veinte niños hispanos que viven en el Brooklyn de hoy. Platicando con uno de los niños, hace unos días, me dijo que él se imaginaba las Torres Trump como los molinos ésos.

Ya era hora de que el fantasma del caballero de La Mancha viniera a visitar este mundo tan abandonado y a merced de tantos cretinos; que viniera a enseñarles a niños hispanos a usar bien la espada de la lengua y el escudo de la imaginación.

 

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.