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Los demonios del infierno verde I

En la cuenca del Amazonas se esconden seres terribles

Fotograma de la película 'Piranhaconda', de Jim Wynorski
Fotograma de la película 'Piranhaconda', de Jim Wynorski

Bajo este bonito título, que recuerda el nombre de alguna película de serie B (Holocausto caníbal, por ejemplo), se esconden algunos de los seres más diabólicos de la naturaleza. Además de las arañas y serpientes venenosas que ya conocemos, en la impenetrable espesura de las selvas tropicales de Sudamérica moran anguilas ciegas que serpentean en el fango mientras lanzan descargas de 650 voltios, gusanos arborícolas que esperan a que pases a su lado para pegarse a tu piel y chuparte la sangre, devastadores ejércitos de hormigas, monstruosos ciempiés ansiosos por hincarte sus pinzas venenosas o parásitos capaces de hacer cosas inimaginables con tus menudillos. Por no hablar de las ranas de colorines.

Escolopendra gigante del Amazonas.
Escolopendra gigante del Amazonas. Getty

Una pesadilla con 46 patas

Que una criatura grande y llena de patas se descuelgue del techo para clavarte sus uñas ponzoñosas merecería estar en el top ten de cualquier ranking de pesadillas. Para que durmáis bien, os diré que tal ser existe: el ciempiés gigante del Amazonas o escolopendra de patas amarillas (Scolopendra gigantea), un miriápodo de las tierras bajas de Sudamérica y las Antillas. Se trata de un voraz carnívoro que se alimenta de lagartijas, ranas, aves, ratones, tarántulas y murciélagos a los que matan con dos grandes colmillos venenosos o forcípulas situados en su cabeza. En la cueva del Guano, en la península venezolana de Paraguaná, trepan hasta el techo para capturar murciélagos al vuelo: los pican en el cuello, los inmovilizan con su veneno neurotóxico y los destripan para cebarse con sus fluidos internos y sus menudillos. Son extremadamente irascibles y agresivos, y no dudan en amenazar e incluso atacar si se sienten molestados. Son grandes: más de 30 centímetros.

Un buceador fotografía una anaconda en un río de la cuenca amazónica.
Un buceador fotografía una anaconda en un río de la cuenca amazónica. Getty

Monstruosas anacondas

La mayor serpiente conocida, la anaconda verde (Eunectes murinus), puede crecer hasta los siete metros y medio de largo. No es tan larga como su pariente la pitón reticulada, pero es más gruesa y pesa el doble, hasta 230 kilos, aunque hay quien dice haber visto ejemplares mucho más grandes. ¿Cuánto puede llegar a medir una anaconda? Quién sabe. Los relatos sobre fabulosas serpientes gigantes abundan en la mitología y en la literatura de viajes y aventuras. Y como en el chiste (es picante, no lo puedo contar aquí), todo depende de lo que midan en realidad los famosos veinte centímetros. En 1907, la Real Sociedad Geográfica de Londres envió a la selva amazónica al coronel Percy Harrison Fawcett, el explorador inglés que sirvió de modelo para Indiana Jones e inspiró El mundo perdido de Conan Doyle. Según cuenta en sus diarios, recogidos en el libro A través de la selva amazónica, Fawcett escuchó nada más llegar relatos sobre anacondas que superaban los quince metros. Él mismo vio, siempre según esta versión, una que medía al menos veinte. Fawcett desapareció en 1925 en el Mato Grosso brasileño cuando buscaba a legendaria ciudad de Z, según él construida en oro por los Atlantes y custodiada por gigantescas serpientes, así que vete tú a saber. En 1954, una patrulla del ejército brasileño declaró haber dado muerte a una anaconda de más de cuarenta metros en la frontera con la Guayana francesa, pero a los soldados brasileños parece que no se les daban muy bien las matemáticas. Y con la bicha de cuarenta metros se han hecho ya varios largometrajes: una de las últimas películas se titula Pirañaconda.

Las pirañas son los peces más famosos y temidos de la cuenca amazónica.
Las pirañas son los peces más famosos y temidos de la cuenca amazónica. Getty

Frenesí de sangre y dientes

En el cine de serie B, las pirañas (Pygocentrus nattereri) dan casi tanto juego como las anacondas. Su leyenda negra las precede: los peces más famosos y temidos de la cuenca amazónica enloquecen con la hemoglobina y, como siempre van en pandilla, te pueden dejar en los huesos en un santiamén. Su boca, armada de dientes triangulares, corta la carne como un cuchillo eléctrico. Son feroces, son sanguinarias, son crueles. Pueden convertir una vaca en un remolino de sangre y devolver, minutos después, su esqueleto mondo y lirondo. En The Piranha Book (1972), el eminente ictiólogo George S. Myers (1905–1985), de la Universidad de Standford (Estados Unidos), escribe: "Se trata de un pez que no tiene miedo a nada, y que ataca como un rayo a un animal, cualquiera que sea su tamaño. Nunca lo hace aisladamente, sino en grupos de centenares o de miles de ejemplares. Y cuando huele sangre se torna un demonio rabioso". Jolines.

Cartel de la película 'Pirañaconda', de Jim Wynorski.
Cartel de la película 'Pirañaconda', de Jim Wynorski.

No todos están de acuerdo. A raíz de la noticia, exagerada en muchos medios, del ataque de un banco de palometas (una variedad de pirañas) a unos bañistas en el río Paraná, el periódico The New York Times publicaba un artículo titulado Shocking Truth About Piranhas Revealed! (La sorprendente verdad sobre las pirañas, ¡al fin revelada!), donde el etólogo estadounidense Richard Conniff rompe algunos clichés. Para probar si era cierta o no la mala fama sobre este voraz pececito, Conniff se metió en un tanque del acuario de Dallas (Texas) lleno de hambrientas pirañas de vientre rojo: todas huyeron hasta el otro extremo de la pecera. Según Conniff, el famoso frenesí de sangre y dientes que las ha hecho famosas solo ocurre en circunstancias excepcionales: junto a los muelles donde los pescadores limpian sus capturas, por ejemplo; o cerca de mataderos donde se arrojan despojos de los animales al río.

Radiografía ampliada de un ejemplar de Candirú.
Radiografía ampliada de un ejemplar de Candirú.

El infame y goloso candirú

A mí me da más miedo el candirú (Vandellia cirrhosa), un diminuto pececillo de los ríos sudamericanos, no más grueso que la mina de un lápiz. Atraído por la orina, tiene la fea costumbre de meterse por la uretra de los bañistas. Lo malo es que también tiene espinas eréctiles que luego impiden sacarlo. Duele mucho, y para extraerlo hay que cortar. Las malas lenguas dicen que también son capaces de remontar el chorrillo, como los salmones. Por si acaso, no hagáis pis en el Amazonas.