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La izquierda se mueve

El PSOE puede recuperar parte del apoyo perdido en las elecciones

Pedro Sánchez, Alberto Garzón y Pablo Iglesias, entre otras personas, en la entrega de los premios Ortega y Gasset.
Pedro Sánchez, Alberto Garzón y Pablo Iglesias, entre otras personas, en la entrega de los premios Ortega y Gasset.

El último barómetro de opinión difundido por el CIS apunta movimientos de interés en las expectativas de voto a los partidos de izquierda. Tal y como han señalado otras encuestas, no hay cambios drásticos respecto a los resultados del 20 de diciembre. Sin embargo, el debilitamiento de las expectativas de voto a Podemos plantea un cierto terreno de recuperación de espacio electoral para el PSOE —consolidado como segunda fuerza política en el sondeo del CIS—, a la vez que apuntala las razones por las que Podemos e Izquierda Unida están improvisando una alianza para las elecciones generales de junio.

Los socialistas mantienen una considerable fidelidad de voto. Pueden sufrir fugas hacia otras formaciones políticas, pero estas no parecen tan grandes como las experimentadas en diciembre. Cuentan con la ventaja de que no provocan tanto rechazo en electorados ajenos como el que suscitan el Partido Popular o Podemos. Está claro que las fronteras del electorado socialista con el de IU/Unidad Popular y con la propia Podemos ofrecen la porosidad suficiente como para ser sensibles a los proyectos políticos que se pongan encima de la mesa.

Cuando Pablo Iglesias quiso darse cuenta del debilitamiento de su liderazgo y de la caída en las expectativas de la formación que lidera, ya estaba encima la convocatoria a las urnas del 26 de junio. Por eso la otrora despreciada alianza con IU se ha trocado en un pacto con esta fuerza política y en la disminución de la agresividad empleada contra el PSOE en el pasado reciente. Las necesidades electorales de Podemos son tan perentorias que le llevan a sacrificar su coherencia ideológica: de la transversalidad en el tablero electoral se pasa a la colaboración con una fuerza política clara y nítidamente de izquierdas, nucleada en su día en torno al Partido Comunista.

La pirueta también es considerable si el análisis se centra en el eje nueva-vieja política, puesto que un partido emergente como Podemos busca la alianza con una formación clásica entre las clásicas desde los años ochenta del siglo pasado. Que el portaestandarte de este viejo partido sea un dirigente joven, como Alberto Garzón, no cambia la naturaleza de Izquierda Unida; si acaso nos acerca a otra de las razones de esta alianza, que es la buena imagen de Garzón entre la ciudadanía. Justo lo contrario de lo que le sucede a Pablo Iglesias.

Los dirigentes trabajan con la idea de que el electorado está disponible y solo espera que alguien toque la tecla adecuada para sacarse de la manga una apariencia de unidad de la izquierda para conquistar la mayoría. Se parte de la convicción de que Podemos compensará la pérdida de expectativas con la aportación de Izquierda Unida; y de que esta última, por reticentes que sean parte de sus bases a unirse a un partido populista, lleva tantos años maltratada por el sistema electoral que puede obtener un poco más de rentabilidad en diputados en unas votaciones que generalmente se quedan sin recompensa en escaños, a causa de la dispersión de sus apoyos.

Falta saber si basta la suma de los votos pasados para asaltar, a la vez, los cielos y el palacio de Invierno.

 

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