Un pulso aplazado

El congreso de PSOE no tenía sentido ahora, pero el problema permanece

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, habla con el presidente de la Generalitat valenciana, Ximo Puig (izquierda de la imagen) durante una reciente visita a Valencia. EFE

Los principales partidos políticos españoles acostumbran a dilatar al máximo la celebración de sus congresos, en un ejercicio que dice mucho de las deficiencias en la calidad de la democracia interna que practican. Sin embargo, es evidente que habría resultado extraño desatar la batalla por el 39º Congreso del PSOE antes de la formación del Gobierno estatal y, por lo tanto, sin que se despeje la incógnita de si habrá que repetir las elecciones generales en junio.

Haber fijado solemnemente para mayo la celebración del congreso socialista y tener que aplazarlo sine die ofrece la sensación de que entonces se dio un paso en falso, que ahora hay que arreglar con una medida provisional. Se comprende la renuncia a discutir el liderazgo de Pedro Sánchez, a fin de restar dificultades adicionales a la formación de Gobierno y no contribuir a un desplome en las próximas elecciones en caso de que estas sean inevitables. Pero la intención de voto al PSOE se mantiene en términos similares a los resultados obtenidos en las urnas del 20 de diciembre, a juzgar por las encuestas; y esta situación resulta llamativa cuando su principal antagonista, el Partido Popular, vive una situación objetivamente muy mala, con un líder, Mariano Rajoy, en cotas bajas de popularidad y un partido envuelto en numerosos casos de corrupción.

Que no se celebre el congreso previsto es una prueba de que ninguna de las partes en disputa cuenta con fuerza suficiente para imponerse. Ni el secretario general, Pedro Sánchez, debía forzar un plebiscito en torno a su persona, que era su única opción en caso de haberse mantenido la batalla congresual para mayo; ni los dirigentes que pueden disputarle el liderazgo, entre los cuales se señala reiteradamente a Susana Díaz, debían abrir una lucha intestina que podría contribuir al desgaste de todos.

Pedro Sánchez ha cumplido dignamente la labor de intentar la investidura como jefe del Gobierno, acentuando la moderación de la oferta programática con la que se presentó ante el Parlamento tras pactarla con Ciudadanos. Sin embargo, eso no basta para consolidar un liderazgo. Posponer las decisiones sobre el futuro solo se entiende si se trata de aguardar circunstancias más propicias para llevar a cabo un debate de fondo sobre las razones por las que un partido clave para la gobernabilidad de España se mantiene en expectativas muy parecidas a los modestos resultados obtenidos en las elecciones generales celebradas el 20 de diciembre.

Una vez pospuesto el pulso entre Pedro Sánchez y algunos de los dirigentes territoriales de su partido, la reunión del comité federal anunciada para el fin de semana, en la que habrá de ratificarse el aplazamiento del 39º Congreso socialista, debería examinar en qué punto se encuentran las negociaciones del secretario general con otras fuerzas. Ahora sí puede hacerlo pensando en los electores, sin los conflictos intestinos que lleva aparejado un calendario congresual en marcha. Mientras tanto, el fondo del problema continúa intacto: se echa de menos un Partido Socialista unido, con un líder fuerte y una estrategia bien definida.