La silla vacía

Rajoy pretende congelar la situación política a la espera de elecciones

Un gesto del presidente en funciones, Mariano Rajoy, durante un acto público celebrado el 17 de marzo en Aranjuez (Madrid). EFE

Se dice que Mariano Rajoy es un adepto a la idea de esperar mucho tiempo antes de tomar cualquier decisión. Siendo cierto, esto no equivale a pasividad. Esta vez, su práctica ha derivado en un penoso conflicto institucional con el Congreso. El Gobierno consumó ayer la medida de no someterse al control parlamentario y por eso no acudió a la Cámara el ministro de Defensa, llamado a comparecer por la comisión correspondiente. Además, fuentes de La Moncloa advierten de que esa seguirá siendo la línea de conducta, so pretexto de que a un Ejecutivo en funciones no le afecta el control parlamentario, en contra de lo que dicta el sentido común y se desprende de la Constitución y de la vigente Ley del Gobierno.

Son tantas las sillas vacías que deja Rajoy —tampoco quiere que un equipo negociador de su partido se vea con otro de Ciudadanos— que la imagen se ha convertido en una línea de acción. Ausentarse también es hacer política. Su apuesta está clara: o le reconocen a él su pleno derecho a gobernar, o no hay más opción que repetir las elecciones generales. La minoría más votada en las urnas del 20-D solo puede confiar en un mejor resultado en junio para salir del aislamiento y determinar el futuro de su presidente, bloqueado por el temor a dar pasos que cuestionen el liderazgo sin que esté preparada la sucesión.

La parálisis ha condicionado también el tratamiento de la corrupción, apenas roto por el “expediente informativo” anunciado tras más de un mes sin tomar decisiones sobre el último escándalo. La medida afecta a Rita Barberá, exalcaldesa de Valencia y senadora, que mantiene este cargo y el aforamiento que conlleva en el Tribunal Supremo, aunque haya aceptado declarar ante el juez que instruye la Operación Taula. Las cosas han llegado esta vez más lejos después de que un sector joven de la dirección del partido expresara su decepción por la escasez de explicaciones de Barberá.

La corrupción es un asunto determinante porque se ha visto que en algunas de las más importantes organizaciones del PP (Madrid, Valencia) era estructural. Por cierto, Rajoy debería haberse disculpado alegando algo más que no tener “ni idea” de la situación que afecta a su partido en Valencia. Nunca le ha llegado el ruido ensordecedor provocado por esa situación. Según confesión propia, él y otros solo habían oído “alguna cosa”, en expresión que recuerda sus tomas de postura sobre otras corruptelas: “Lo que se refiere a mí y a mis compañeros de partido no es cierto, salvo alguna cosa”, sostuvo literalmente hace tres años, durante una conferencia de prensa conjunta con la canciller Merkel, tras la publicación en EL PAÍS de los papeles de Bárcenas.

Objetivamente es difícil manejar los tiempos de una negociación política para la formación de Gobierno con la policía, la fiscalía y los jueces trabajando en asuntos de corrupción, la opinión pública muy pendiente y un amplio horizonte de juicios por delante. Pero no tanto como para que Rajoy también deje enfriar la conversación que dice desear con Pedro Sánchez. Como si la situación política no estuviera ya suficientemente congelada.