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¿Volvemos al 'no nos representan'?

No hay base para suponer que los dirigentes electos dejan de ser válidos en épocas de crisis

Pablo Iglesias durante la conferencia de prensa ofrecida el 21 de diciembre, al día siguiente de las elecciones generales. AP

Se precipita la dirección de Podemos cuando afirma, a los pocos días de celebradas unas elecciones generales, que “tal vez sea el momento de que una figura independiente de prestigio” se ocupe de presidir el Gobierno. Lo escribe Pablo Iglesias en el Huffington Post, en el contexto de una serie de consideraciones destinadas a dar por fracasada la opción de Pedro Sánchez, el secretario general del PSOE, a quien presenta como un hombre maniatado que difícilmente hará algo bueno en la vida cuando no se ha apresurado a llamar a Iglesias.

Nada hay políticamente más serio en una democracia que la celebración de elecciones. Acaban de realizarse las del 20 de diciembre y ya asistimos a un primer escarceo sobre sus resultados. Como saben todos los electores, a esos comicios concurrió un abanico de opciones con un candidato a presidente del Gobierno al frente de cada una de ellas. Es un ejercicio de politiquería, más que de nueva política, quemar los plazos constitucionales para la formación de Gobierno. Es verdad que esos plazos resultan largos en demasía, y particularmente desajustados al dinamismo del presente. De ahí a sugerir que no vale la pena seguir adelante para que alguno de los candidatos pueda firmar el contrato de inquilinato de La Moncloa, hay un buen trecho. ¿No es un poco pronto, tal vez, para volver al no nos representan?

Lo del independiente al frente del Ejecutivo ha surgido en ocasiones. Por ejemplo, en los meses que precedieron a la intentona golpista de 1981. Entonces germinó el runrún de que lo mejor era un Gobierno encabezado por un independiente. Por supuesto que la democracia está hoy mucho más asentada que en aquel tiempo. También es cierto que, constitucionalmente, nada se opone a que el jefe del Gobierno sea una persona que no haya obtenido un acta en las urnas. Pero choca que la propuesta para mejorar la política consista en dejar en segundo plano a los que hasta hace unos días se entregaban a muy personalizadas campañas por La Moncloa. Entre ellos, el propio Iglesias.

La suposición de que los dirigentes electos dejan de ser válidos en épocas de crisis equivaldría a dar por bueno que un notable, seleccionado no se sabe cómo ni por quién, está en mejores condiciones para gestionar problemas complejos. Esa sugerencia solo podría tener algún sentido si fracasara cualquier solución de gobierno dentro del marco parlamentario definido por las elecciones generales del 20-D. Y ni así: lo que se debería hacer en ese caso es votar de nuevo.

Cierto que el Gobierno de Silvio Berlusconi fue sustituido por un gabinete de tecnócratas encabezado por Mario Monti, en una Italia con un maltrecho sistema democrático y una economía en profunda crisis. Pero la España de hoy no es el país oscurecido por el periodo berlusconiano. Démosle tiempo al tiempo: mejor dejarse de sugerencias milagrosas y atenerse a las urnas.

 

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