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EDITORIAL

Cataluña humillada

Mas hunde el prestigio de la Generalitat al subastarlo al postor antisistema

Artur Mas habla con Oriol Junqueras, el líder de Esquerra Republicana (a la izquierda, de espaldas), y con Raül Romeva, cabeza de lista de Junts pel Sí, ayer en el Parlamento de Cataluña.

No te preguntes qué puede hacer Cataluña por ti, sino qué puedes hacer tú por Cataluña. El presidente en funciones de la Generalitat, Artur Mas, se colocó ayer en las antípodas de ese imperativo de raíz kennedyana y registró su segundo —e históricamente inédito— sonoro fracaso en el intento de investirse como nuevo presidente.

En vez de honores, Mas obtuvo una sangrante humillación para sí mismo y para la institución que encarna —tan decisiva para el autogobierno de los ciudadanos catalanes como simbólica para su sentimentalidad histórica— cada día que pasa con entereza decreciente. En su empeño por congraciarse con la formación antisistema CUP, el presidente saliente apuntó una oferta de trocear su futura presidencia en tres compartimentos estancos que supondrían sendos minigobiernos incomunicados entre sí, esa “presidencia coral” tan contraria a cualquier Gobierno que merezca ese nombre. Y la redondeó con la promesa de que encajaría, encantado, un contrato a tiempo parcial, a renovar a los 10 meses mediante la presentación de una moción de confianza voluntaria.

O sea: una Generalitat capitidisminuida y de carácter provisional, auténtica herejía para todo catalanista, algo impensable en dignatarios como Josep Tarradellas. Y pésimo desde el punto de vista de la responsabilidad de la gestión diaria ante los ciudadanos afectados por tales desatinos. Así se comporta Mas, arrastrando la ley, la dignidad del puesto y la institución de autogobierno con tal de repetir en el cargo: tan es así que de mantener los principios institucionales ya habría —para mejor o peor— otra persona ejerciendo la presidencia.

En este desquiciado viaje, el discípulo predilecto de Jordi Pujol no logró ayer convencer a nadie de que no seguiría rebajando el precio a la patética subasta de sí mismo; que la filosofía moderada que un día le inspiró era arqueología; que no tenía otro horizonte a ofrecer a los catalanes que la peligrosa ilegalidad, la ineficaz pérdida de tiempo y los esfuerzos inútiles. Todo eso mientras sus problemas reales siguen sin obtener un mínimo tratamiento.

Preguntado insistentemente sobre si acataría la resolución del Tribunal Constitucional que suspendió la resolución de insurgencia política, desobediencia legal y desacato institucional, Mas hizo de Mas. Mientras su vicepresidenta, Neus Munté, había prometido la víspera incurrir en conductas ilegales, el presidente saliente aseguró que actuaría como en el falso referéndum del 9-N, con la despreciable astucia de tirar la piedra y esconder la mano: asegurar su liderazgo político e imputar los actos presuntamente delictivos a los funcionarios. Un gran ejemplo ético.

Mas es políticamente un muerto viviente, aunque aún pueda resucitar para reinar en el cementerio político del Estado de derecho de la mano de la CUP, partidaria siempre de maximizar las contradicciones. Su derrota de ayer prefiguró su posible salvación en última instancia en una nueva, indeterminada sesión de investidura. A condición de que siga humillándose en el lodazal, destruyendo lo que aún quede del catalanismo moderado, del respeto a la mayoría no independentista y cediendo vergonzosamente su dignidad residual al mejor postor. Nada que ver con Kennedy.