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Marta Ferrusola, el poder en casa de los Pujol

La mujer de Jordi Pujol fue durante décadas el modelo perfecto del nacionalismo catalán conservador

Pero ahora su imagen ha saltado en mil pedazos tras el fraude fiscal de su familia y los problemas jurídicos de tres de sus hijos

Marta Ferrusola sale del despacho de Jordi Pujol (al fondo) en el Parlament, antes de su último debate de política general, en octubre de 2002. Ampliar foto
Marta Ferrusola sale del despacho de Jordi Pujol (al fondo) en el Parlament, antes de su último debate de política general, en octubre de 2002.

"Hola. ¿Qué le parece que su marido no vaya antes del día 22?”, le preguntó un periodista de la agencia Atlas a Marta Ferrusola, el 3 de septiembre, cuando salía de su casa, en la Ronda General Mitre de Barcelona, dispuesta a tomar un taxi. El reportero se refería a que Jordi Pujol había anunciado que comparecería en el Parlament catalán para dar cuenta de su fraude fiscal después de que su hijo Jordi declarara en la Audiencia Nacional. Ferrusola ignoró la pregunta, entró en el coche y antes de dar un portazo soltó un sonoro: “¡Váyase a la mierda!”. Siete días después, la esposa del expresidente de la Generalitat se topó de nuevo con los periodistas que hacían guardia ante su casa y dijo: “¡Hoy hablo yo! ¿Quién de ustedes dos estaba el día en que les envié a la mierda? Hágame el favor de decirle que me disculpo, pero es que ustedes me ponen muy nerviosa. La verdad es que él fue muy atrevido porque metió la cabeza [se refería al coche, pero no lo hizo] y le dije: ‘Váyase a la mierda’. Díganle que me perdone”.

Los dos vídeos, colgados en la Red, dejaron estupefacto a más de uno por la maleducada e intempestiva reacción inicial de Ferrusola y por la asombrosa desfachatez con la que, repitiendo el insulto, pidió perdón después. Pero no sorprendió tanto a quienes conocen bien a esta mujer dura que se paseó 23 años (desde 1980 a 2003) como primera dama de Cataluña. Y luego, otra década más como esposa del honorable Pujol. Su aureola le permitió ser tertuliana de Catalunya Ràdio en tiempos del tripartito. Fue para el nacionalismo catalán un modelo a seguir bajo la célebre proclama això és una dona! (¡esto es una mujer!) con la que los convergentes la aclamaban cuando salía a saludar las victorias de CiU desde el balcón de la Generalitat.

Todo ese mundo ha saltado en mil pedazos tras la confesión de Pujol y los problemas judiciales de tres de sus siete hijos: Jordi, Oriol y Oleguer. Un juez de Barcelona investiga a toda la familia para dar con el origen de su fortuna. Con un millón de euros en Andorra, Ferrusola declaró un patrimonio de 685.099 euros. Hacienda fue miope: en 2013 le devolvió 2.137 euros.

Nacida en Barcelona en 1935 en una familia de la pequeña burguesía —su padre tenía una tienda de tejidos—, Ferrusola se convirtió en una figura tan popular como Pujol. Su perfil fue el de la nacionalista conservadora perfecta que va a misa los domingos y vuelve a casa con un tortel de hojaldre. Muy catalanista, muy religiosa y excursionista. Y también esquiadora —de niña su foto apareció en el anuncio de la estación de Núria— y con arrestos para, con casi 60 años, tirarse en paracaídas o coronar el Montblanc. De trato amable y cercano en las distancias cortas, Ferrusola jugó con esa próxima familiaridad y osadía —llegó a ir a la radio para desmentir el rumor de que Pujol tenía una amante— mientras hacía y deshacía a su antojo en la órbita de la Generalitat.

Ferrusola, en 1987, ante retratos de sus hijos colgados en su casa. ampliar foto
Ferrusola, en 1987, ante retratos de sus hijos colgados en su casa.

Fue ella misma la que se delató en 2004, en la presentación del libro Marta Ferrusola. La sombra del poder, de Maribel Juan, que da infinidad de detalles de su biografía, al describir cómo encajó que el tripartito desplazara a CiU de la Generalitat: “Aunque ganamos las elecciones nos robaron el Gobierno. Es como si entran en tu casa y te encuentras los armarios revueltos porque te han robado”. “Sentía la Generalitat como su cortijo”, dice un conocido de la familia. “Siempre ha creído que sus hijos tenían derecho a trabajar en la Administración por el sacrificio que Pujol hizo por Cataluña. Él nunca estaba en casa y no se vio con autoridad moral para frenarla. Y ahora le ha obligado a inmolarse para salvarlos”.

Esa relación quedó cristalizada con denuncias del PSC e ICV en los noventa contra el nepotismo de los Pujol: Marta, la hija mayor, arquitecta, logró seis contratos de adjudicación directa y Oriol, que fue secretario de Industria, suavizó las condiciones para que su hermano Pere construyera un parque eólico. La misma Ferrusola veía natural colaborar con la Generalitat: tiene una floristería —atendía a la clientela— y fue accionista de Hidroplant, la firma que suministró plantas al Puerto de Barcelona y a cuatro departamentos de la Generalitat. Más de una vez usó coches públicos para sus traslados. El tripartito canceló los contratos. En 1994, Hidroplant plantó aquel césped del Camp Nou que tuvo que ser arrancado: las raíces decrecían.

Comprometida con el nacionalismo desde su matrimonio con Pujol —durante el franquismo pasaba a máquina, con guantes, las octavillas catalanistas—, Ferrusola tiene grabados sus viajes en su dos caballos a Zaragoza, con sus dos niños, para visitar en prisión a Pujol, condenado por su activismo. Luego lo confinaron en Girona. Él le dejó claro que Cataluña era su prioridad y ella ancló el matriarcado. “Más que el clan Pujol, es el clan Ferrusola”, dice un amigo de la familia.

Utilizaba a los escoltas para sus recados. “Mi trabajo no es pasear al perro”, le replicó un ‘mosso’

Militante convergente activa —mítines incluidos— e independentista de pata negra —“Cataluña no es España”, dijo en 1998 al promover las selecciones catalanas—, hay controversia sobre hasta qué punto influyó en las decisiones de Pujol. Sí contribuyó a defenestrar a Miquel Roca y a apostar por Artur Mas, en detrimento de Josep Antoni Duran Lleida, como delfín de su marido. “Mas era un buen chico y cumplidor”, apunta la misma fuente. Fue ella la que alentó el regreso a Cataluña de Josep Maria Flotats, entonces actor de la Comédie-Française. Y la que reprendió a los consejeros cuando se divorciaban y conocía a sus nuevas parejas.

“Así que usted habla catalán”, dijo Ferrusola una vez a un camarero vestido con camisa blanca y pantalones de tergal en el restaurante Els caçadors de Queralbs, en el Pirineo, donde tiene la casa que heredó de su padre. “Sí señora”, respondió en catalán. “Y francés también”. El camarero era el ya exlíder de ERC Joan Puigcercós que pasaba los veranos trabajando en ese pueblo de postal para pagarse la universidad. No fue el único gesto clasista de Ferrusola. Locuaz, esta mujer que tiene la Biblia como libro de cabecera alertó en 2001 que con tanta inmigración las iglesias acabarían siendo mezquitas. La guinda fue una frase que le perseguirá toda la vida: “Cuando mis hijos eran pequeños, me decían: ‘Hoy no puedo jugar, madre. Son todos castellanos”. Luego envío a los diarios cartas aclarando que es partidaria de la integración. En 2008, dijo que le molestaba mucho que el presidente de la Generalitat fuera “un andaluz con nombre castellano” (José Montilla) y que no hablara con fluidez el catalán. Pujol se desmarcó.

Ferrusola junto a su marido en los Premios Planeta de 2012.
Ferrusola junto a su marido en los Premios Planeta de 2012.

Muy radical, más de uno se quedó de piedra cuando en una noche electoral, en 1999, oyó este exabrupto contra el periodista Carles Francino que conducía el programa de TV3: “Cada vez que le veo me sale urticaria. ¿Cómo puede ser que tengamos a este socialista presentando los informativos de nuestra televisión?”. “Siempre ha sido muy cerrada. Si no eras de los de su patio, estabas fuera”, se sincera un amigo independentista. Roto en mil pedazos el oasis catalán, ahora afloran sus tics autoritarios. No guardan buen recuerdo los mossos que trabajaron con ella como escoltas. “Les preguntaba por su origen y si tenían un padre o madre de fuera se los quitaba de encima. Había que llevarle las bolsas, pasear al perro, cambiarle la bombona de butano o ir a la tintorería a recoger los trajes. Confundía la seguridad con ser su secretario o mayordomo”, revelan fuentes próximas a losmossos. Un exagente cuenta que un día ella le dio a su perro Queralt para que lo paseara. “Señora: mi trabajo no es pasear perros”, recuerda que le dijo. En otra ocasión, un día de Santa Marta, mientras patrullaba, le obligaron a ir al Palau de la Generalitat a toda prisa para que cargara en una furgoneta los regalos que había recibido Ferrusola y los llevara a su casa. “Me negué y me amenazaron con un expediente. Solo conduje el vehículo para no meter en un lío a otro compañero”, añade. “Eso era malgastar fondos públicos”, lamentan fuentes próximas a los policías autonómicos. Seguramente, también debía serlo cuando iba de viaje oficial con Pujol y desaparecía si le gustaba el destino. En uno a Marruecos, se fue de turismo por el Atlas.

“Aquí manda ella… también. Es tremenda. Tiene más carácter que yo”, confesó Pujol en El convidat (el invitado), de TV3, en el que el periodista Albert Om pasa un fin de semana con un personaje. “¡Oh! ¡Qué comediante!”, replicó Ferrusola. Parecían un matrimonio de abuelos catalanes discretos y austeros que no ha cambiado el comedor en toda su vida. Impresiona ver el programa ahora —se emitió en septiembre de 2012— y escuchar a Pujol afirmando que aún estaba a tiempo de estropear su biografía o... de mejorarla. “Vamos a ver”, reflexiona un funcionario. “Si ella, con 80 años, en sus horas bajas, es capaz de enviar a un periodista a la mierda ¿Cómo sería cuando estaba en las altas?”.

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