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La ‘paranoia’ de los marqueses del ruido

Condenados a dos años y un mes de prisión dos aristócratas por ‘torturar' con sonidos de alarmas, durante más de cuatro años, a sus vecinos en Barcelona.

Mercedes Carandini y Javier Foncuberta, marqueses de Vilanova en una cita nebéfica.
Mercedes Carandini y Javier Foncuberta, marqueses de Vilanova en una cita nebéfica.

Son las seis y media de la mañana. En la imagen, se ve claramente a una mujer con el cabello recogido en una coleta baja. Está en el patio interior de un bloque de pisos. Precavida, mira a los lados, coge una especie de palo larguísimo y con él presiona la persiana de una de las ventanas del segundo piso. Sube todo lo que puede las varillas y las deja caer, hasta que golpean contra el alféizar. Luego con agilidad deja el palo y se marcha por el bajo del que ha salido.

La mujer de la coleta es Mercedes Carandini, marquesa de Vilanova i la Geltrú (Barcelona) grabada por un detective privado. Durante el juicio negó “tajantemente” ser la de las imágenes. Una sentencia del juzgado de lo penal 28 de Barcelona condena a Carandini y a su marido Javier Fontcuberta a dos años y un mes de prisión por un delito continuado de coacciones a sus vecinos del segundo piso entre los años 2005 y 2009, a los que sometieron a todo tipo de ruidos en las horas de descanso. La condena les obliga a ingresar en prisión.

Los marqueses vivieron obsesionados durante casi una década con la idea de que los moradores del segundo piso del número 31-33 de la calle de Doctor Carulla, en Barcelona, les habían expuesto a radiaciones electromagnéticas con el objetivo de echarles de su casa. Tanto es así que el matrimonio denunció a Roberto Sont y Cristina Colomer en el año 2003.

Entonces el juez investigó, bajo secreto de sumario, si las cefaleas, los pitidos en los oídos, las taquicardias, la presión en la cabeza y el ahogo que relataban los marqueses estaban provocados por aparatos colocados por sus vecinos. También denunciaron que la televisión y la radio se encendían solas y que por el altavoz se oían voces extrañas amenazantes y pitidos. Incluso que el teléfono tenía un comportamiento anormal.

Nunca había visto nada igual, aseguró el policía que registró la casa

El 1 de diciembre de 2003, una comitiva judicial irrumpió en el piso del matrimonio Sont-Colomer. A las ocho de la mañana, y en presencia de sus cinco hijos, registraron la vivienda, en una de las zonas más lujosas de la ciudad catalana. Pero allí no había nada. El juzgado entonces archivó la denuncia, pero eclosionó una “evidente animadversión mutua entre los vecinos enfrentados”, que terminó en una segunda denuncia, esta vez de la familia Sont-Colomer, y un segundo registro, esta vez en el primer piso.

Los marqueses, aconsejados por especialistas en daños causados por ondas, habían acorazado su vivienda. El matrimonio tenía al menos cuatro inhibidores, situados a los pies de la cama y en las ventanas. Dentro de un armario ropero colocaron un radiocasete con las salidas de audio de los altavoces pegados y enfocados hacia el techo y el volumen al máximo. Un cable les permitía accionarlo desde abajo. En el baño, instalaron también una minicadena musical, con el mismo sistema. Y colgando de un falso techo, dispusieron tres sirenas más que podían activar manualmente, según recoge la sentencia

La casa del 31-33 de la calle Doctor Carulla.
La casa del 31-33 de la calle Doctor Carulla.

El policía que registró el inmueble aseguró en el juicio que en sus 38 años de experiencia nunca “había visto algo igual”. Los marqueses habían pergeñado un sistema que garantizaban la falta de descanso de sus vecinos. Cuando oían llegar al matrimonio Sont-Colomer, activaban el engranaje de alarmas y ruidos. “Era verdaderamente insoportable y perjudicial para todos. Cambió su vida familiar y social. No podían invitar a sus amigos a casa porque siempre empezaban a sonar ruidos molestos a lo largo de la comida o de la sobremesa”, explica la letrada del matrimonio, Ana Costa. Ellos han declinado hablar con este diario porque desean cerrar cuanto antes este capítulo de su vida.

Un día cualquiera en el que la familia Sont-Colomer encargó mediciones, el resultado fue: ruidos a las 4.20 de la madrugada, a un nivel de 46,2 decibelios; al día siguiente, los ruidos comenzaron pasadas las seis de la mañana y alcanzaron los 52 decibelios (segun la OCDE, en el interior de las viviendas no pueden emitirse más de 35 decibelios nocturnos). Las alarmas podían sonar en cualquier momento, a las cuatro, las cinco, las dos, las tres o las seis de la madrugada...

Los marqueses batallarán de nuevo para evitar la cárcel. La familia Sont-Colomer seguirá su cruzada hasta el final.

Pero el asedio no se quedó solo en eso. El enfrentamiento derivó en insultos, gritos y desperfectos. Sont incluso evitaba ir a recoger solo el coche en el aparcamiento por temor a encontrarse a la marquesa Carandini en el camino, que le gritaba “cabrón”, según recoge la sentencia, que condena a la noble señora además a indemnizarle con 600 euros por una falta de injurias.

El fallo destaca que incluso en el caso de que la marquesa sintiese un “miedo insuperable imaginario” a las radiaciones, eso no justifica “la emisión de ruido por golpes, música a todo volumen, sirenas activas por interruptores manuales y no por detección de intrusos y todo ello en horas de descanso”. Una situación realmente insostenible, pero que no llevó a ceder a ninguna de las partes. “Mis clientes estuvieron buscando vivienda en varias ocasiones, pero no era fácil, por el precio y porque sabían que estaban vendiendo un piso envenenado”, explica Costa.

Los marqueses han preferido guardar silencio y su abogado ha declinado expresar su opinión sobre el conflicto vecinal.

El matrimonio Sont-Colomer dio el paso de denunciar después de que Roberto sufriese un infarto en 2007. “Aunque no se puede probar que fuese debido a la situación creada, está claro que contribuyó”, asegura su abogada. El 13 de enero de 2009, de nuevo una comitiva judicial se plantó en el número 31-33 de la calle de Doctor Carulla. Un mes después desaparecieron las sirenas, los ruidos y la música, y con ellos, los marqueses, que abandonaron la que había sido su casa durante años.

Hoy el primer piso de la calle de Doctor Carulla está cerrado a cal y canto. Los vecinos del inmueble no quieren dar detalles de lo ocurrido. Los del tercero sufrieron durante años la situación, incluso un día, uno de ellos, Bernd-Richard F., le recriminó al marqués el calvario que les estaban haciendo vivir y le invitó a entrar en su casa para que sintiese en sus propias carnes la tortura de los ruidos. El marqués le puso solución: llamó desde el piso de los vecinos a la marquesa y le dio instrucciones de reducir el “volumen hasta poder evitar el ruido en el tercer piso, obviamente no en el segundo”, recoge la sentencia.

Los marqueses, sin embargo, se han librado de ser condenados por un delito medioambiental con graves consecuencias para la salud. El juez no considera probado el origen de las grabaciones que la familia Sont-Colomer realizó en su casa. Aunque tampoco se ha creído la tesis planteada “torticeramente” por la defensa de que podían deberse a la “caída accidental y rotura de un vaso, tirar de la cadena o un tropezón”. Algo que posiblemente volverá a discutirse. El fiscal, que pedía cuatro años de prisión, recurrirá la sentencia. Los marqueses batallarán de nuevo para evitar la cárcel. La familia Sont-Colomer seguirá su cruzada hasta el final.