Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Llámame “Kid”

Nada supera ese cariñoso mote. Urdangarin ve a su esposa, que es infanta, como una dama, pero la trata como a un chaval, uno más del equipo del que es capitán

La infanta Cristina. EFE

Hay algo adictivo en la entrega folletinesca de los correos electrónicos de Diego Torres: igual que en los culebrones, siempre nos dejan en ascuas a la vez que van anunciando eficazmente el próximo episodio y su propio clímax. Esta última entrega, que como capítulo podría titularse Kid, desea prepararnos para una momentánea imputación de la duquesa de Palma. Ese será, si llega, un día de máxima audiencia.

Los e-mails informan de algunas otras cosas. En primer lugar, del recién aprendido lenguaje cosmopolita en el que se maneja la pareja ducal. El duque de Palma le pide a su esposa que repase unos papeles que piensa enviar sobre el Instituto Nóos y le pide que los lea, please, y se despide con un cariñoso y latino ciao. Se entiende que en Pedralbes, la parte noble de Barcelona, el bilingüismo se triplica porque además de castellano y catalán lo que se habla, y a veces piensa, es inglés. Nada supera ese cariñoso mote de “Kid” a la Infanta.

Kid, que significa chaval o chavala, implica cierta ternura porque tiene mucho de trato juvenil, de camaradería sanota y deportiva. Urdangarin ve a su esposa, que es infanta, como a una dama, pero la trata como a un chaval, uno más del equipo del que es el capitán. Es la natural ignorancia de los kids: aún no han crecido, ni se rebelan, ni cuestionan. Siguen jugando, soñando con ganar, sonriendo allí donde vayan.

Marzo es el nuevo enero, lo hemos constatado en esta precoz y gélida Semana Santa. El caprichoso cambio climático se ha instalado entre nosotros casi como lo ha hecho el marketing de los dos papas: Benedicto, con su plumas acolchado blanco, y Francisco, con su humildad a cuestas, que no se decide a mudarse a los apartamentos papales. ¿Será algo de soberbia desdeñar tan confortable vivienda? Insistir en eso podría llegar a provocar un ERE en el Vaticano, sobraría mano de obra. ¿O será que el nuevo papa considera esos aposentos más peligrosos que salir de noche por las calles de la periferia de Buenos Aires? Algo se huele el Pontífice, y no es el incienso de las procesiones.

Aquí cerca, Artur Mas y Mariano Rajoy se reunían más discretamente, medio acorralados. Solo han dejado saber que hablaron más que nada de economía y corralito. Es hora de reconocerle a Madrid esa habilidad para conciliar reuniones secretas con nuevas apariciones y desapariciones marianas. Mientras unos veían a Corinna en todas partes, La Zarzuela desmentía su presencia.

Milagrosamente, esta probada capacidad madrileña para la opacidad y el disimulo no se practica en la televisión, que es una religión tan viva como cualquier otra, donde vivimos un desfile de trapos bíblicos en Antena 3 y cuerpos en distinto grado de desnudez en la piscina de Telecinco. Satán tentaba a Cristo en una, Mercedes Milá recordaba a Crónicas marcianas en otra. La Virgen lloraba a su hijo y Raquel Mosquera se lanzaba en un ángel reivindicando la mujer valiente con curvas. A ella no la llames Kid.