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LA CUARTA PÁGINA

Una Europa con dos núcleos

La UE no puede avanzar sin Reino Unido. Por razones históricas y pragmáticas, debería asumir la dirección de la política exterior y de seguridad, mientras Alemania conduce la política fiscal y bancaria

La relación entre Reino Unido y sus socios de la UE ha llegado a un momento crítico. Ambas partes deben abandonar sus tópicos.

Aparte del previsible tedio y horror de la cumbre presupuestaria que celebra la UE esta semana, ¿a qué puede aspirar Europa para los próximos años? Existe una horrible simetría entre las respuestas que ofrecen los euroescépticos británicos y las de los eurófilos continentales. Ambos plantean una elección binaria: o Reino Unido sigue a Alemania y Francia en su campaña para tener “más Europa”, o se aleja cada vez más. Las dos partes, hasta las narices una de otra, han llegado casi a ese punto en el que preferirían decir: “Bueno, pues nos separamos”. Tú sigue tu camino, y yo seguiré el mío.

Se equivocan. Si hubiera más imaginación política a los dos lados del canal, avanzaríamos hacia una Europa que no tenga un núcleo duro sino por lo menos dos. Alemania, Francia y otros países de la eurozona deben profundizar su unión monetaria, con una unión bancaria y ciertos elementos de una unión fiscal y, por consiguiente, política. A medio plazo, Reino Unido no va a formar parte de eso. Pero eso no quiere decir que la eurozona tenga que ser el núcleo duro de todo lo que haga la UE. ¿Por qué va a ser así?

El núcleo duro en el que los británicos deberían conservar un papel fundamental es el de la política exterior y de seguridad de la UE. En este ámbito, el que desentona no es Reino Unido, sino Alemania. Durante los últimos 20 años, Alemania ha construido su propia relación energética bilateral con Rusia y su propia relación comercial y de inversiones con China. El año pasado, Alemania se alineó con China y Rusia al negarse a que la ONU apoyase la intervención encabezada por Francia y Reino Unido en Libia. Recientemente, Berlín vetó la fusión de EADS y BAE, que habría proporcionado a Europa un gigante aeroespacial de dimensiones mundiales. ¿Quiénes fueron los malos europeos en ese caso?

Francia seguiría desempeñando un papel muy importante en ambas áreas de decisión

Los complejos históricos y los intereses internos de Alemania hacen que sea incapaz de dirigir con audacia la proyección de poder hacia el exterior que necesita la UE para defender nuestros intereses y nuestros valores comunes en un mundo de gigantes emergentes como China. Los complejos históricos y los intereses internos de Reino Unido hacen que no esté dispuesto a integrarse en la nueva unión monetaria y económica dirigida por Alemania.

Muy bien, pues, ¿por qué no proponer una división del trabajo? ¿Por qué no dejar que Reino Unido asuma una posición de liderazgo en un núcleo duro dedicado a la política exterior y de seguridad, mientas Alemania hace lo mismo en el de política económica y monetaria? Francia, desde luego, seguiría desempeñando un papel muy importante en los dos. Con el tiempo, otros países como Polonia confían en poder hacerlo también.

Sería complicado, sin duda; pero la complejidad organizativa no es el verdadero obstáculo para esa Europa de dos núcleos. Es la falta de imaginación y voluntad política. Una carencia que se observa de manera espectacular en Reino Unido. El primer ministro británico, David Cameron, se las ha arreglado para meterse en un callejón sin salida, porque no puede dar la impresión de que está a favor de “más Europa” en ningún aspecto. Independientemente de sus convicciones personales, tiene tanto miedo a sus propias bases euroescépticas del Partido Conservador y al aumento de votos que está experimentando el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), que el simbolismo político de decir: “¡Ni un penique, ni una pulgada más!” está por delante de cualquier cálculo pragmático sobre los intereses nacionales.

Si la suma de dinero en el presupuesto de la UE fuera la verdadera cuestión, habría un acuerdo. En relación con el gasto global, la diferencia entre las cifras que propone Londres y las que propone Berlín es pequeña. Pero se puede hacer que esas sumas parezcan enormes y que Cameron dé imagen de debilidad en la portada del diario de más tirada, The Daily Mail. Y en política, esa apariencia es la realidad.

Los políticos europeos se aferran a la visión anticuada de una Europa en “círculos concéntricos”

Es posible que Reino Unido esté en otro planeta, pero algunos destacados políticos del continente tampoco ayudan. Siguen aferrados a una visión anticuada de una Europa de “círculos concéntricos”, en la que Francia y Alemania están en el centro magnético del círculo más escogido. Reconocen que tenemos una Europa “de varias velocidades”, con una vanguardia de Francia, Alemania, Bélgica y otros que van más deprisa, España, Suecia y Polonia algo más despacio, y Reino Unido al final de todo. Lo que insinúa, con cierta condescendencia, es: “Al final acabaréis llegando todos”. Pero esa metáfora de las velocidades no tiene en cuenta en absoluto la realidad ni los peligros de lo que está sucediendo. Ya tenemos una Europa de múltiples grupos y múltiples niveles, y ahora está a punto de convertirse en una Europa de múltiples direcciones. Cuando los componentes de cualquier comunidad política empiezan a moverse en direcciones diferentes, esa comunidad deja de integrarse y pasa a desintegrarse.

Por el momento, Reino Unido es, para la mayoría de sus socios europeos, el hombre de negocios de mediana edad en una caricatura de The New Yorker, que está en la cornisa exterior de su despacho, a 18 pisos de altura. Algunos de nuestros amigos europeos (en el sentido de amigos en Facebook) dicen: “¡Venga, salta! ¡Salta de una vez!”. Pero la mayoría de ellos nos están pidiendo que no saltemos. Hace unos meses, en Siena, oí cómo el presidente italiano, Giorgio Napolitano, un antiguo comunista de 87 años, hacía un apasionado llamamiento al Reino Unido para que no se separe de Europa. Esa misma noche, el ministro polaco de Exteriores, Radek Sikorski, un anticomunista todavía joven, transmitía un mensaje casi idéntico a su público de Blenheim Palace, cerca de Oxford. Derecha e izquierda, oriente y occidente, jóvenes y viejos, todos gritan lo mismo: “¡No lo hagas!”.

Ahora bien, este mensaje de los preocupados colegas de Reino Unido en la ventana del despacho sería más convincente si por lo menos tuvieran en cuenta la posibilidad de que, en el futuro, la empresa pueda hacer las cosas de manera ligeramente distinta. Mi idea de una Europa de dos núcleos es una forma de imaginarlo.

Que no haya equívocos: hay pocas posibilidades de que este primer ministro y este Partido Conservador se muestren más positivos sobre cualquier aspecto relacionado con Europa hasta después de las próximas elecciones. Entonces será necesario un referéndum sobre “quedarse o marcharse” para que Reino Unido abandone la cornisa... o salte de una vez por todas. Pero existe un importante debate que debemos llevar a cabo, desde ahora mismo, con el fin de saber qué es exactamente esa entidad de la que el pueblo británico debería decidir si se marcha o se queda. Muchas de las cuestiones que tanto obsesionan a los euroescépticos británicos —la directiva de tiempo de trabajo, la orden de detención europea, etcétera— son secundarias. Mientras tanto, la eurozona hará lo que tenga que hacer, o si no fracasará. Habrá una negociación importante para garantizar que el resultado no perjudique los intereses británicos, por ejemplo con las regulaciones de la nueva unión bancaria o los cambios que se introduzcan en el mercado único.

Pero la verdadera pregunta, tanto para los proeuropeos en Reino Unido como para los probritánicos en Europa, es esta: ¿existe algún área política fundamental en la que Reino Unido podría, debería y sabría hacer más en y por Europa y, por tanto, por sí misma? Si podemos dar con una buena respuesta a esa pregunta, cambiaremos los términos del debate en las dos orillas del canal y tal vez incluso acabemos teniendo una Europa mejor.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: ideas y personajes para una década sin nombre.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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