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Mario Balotelli, un futbolista esculpido a golpes

Su carácter indomable responde a una vida marcada por el rechazo y el afán de superación

Tras ejercer de estrella de la selección italiana en la Eurocopa, disfruta de la fiesta ibicenca

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El futbolista Mario Balotelli, fotografiado en la discoteca Celebrità, en Novara (Piamonte), el 7 de julio. EFE

Su sueño era vestir la camiseta de la selección italiana de fútbol, pero el día que, vistiéndola, consiguió un triunfo que ni soñado, se la quitó. Nadie sabe por qué lo hizo, tal vez ni él mismo, pero en ese gesto poderoso y provocador –quedarse desnudo y quieto como una estatua, a sabiendas de que recibiría una tarjeta amarilla– descansan todas las contradicciones de un africano llamado Mario Balotelli, de un italiano negro, de un tipo rebelde que, cuando los millones de espectadores de la Eurocopa esperaban alguna de sus locuras reales o fingidas, salió corriendo hacia la grada para fundirse en un abrazo con su anciana madre blanca, una señora de Brescia que lo adoptó cuando apenas tenía dos años y era un niño escuálido y sin futuro.

La vida de Mario Balotelli, que aún no ha cumplido los 22 años, ya da para tres películas. La primera tendría el guion de una de esas teleseries con mensaje que programan en Navidad después del almuerzo. Hablaría de un bebé enfermo nacido en el sur de Italia, hijo de inmigrantes de Ghana… Pero no adelantemos acontecimientos. La segunda podría ser de acción –coches caros, trifulcas, vida al límite–, se filmaría entre Milán y Londres y aún podría emitirse para todos los públicos. La tercera ya no.

La tercera hablaría de fiestas subidas de tono, en Saint Tropez o Ibiza, y sus protagonistas serían un gigantón de 1,88 de altura y sus famosas acompañantes sucesivas, desde una tal Paris Hilton hasta una modelo italiana llamada Raffaella Fico que al final se queda embarazada, presuntamente del protagonista. Todas las películas, eso sí, estarían atravesadas por el fútbol, porque esa es la loca pasión –nunca mejor dicho— de Mario Balotelli. Y no faltarían, claro está, el bueno buenísimo y el malo malísimo. El primer papel lo podría interpretar Silvia Balotelli, la italiana que, adoptándolo, le hizo la vida posible. El segundo lo bordaría quien se la hizo imposible. Todo un clásico del género. José Mourinho.

Pero empecemos por el principio. Mario Balotelli nació en Palermo (Sicilia) el 12 de agosto de 1990. Sus jóvenes padres, Thomas y Rose Barwuah, acababan de llegar de Ghana. Su situación no podía ser peor, de tal modo que, siendo Mario todavía un bebé, decidieron emigrar de nuevo, esta vez al próspero norte de Italia. Se instalaron en Bagnolo Mella, en Brescia (Lombardía). El niño pasó sus dos primeros años en un hospital aquejado de una grave afección intestinal. Los Barwuah, que vivían hacinados junto a otros inmigrantes, decidieron darlo en adopción.

Un día de finales de 1992, los servicios sociales de Brescia llamaron a la casa de Francesco y Silvia Balotelli. Tenían tres hijos naturales –Corrado, Giovanni y Cristina– y apoyaban a otros tantos de familias con dificultades. Hasta tal punto que en una ocasión la señora Balotelli telefoneó a los servicios sociales: “Os lo ruego, no nos llaméis más”. Pero lo volvieron a hacer. Lo recuerda ahora: “Me llamaron para que viese a un niño de color de dos años, Mario Barwuah. Ya no estaba enfermo. Mi marido le llevó un cochecito y el niño cogió a mi marido de la mano”. En 1993 pasó a ser Balotelli, un chaval negro en un barrio de blancos, un muchacho travieso que intuyó un futuro ligado al balón. “Mientras sus hermanos jugaban a la PlayStation”, recuerda Silvia, “él siempre estaba en el pasillo, que era su campo de fútbol, y no se separaba de su pelota ni al irse a la cama. Jugaba partidos interminables contra rivales imaginarios…”.

Un titán victorioso

EFE

El mismo día en que su exnovia, Raffaella Fico, le había anunciado que iban a ser padres, marcó los dos goles que dieron la victoria a la selección italiana ante Alemania. Celebró el segundo ofreciendo esta imagen, ya icónica, descamisado y plantado en mitad del campo.

No pasó mucho tiempo hasta que aquellos rivales imaginarios se fueron convirtiendo en reales. Su carrera deportiva tiene la velocidad de una de sus galopadas. Ya en su primer equipo batió récords de goles. Tras rechazar ofertas de grandes clubes, fichó por el Inter de Milán. Jamás un futbolista de 16 años había firmado un contrato tan importante. Ahora juega en el Manchester City, donde gana cuatro millones de euros netos al año. Pero su sueño siempre fue vestir la camiseta azul de la selección italiana. De hecho, unos días antes de cumplir los 17 recibió una oferta para jugar con la selección de Ghana frente a Senegal, pero dijo que no. Esperaría hasta cumplir los 18, obtendría la nacionalidad italiana y aguardaría la llamada: “Para mí no hay camiseta más fascinante que la de la selección italiana…”.

La sección de Deportes de EL PAÍS ha ido contando desde hace años las danzas y andanzas de Balotelli, siempre al borde del fuera de juego, en lucha con sus adversarios y consigo mismo. Massimo Boninsegna, el entrenador del Lumezzane, su primer equipo, recuerda: “El presidente del club lo subió de categoría porque a los técnicos del infantil les costaba domarlo. Yo le decía que para ser líder no valía con la calidad, que tenía que ganarse a sus compañeros”. Pero Balotelli era un rebelde. El propio jugador reconoce que la primera imagen que recuerda de su madre Silvia es gritándole. “Después de cada trastada yo le decía: ‘Mamá, perdona, te prometo que esta ha sido la última”. Pero la volvía a liar. Y lo sigue haciendo. Y nunca faltan quienes siguen sosteniendo que el peor enemigo de Balotelli es su propio carácter, su comportamiento imprevisible. El entrenador Fabio Capello dice de Cassano y Balotelli: “Italia tiene dos grandes talentos. Pero están locos”.

Las locuras del bueno de Balotelli ya forman parte del mito. En Reino Unido existen programas radiofónicos donde los oyentes cuentan las excentricidades del delantero. Dicen que la grúa se llevó su coche en 30 ocasiones. Aunque su restaurante favorito está a 100 metros de su mansión, él siempre va en su Maserati y aparca en la puerta, sobre la acera. Se habla de que estuvo a punto de quemar su casa jugando con fuegos artificiales, que en cierta ocasión llenó el depósito a todos los conductores de una gasolinera, que regaló 1.000 libras a un vagabundo y que una vez entró en la biblioteca de la universidad y pagó las multas de todos los estudiantes que no habían devuelto a tiempo los libros. Todo vale con tal de agrandar la leyenda de un tipo que, dicho sea de paso, está encantado de conocerse. En 2010, cuando ganó el Premio Golden Boy al mejor futbolista sub 21, dijo: “Espero que este trofeo se transforme en el Balón de Oro. Solo hay uno que es un poco mejor que yo: Messi”.

Sus locuras ya forman parte del mito. Dicen que la grúa se llevó su Maserati en 30 ocasiones y que a punto estuvo de quemar su casa jugando con fuegos artificiales

La película de Balotelli –cualquiera de ellas– consta de un fotograma ineludible. El momento en que, tras marcar su segundo gol contra Alemania en la Eurocopa, se quita la camiseta y, según la definición de Cayetano Ros, “contrae los músculos del tren superior en un gesto que imita al Increíble Hulk, el superhéroe del cómic”. Aquella noche, dicen las crónicas, “se constató que no hay mejor antídoto contra la arrogancia [de Alemania] que un tipo desacomplejado y genial como Balotelli”. Su actitud desafiante a veces le complica la existencia, pero otras se convierte en la solución. De todas las frases que dijo Silvia Balotelli tras el partido de la Eurocopa, hubo una que retrata muy bien la vida de su hijo. Contó que cuando el muchacho corrió hacia la grada y la abrazó y la besó y le dijo cosas bellas al oído, también lo sintió llorar. “Es difícil que Mario llore. Tal vez la última vez fue por Mourinho”.

Y aquí está, ya llegó, el malo de la película. El entrenador del Real Madrid tuvo a sus órdenes a Balotelli en el Inter. Al principio, el portugués sintió atracción por su carácter levantisco, pero no tardó en cansarse. Lo castigó en el banquillo, le enseñó la puerta de salida. Massimo Boninsegna retrató el problema: “A Mario hay que tratarlo como a un hijo. Mourinho debería ser comprensivo”. No lo fue. Su falta de tacto –dejémoslo ahí– hizo pasar al jugador por momentos difíciles.

Las lágrimas del subcampeón

EFE

Solo una imagen robó plano a los campeones de La Roja tras la final de la Eurocopa: el rostro de Balotelli bañado en el llanto. No quería ni recoger su medalla. Sus compañeros tuvieron que ir a sacarle del vestuario. En la foto, el delantero en el vestíbulo del hotel Parco dei Principi, en Roma, al día siguiente de su derrota.

Aunque no nos hayamos detenido demasiado en el asunto, Balotelli es negro, un italiano negro, y el racismo en Italia encuentra su caja de resonancia en los campos de fútbol. Mourinho y el racismo se reunieron en el minuto 88 del partido que en enero de 2010 disputó el Inter en el campo del Chievo Verona. Un sector del público se había pasado el partido coreando “buuuu” cada vez que Balotelli cogía el balón. Mourinho podía haber esperado dos minutos para que su jugador se retirara del campo arropado por los compañeros. Pero prefirió cambiarlo. El público aprovechó y arreció en su abucheo racista. El delantero, sin arredrarse, respondió con aplausos de ironía. El juez deportivo lo multó –a él, no al público– con 7.000 euros. Por provocar… Meses después, jugando contra Rumanía, el delantero volvió a ser abucheado y tuvo que soportar la absurda letanía: “No existen negros italianos”. Pero entonces en el banquillo estaba el seleccionador Cesare Prandelli, que tras el partido forjó una frase bella y sentida: “Abrazaremos todos a Mario porque es mentira eso de que los insultos se van sin dejar huella”.

Dice su madre blanca que cuando se siente mal se encierra en el silencio. Ahora debe de estar fenomenal, porque desde todas las playas lujosas de Europa llegan fotos suyas en compañía de muchachas bellísimas, unas famosas y otras en el empeño, acompañado por Enock Barwuah, su hermano de sangre, y por sus amigos. Detrás va quedando una infancia enfermiza, una adolescencia de niño negro en barrio blanco, un sobresalto cuando, ya siendo futbolista, su madre biológica se le acercó y él no supo muy bien si buscaba el rastro de su cariño o la huella de su dinero. Durante años, la señora Silvia fue educándolo como a uno más de sus hijos. Le fue contando –y esta es la parte de la película que siempre emociona– que hay que ser respetuoso, tolerante con los diferentes. Que muchos otros antes que él sufrieron el acoso del racismo, del fascismo. La señora Silvia buscaba entonces un fajo de cartas escritas a mano, llenas de tachaduras de tinta azul, y le contaba una historia. Su madre –la abuela blanca de Mario– era una judía alemana. Había nacido en Breslavia, una ciudad polaca de la Baja Silesia. Durante la II Guerra Mundial, la madre de la señora Silvia llegó a Italia tras el amor de un piloto italiano, pero su familia no tuvo tanta suerte. Su hermana pequeña, de 19 años, y sus padres fueron confinados en campos de exterminio y allí murieron. Las tachaduras azules de las cartas corresponden a la censura de los guardias nazis…

Cuando Balotelli, junto a sus compañeros de selección, visitó Auschwitz, llevaba unos cascos puestos; pero no escuchaba música, sino una grabación sobre los horrores sufridos por prisioneros como su abuela. Tras salir del campo, conmovido, el delantero le contó a su madre Silvia lo que había visto. Todas esas emociones están contenidas en aquella fotografía de Balotelli, desnudo y quieto ante el estadio, pero sobre todo en aquella otra donde madre e hijo se funden en un abrazo y hablan del señor Francesco, que ya tiene 83 años, y de las onzas de chocolate blanco, su chuchería preferida, que de crío le regalaba antes de cada partido. Tal vez Prandelli tenga razón. Los insultos no se van sin dejar huella. Tampoco los fracasos. Ni los éxitos. Ni tampoco los dolores de la infancia. Balotelli, desnudo frente a todos, está esculpido a golpes. A golpes durísimos de éxitos y de fracasos.

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