Los días más negros de Marina Castaño

Ha sido condenada por la herencia de Camilo José Cela y apartada de la fundación del Nobel

La viuda es hoy la figura más cuestionada para gestionar el legado del autor de 'La colmena'

Marina Castaño, en la Fundación Camilo José Cela en Iria Flavia, en Padrón (A Coruña), en mayo de 2010. / PATRICIA SANTOS

La de veces que Marina Castaño ha ­escuchado y tarareado Imagine, de ­John Lennon… Mucho más que a otro de sus ídolos, Sinatra, que no servía tanto para cantar en los programas de Radio Juventud, cuando ella, con su melena rubia, agarraba la guitarra y se marcaba unas estrofas en plan María Ostiz. Pero a ninguno de los dos les tocó su parte cuando la niña Marina actuaba para el caudillo en las fiestas populares que le organizaban los coruñeses en plena plaza de María Pita mientras este veraneaba en Meirás.

Ni Lennon ni Sinatra venían al caso. Uno, por hippie, pacifista y amante de las drogas. Y el otro, porque no. Ya les llegaría el turno.

Aunque a la viuda del Nobel Camilo José Cela tampoco le debió cuadrar ni en lo más tormentoso de sus imaginaciones la sentencia que la obliga a pagar al hijo de este 5,1 millones de euros por una herencia que ha quedado en litigio 10 años y que se ha cifrado en algo más de ocho millones de euros.

La Fundación Cela respondía en un comunicado que afrontaba el hecho “con la tranquilidad de tener provisionado este posible pago desde 2010”. Calma pues. Aunque uno no sabe qué diría un académico ante la expresión provisionado. Ni existe en el diccionario de la RAE.

Ha sido largo e intenso el camino de Marina Castaño hasta aquí. Un camino que ha conducido a una especie de barranco en el que se hallan ella y el legado del Premio Nobel. No son fáciles estos días para la viuda. Condenada a una sentencia dura y despojada de todo poder en la Fundación, ubicada en Iria Flavia (Padrón), su figura pública se desvanece. Pero ella no quiere hablar. “Ningún comentario. No comment”, aseguraba por teléfono a este diario.

Ciertas frivolidades tampoco ayudan. Como el aire que le ha dado a la publicación de sus hipotéticas memorias hace escasos meses. Dice Castaño que están centradas en sus años junto al escritor. Pero ahondan más aspectos curiosos de su pasado –el del autor de La colmena; no el de ella, que al fin y al cabo no da para mucho recuerdo–, como las amantes y los hijos ilegítimos en la etapa que estuvo casado con Rosario Conde.

La guerra por la herencia ha durado 10 años. ¿Quién es el principal responsable de su olvido como autor? Camilo José Cela Conde, que se casó ayer por tercera vez, ha declarado que todo el desastre se debe a la gestión de la viuda

Al parecer, el Nobel regaba el mundo de simiente a la que posteriormente bautizaban como Camilo y Camilo José, salvo si eran niñas. Ahí no entraba la variante Camila Josefa. Según ella, el escritor no tenía una buena relación sentimental con su exmujer y mantuvo infinidad de relaciones cuyo estricto y único interés se centraba en el sexo.

Pero lo que probablemente no encontremos en las memorias de Marina Castaño sean algunos capítulos jugosos. Cuando Cela la conoció en 1985, era una periodista avispada pero no muy culta, hija de un empleado de banca y una secretaria de corredor de comercio divorciada de José Luis Fernández, un marino mercante con quien estuvo casada cinco años y que dejó las travesías para levantar un negocio de marcos y molduras.

Le entrevistó para la radio autonómica gallega e inmediatamente se convirtió en su colaboradora. No había llegado el Nobel, pero Cela ya contaba con influencias de peso en todas las esferas. Ella también. A quien quisiera algo del escritor, le advertía: “A partir de ahora, si quieres algo de Camilo tienes que pasar por mí”.

Pronto él comenzó a pedir prebendas para ella sin tapujos: un trabajo en la SER a cambio de publicar una serie en EL PAÍS sobre un viaje al que no podía ir más que en un Supermirafiori Testarrosa –tal como cuenta Juan Cruz en Egos revueltos (Tusquets)–, en otros medios una columna allí, un articulillo allá, ¿por qué no una novelita?… Cosa que acabó publicándose bajo el título Toda la soledad.

DICIEMBRE, 1989. Cela llegó a Estocolmo arropado por Marina Castaño; su hijo, Camilo José Cela Conde; la entonces esposa de este, Giselle (en la imagen, ambos a la derecha); la infanta Cristina y el ministro de Asuntos Exteriores Francisco Fernández Ordóñez. El flamante Nobel se manifestó cansado: “Jodido pero contento. Esto de la popularidad se lleva al principio bien, pero luego muy mal.” En el banquete, el Nobel hizo un brindis en español. Citó a Cervantes y brindó por los reyes de Suecia, y como este pueblo “ama la paz”, terminó brindando por la paz. / LUIS MAGÁN

El día que apareció públicamente junto al escritor iba vestida de rojo con volantes y le acompañó a Santoña (Cantabria). Allí le homenajeaban los conserveros y él dictaba una conferencia sobre el mar. Le habían reservado las mejores anchoas acompañado de vino tinto y rosado. Marina había colado a unos fotógrafos del corazón en mitad de un cotarro donde no se les esperaba y una semana después apareció el bombazo. ¡Exclusiva! ¡La novia de Cela!

Aquel año, don Camilo se mostraba jovial y expansivo. Al siguiente también fue invitado. Llegó mucho más flaco después de un tratamiento en una clínica de adelgazamiento marbellí. Ni qué decir tiene que no eran las 12 de la noche y ya se había acostado sin contar muchas anécdotas y después de haber inaugurado una calle que quedaba pegada al casino del pueblo.

Después ganó el Nobel. Para entonces todo iba quedando bajo el control de su novia, con quien se casó en 1991. Su horario, su dieta, el dinero que recaudaba por cualquier aparición y que iba a parar a sociedades como Palabras y Papeles o Letra y Tinta, en la que ella hacía y deshacía contratos. De hecho, el día que murió, Cela lo hizo sin nada. Era insolvente. Todo su patrimonio, según recoge la sentencia sobre su herencia, había quedado desperdigado en varias operaciones de blindaje con donaciones encubiertas.

Negociaba todo. Por aquel entonces, Cela aparecía en las tertulias televisivas de Jesús Hermida. El periodista, no obstante, asegura que no le subieron el sueldo después del galardón. “No lo pidió, aunque imagino que aquellas épocas previas al premio fueron duras para él”. Todavía recuerda Hermida el día que se lo concedieron. Le tocaba acudir al programa. “La gente del equipo me decía: ‘No vendrá’. Yo les contestaba: ‘Sí, aparecerá”. Lo hizo. ¿Qué mejor forma para celebrar aquello que trabajando y en la tele ante toda España?

Cela murió sin nada. Era insolvente. Todo su patrimonio, según recoge la sentencia sobre su herencia, había quedado desperdigado en varias operaciones de blindaje con donaciones encubiertas

Poco a poco fue cambiando de círculos y amistades. De entonces, Raúl del Pozo recuerda cómo ella le admiraba, le cuidaba y él se mostraba muy feliz. “Creo que para él fue una buena etapa en su vida”, asegura el columnista. Aunque se obsesionó por saldar cuentas pendientes contra todos aquellos que se empeñaban en no cacarear su genio. Se trasladó de su finca en Guadalajara, pese a que no quería, a Puerta de Hierro, rodeado de un servicio que le trataba como señor marqués.

Entró en funcionamiento como nunca la caja registradora: los premios, las loas y sus presiones para otorgar distinciones como el Cervantes a amigos, desde Francisco Umbral –que luego, a su muerte, mató al padre en el libro Un cadáver exquisito, en el que le tachaba de mal articulista y de incapacidad para construir argumentos– al poeta José García Nieto… Tanto, escribe Juan Cruz, como influyó para que no se lo dieran a otros. Cela se convertía en una especie de marca desagradable a cuya sombra se resentía su figura y su obra. Aunque tenía sus desahogos. Contaba para ello con su discípulo oficial y su asistente, Gaspar Sánchez Salas, a quien dirigió una tesis sobre Dictadología tópica, una disciplina inventada por el propio Cela.

Sánchez Salas hacía de todo. “Cogía el teléfono y le acompañaba de paseo”. En teoría. “Gasparcillo, Marina es muy lista, pero vas a coger 5.000 pesetas de ese cajón y nos vamos a hartar esta semana de cervezas y pinchos de tortilla. Tú lo administras”, le decía Cela, recuerda el discípulo. Ni qué decir tiene que su tesis, tras la muerte del Nobel, no consiguió ningún respaldo por parte de la Fundación ni de la viuda. “Es muy complicado para quien no tiene formación saber valorar un legado como el de Cela y proyectos universitarios y académicos de este calado”, comenta Sánchez Salas.

Murió Cela. Era el 17 de septiembre de 2002. Marina se había preparado a fondo para un día crucial en su vida. Daba entrevistas en la habitación contigua a donde reposaba el cadáver de su marido. No soltaba una lágrima: “Le prometí que no lo haría”. “Fue un gran amante”, le declaraba a este cronista horas antes del entierro. Tuvo a bien atender con toda su disposición la entrevista que dio a EL PAÍS cuando se le propuso en las escaleras dentro de la Fundación: “Los compañeros sois los primeros”.

Todo se centraba en ella. No quería intrusos. Menos que nadie, su otra familia. Un amigo de Camilo José Cela Conde recuerda hoy cómo ella intentó que no se sentara en el banco de la familia y este se negó a dejar su sitio. Desagradable situación en un entierro al que acudieron más ministros que escritores.

Daba entrevistas en la habitación contigua a donde reposaba el cadáver de su marido. No soltaba una lágrima: “Le prometí que no lo haría”

Ahí se declaró la guerra. Una guerra por la herencia que ha durado 10 años. No cabía otra. La pena es que han sido 10 años perdidos en pos de un legado. ¿Quién es el principal responsable de su olvido como autor? Camilo José Cela Conde, que se casó ayer por tercera vez, ha declarado que todo el desastre se debe a la gestión de la viuda. El hecho es que si las ventas de su obra se “sostienen”, precisan en la editorial, es porque su lectura resulta obligatoria en las enseñanzas secundarias, sobre todo. “Pero nuevo interés en otros lectores, es difícil que despierte”, asegura Emili Rosales, editor de Destino. Aún así, van a reeditar algunas de sus obras más emblemáticas para avivar su presencia.

Gran parte de la culpa la tuvo el propio autor, dicen muchos consultados. Consiguió volver contra sí mismo aquella imagen omnipotente que por un lado pedía cuentas a sus enemigos –“quiero el cadáver de Julio Llamazares”, iba exclamando por ahí, culpando al escritor leonés de máximo representante del contubernio, como decía él, de los 150 novelistas de Moncloa en época de Felipe González–, por no hablar de sus declaraciones sobre García Lorca y demás. Lo del poeta fue sonado. Lamentó los fastos del aniversario de su nacimiento y soliviantó al colectivo gay con frases como: “Yo me limito a no tomar por el culo”.

Bobadas aparte, con él desaparecido y sin producir, la nula gestión de su obra más allá de lo previsible y lo trillado, la ceguera y falta de imaginación han contribuido a enterrarle en vida y, digamos, también en gloria.

Un caso evidente es la Fundación Cela. Allí se encuentran sus manuscritos, copias de todas sus ediciones en cualquier lengua, su correspondencia, su biblioteca, su colección de garrotes vil… Pero Marina Castaño ha utilizado durante años aquello como una casa con servicio particular a cargo del contribuyente y de las donaciones privadas que aportaban entre otros empresarios amigos del escritor como Villar Mir o Albertino de Figueiredo, dueño de Afinsa. La Xunta intervino recientemente y le quitó de las manos el coto. La han desplazado y arrebatado todo el poder a la hora de nombrar patronos. Su papel se limita a ser un mero florero como presidenta de honor sin funciones. La Fundación ha pasado a ser pública bajo el control del Gobierno autonómico, la alcaldía de Padrón y la Universidad de Santiago, principalmente.

Por tanto, los expertos en la obra del escritor respiran tranquilos y creen que a partir de ahora puede comenzar a reivindicarse mejor su catálogo. Existen proyectos fuera de Iria Flavia. Su hijo quiere levantar otra en memoria de su padre y su madre, Rosario Conde Picavea. Habrá que trabajar duro para reestablecer el paisaje de su legado después de la larga y dura batalla. Queda recurrir a otras instancias, pero todo indica que las cartas están echadas y que las cosas son muy contrarias a lo que Marina un día, quizás escuchando a John Lennon, imaginó.

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