"Somos la octava potencia mundial y nos tratáis como un país de quinta fila"

Moratinos se quejó a EE UU por las trabas para normalizar la relación bilateral.- La Administración Bush admite que jugó al "palo y la zanahoria" con España

MIGUEL JIMÉNEZ / CARLOS E. CUÉ Madrid 6 DIC 2010 - 04:55 CET
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El Gobierno español desplegó una clara estrategia en público y sobre todo en privado para recuperar las relaciones con EE UU, pero las heridas abiertas por la retirada de las tropas españolas de Irak en mayo de 2004 tardaron mucho en cicatrizar. Los cables de la embajada de Madrid muestran cómo el Gobierno de Bush usó el incidente para tratar de sacar el máximo provecho en la presión sobre la dirección de la política exterior española con una estrategia de "palo y zanahoria", como ellos mismos la definieron. Mientras España hacía concesiones en Afganistán, en la reconstrucción de Irak, en el uso de las bases españolas y en otros frentes como el caso Couso o los vuelos de la CIA, EE UU mantenía una dura presión frente a los gestos de Zapatero hacia países como Venezuela o Cuba, llegando a provocar cierta desesperación en el seno del Gobierno español. "Somos la octava potencia mundial, pero EE UU nos trata como un país de quinta fila", llegó a quejarse el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, al embajador en 2006.

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EE UU aprovechó desde el primer momento la disposición española para mejorar las relaciones para presionar a favor de sus intereses. El embajador Argyros planteó que se entrenase a oficiales iraquíes en España y que el Ejército español asumiera mayores responsabilidades en Afganistán. Con el tiempo, logró ambas cosas.

Tras meses de tensión y desencuentro, España mostró su interés en normalizar la relación. En su discurso en la recepción real al cuerpo diplomático del 13 de enero de 2005, Juan Carlos I proclamó que la relación con EE UU era un "punto de referencia fundamental" para España y que había que "desarrollar mejores lazos bilaterales con EE UU a todos los niveles". El director general de política exterior, Rafael Dezcallar, se acercó enseguida al encargado de negocios de la Embajada de EE UU, Robert Manzanares, para hacerle notar que él había escrito esa parte del discurso y que junto a otros gestos, eso tenía un significado: "Queremos enviar señales claras de que queremos volver", le atribuyen que dijo.

Poco después, Manzanares, por entonces al frente de la embajada, defendía ante Washington la oportunidad de aprovechar la crisis de las relaciones para sacar partido en interés de EE UU. "Estamos en la actualidad en una posición fuerte para influir a Zapatero a adoptar un curso más productivo con el que lograr los intereses de EE UU en España y otras partes del mundo", decía. "Por ahora, el uso equilibrado del palo y la zanahoria con el Gobierno español ha puesto a España en la dirección correcta", señalaba Manzanares, que advertía del riesgo de que si seguían los "desaires", el "orgullo nacional y la humillación" podrían llevar a Zapatero a prestar oídos sordos a la colaboración con EE UU.

Pese a esas reflexiones, en los años siguientes hubo más palos que zanahorias en la relación bilateral. Al menos en dos ocasiones, los papeles de la embajada mencionan que en el modo de llevar la relación bilateral con España se había seguido una estrategia específica dictada por la secretaria de Estado, Condoleezza Rice.

Cerca de cumplir un año en el poder, el 6 de abril de 2005, Zapatero recibió en La Moncloa al vicesecretario de Estado de EE UU, Robert Zoellick (actual presidente del Banco Mundial).

El tema más espinoso, lógicamente, era el de la relación bilateral. "Zapatero dijo que nunca pediría a EE UU que hiciera algo que no puede y, a su vez, no quería que EE UU le pidiese hacer algo en lo que no cree". Zapatero dijo que entendía el enfado de Bush por la retirada de tropas de Irak, pero que él había dejado clara su postura en la campaña electoral y había seguido sus "convicciones y compromisos". El presidente del Gobierno lamentó no haber tenido contactos con la Administración de Bush antes de ser elegido, pero culpó de ello a que ninguna autoridad estadounidense se había acercado a él en sus cuatro años como líder de la oposición. Una ironía, dado que Zapatero había visitado EE UU en 1990 en un viaje del Departamento de Estado para jóvenes líderes. Según Zapatero, en aquel viaje y después ha aprendido que EE UU es un gran país con gran éxito, que a veces también "crea grandes problemas", según el entrecomillado que le atribuyen.

Ese mismo mes, el ministro de Defensa, José Bono, se entrevistó con Manzanares para preparar su visita al secretario de Defensa , Donald Rumsfeld, en Washington. Bono no quería que la entrevista se centrase en la venta de armas a Venezuela. A su juicio, el PP estaba interesado en arruinar las relaciones entre las Administraciones de Bush y Zapatero, pero el acuerdo era solo para vender patrulleras y aviones de transporte que no podían usarse con fines ofensivos. Bono dijo que se lo habría explicado él mismo a Rumsfeld por teléfono si hablase inglés. Bono señaló que el Gobierno había decidido asumir más responsabilidades en Afganistán, mantenido las tropas en Kosovo, colaborando con EE UU en Haití y facilitado el uso de las bases de Rota y Morón. "Parece que hacemos todo lo que quiere EE UU, pero que aun así a EE UU no le gusta lo que hacemos", protestó. "Queremos que se nos premie por nuestra cooperación con EE UU, no que se nos haga pagar un peaje".

Rumsfeld le hizo dos encargos personales a Bono: que reconociera que había cometido errores como ministro de Defensa al criticar la política exterior de EE UU por su "falta de experiencia" y que se manifestase en contra de levantar el embargo de armas a China. Bono cumplió esos encargos en la reunión del Consejo España-EE UU en Sevilla, a mediados de mayo, lo que, según el relato de la embajada, provocó que tanto Moratinos como Trinidad Jiménez le llamasen para protestar por el modo en que había planteado la cuestión china.

La llegada de Eduardo Aguirre, a mediados de 2005, como nuevo embajador generó una cascada de declaraciones de buenas intenciones entre las partes. El 12 de julio, Aguirre estuvo con Zapatero en La Moncloa durante hora y media de reunión "cordial y relajada". El nuevo embajador le señaló a Zapatero que el Gobierno de EE UU había pasado la página de la retirada de las tropas de Irak, pero que era más difícil obviar la retórica contra el Gobierno de Bush que había seguido a esa retirada.

En octubre, Aguirre se reunió con el presidente del PSOE, Manuel Chaves; con la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, y con Moratinos. Este último le dijo que "necesitaban trabajar en juntar a los dos" presidentes, Zapatero y Bush. Aguirre le contestó que no lo veía posible pronto, dado que las heridas por la retirada de las tropas de Irak seguían abiertas en parte de la Administración Bush. Aguirre dijo que Zapatero necesitaba hacer "algo dramático" para cambiar ese estado de ánimo, algo como, insistió una vez más, cancelar la venta de barcos y aviones a Venezuela.

Pasadas las Navidades, el embajador se reunió con Moratinos el 12 de enero para comunicarle que EE UU había decidido denegar la transferencia de tecnología para los aviones de transporte de EADS/CASA que España quería vender a Venezuela y la relación pasó por uno de los momentos de mayor tensión. Moratinos se mostró preocupado por el impacto que la decisión tendría en los medios, pero también se desahogó con el embajador y mostró su desesperación. "En tono frustrado, Moratinos preguntó qué esperaba de España el Gobierno de EE UU. (...) Moratinos dijo que España deseaba 'señales claras' por parte del Gobierno de EE UU de que la relación había mejorado, pero que solo veía 'señales de castigo', incluida la denegación de la transferencia de tecnología a Venezuela", dice el relato de la embajada, que a continuación pone en boca de Moratinos las siguientes palabras: "Somos la octava potencia mundial, pero EE UU nos trata como un país de quinta fila. (...) Queremos trabajar con vosotros, pero necesitamos una mínima señal política de que vosotros queréis trabajar con nosotros. Necesitamos demostrar que las relaciones bilaterales están en marcha y no versan solo sobre lo que hacemos en Venezuela y en Cuba".

Al embajador le tranquilizó que esa misma tarde, al encontrarse con Moratinos y el propio Zapatero en una recepción en el Palacio Real, el enfado había remitido y la preocupación de ambos se centraba en la repercusión mediática de la decisión. Con todo, Aguirre comunicó al Departamento de Estado que "Moratinos ha sido una influencia positiva durante todo este episodio, pese a haber tenido que jugar (otra vez) el papel de perdedor en una lucha interna con Bono", y pedía a Washington que se plantease una entrevista de Moratinos con la secretaria de Estado, Condoleeza Rice.

El propio Moratinos pidió que Rice visitara Madrid tras hacer otra concesión a EE UU en la primera mitad de 2006. El ministro tenía planeado visitar Damasco (Siria) a principios de marzo, pero finalmente, ante las protestas de EE UU, decidió anular el viaje "como un gesto de buena fe", según explicó al embajador Aguirre. En ese momento aprovechó para reiterar la invitación a Rice, y para preguntar si podría entrevistarse con ella en Washington al viajar a la reunión del US-Spain Council en Florida a mediados de junio. Finalmente, Rice encontró hueco en su agenda para recibir a Moratinos antes, el 3 de mayo.

Las relaciones empezaron a mejorar lentamente. En las comunicaciones de la embajada y en las reuniones con autoridades españolas se aprecia cómo la tensión remite. El momento que marcó una cierta normalización de las relaciones fue la visita de Rice a España el 1 de junio de 2007. "Vemos esta visita como una gran oportunidad de avanzar en nuestras relaciones con España, y el Gobierno español comparte esa visión", señala el embajador Aguirre en los papeles preparatorios de una visita en la que la secretaria de Estado se entrevistó con el Rey, con Zapatero y con Moratinos. Pese a todo, la confianza no era plena. Aguirre califica en ese documento a Moratinos de "impredecible" y dice que la calidad de las relaciones ha seguido un "errático zigzag".

Para el Gobierno de Bush estaba claro que las relaciones nunca serían como las que tenía con Aznar. En varios documentos se hace esa comparación y se menosprecian los deseos de Exteriores de lograr una entrevista entre Bush y Zapatero. "Es probable que la relación nunca alcance el punto en que los presidentes Bush y Zapatero se puedan sentar juntos", decía una comunicación de octubre de 2006. Y otra de febrero era más contundente: "La relación nunca alcanzará" ese punto. Curiosamente, Zapatero acabó pisando la Casa Blanca y estrechando la mano de Bush en noviembre de 2008 con motivo de la cumbre del G-20 celebrada en Washington, cuando Barack Obama ya era presidente electo con el indisimulado entusiasmo del Gobierno español.

El entonces ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, hizo gestiones incluso para que España fuera el primer país que visitase Obama. Las comunicaciones de la embajada recogen cómo Zapatero "siente un parentesco espiritual con el presidente Obama y se identifica con él de modo personal" y cómo Moratinos quiere lazos "más íntimos, intensos y fluidos" con EE UU. De hecho, en esa fase, el principal problema para la embajada parece ser enfriar ese entusiasmo. "Gestionar las expectativas del Gobierno de España sobre el calendario y el alcance de la relación bilateral será clave para mantener su actual entusiasmo por colaborar en proyectos de interés mutuo", se señala en la comunicación de despedida del embajador Aguirre. El Gobierno español "no ha ocultado su satisfacción con el resultado de nuestras elecciones y podría tener expectativas poco realistas sobre cuán pronto visitará Obama España o Zapatero Washington ", advierte el embajador.

El tono de la descripción de las relaciones bilaterales cambia por completo: "España es un importante amigo y aliado de EE UU", señala un mensaje de diciembre de 2008 y otro de enero de 2010. El nuevo embajador, Alan D. Solomont cultivó esa mejora de la relación . Aun así, hubo roces, como con Kosovo, y disgustos, como la no celebración de la cumbre UE-EE UU durante la presidencia española. La embajada reconocía la "profunda decepción" que había causado en España, pero el embajador dejó claro que nunca hubo un acuerdo al respecto y que la decisión se debía solo a la ocupada agenda de Obama y no conllevaba ningún mensaje oculto. En esta época, el optimismo se imponía: "Las relaciones bilaterales sobrevivirán intactas", era la conclusión de Solomont.

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El redactor jefe de EL PAÍS explica los altibajos en las relaciones bilaterales entre EE UU y España.

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