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lunes, 26 de diciembre de 2011
Tribuna:

La tarea del traductor

Estamos ante un nuevo avatar de la leyenda de Babel. Esta vez la maldición no es la fragmentación del lenguaje puro en la dispersión de lenguas, sino la convergencia de todas en una neolengua única, artificial, instrumental

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Recuerda Walter Benjamin que fueron los cuentos infantiles que le leía su madre los que le descubrieron el misterioso poder del lenguaje, que fueron ellos los que le mostraron por vez primera, nos dice, la manifestación del poder que la narración y el arte tienen sobre el cuerpo. Y, prestando un poco de atención, no resulta difícil adivinar la huella de ese primer impacto a lo largo de sus escritos, a partir del temprano artículo Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres en particular (1916), por ejemplo. Benjamin entiende allí que existen tres niveles en el ser del lenguaje. En primer lugar, la lógica del verbo divino para la que crear, nombrar y conocer son lo mismo. Luego, el ser áfono de las cosas, que conservan la marca muda del nombre que las creó, pero vaciada de la sonoridad del poder creador. Y finalmente, el lenguaje del hombre, capaz de escuchar en el mutismo de la naturaleza el eco del nombre que presidió su creación, y capaz por tanto de convertir el lenguaje mudo de las cosas en lengua articulada, el poder de Adán, pero que no puede ser poder del habla sobre las cosas sin ser a la vez poder del lenguaje sobre el propio cuerpo.

La traducción debe plasmar en la lengua de destino el pulso que late en el original

Hemos asistido a una veloz reducción del conocimiento a simple información

Muy probablemente, uno de los lugares en el que se manifiesta de modo más nítido la vigencia de su compromiso con aquel descubrimiento infantil sea en La tarea del traductor (1923), donde señala como finalidad primordial de toda traducción el que sea capaz de mantener con vida ese poder misterioso del lenguaje, más allá del cálculo de equivalencias o semejanzas entre el original y la versión en otra lengua. "¿Qué dice una obra literaria? ¿Qué comunica? Muy poco a aquel que la comprende. Su razón de ser fundamental no es la comunicación ni la afirmación. Y sin embargo la traducción que se propusiera desempeñar la función de intermediario solo podría transmitir una comunicación, es decir, algo que carece de importancia. Y este es en definitiva el signo característico de una mala traducción". Así como el lenguaje de los hombres es aquel capaz de traducir a palabra el nombre mudo de las cosas, eco del lenguaje primordial, el traductor tiene como objetivo por su parte plasmar en la lengua de destino el pulso que late secretamente en el original, y no tanto como parangón más o menos adecuado cuanto como complemento necesario, exigido por el original para acabar de llegar a ser todo lo que puede ser. Porque lo que vincula al original con su traducción no son tanto las homologías formales que pudieran establecerse entre ambos cuanto el presentimiento común de un lenguaje puro que fuera a la vez nombrar, conocer y crear, esa fuerza que Benjamin convocaba al rememorar sus cuentos infantiles.

Es en este sentido que Blanchot pudo decir que el traductor es un enemigo de Dios, en tanto que se empeña en remontar el castigo divino que llevó la confusión de las lenguas a Babel, impidiendo así que prosiguieran los hombres con la construcción de una ciudad capaz de asaltar el cielo. La astucia de Dios para someter a los insurrectos fue entonces fragmentar la lengua primordial en una multiplicidad de lenguajes heterogéneos. "Bajó Yavéh a ver la ciudad y la torre que habían edificado los humanos, y dijo Yavéh: He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan será imposible. Ea, pues, bajemos, y una vez allí confundamos su lenguaje, y de modo que no entienda cada cual el de su prójimo. Y desde aquel punto los desperdigó Yavéh por toda la faz de la Tierra, y dejaron de edificar la ciudad". Visto así, el gesto del traductor tiene algo de titánico entonces, porque se trata de alguien que, encarándose a la maldición, se mueve entre los lenguajes desmembrados tratando de restituir lo que en ellos evoca el lenguaje seminal.

A día de hoy, lo que nos cuenta Benjamin levanta ecos extraños, aunque sepamos que toda tarea de cultura no puede ser tal sin ser a la vez y ante todo tarea de traducción, sin manifestarse como transgresión de la condena veterotestamentaria y voluntad de edificar ciudad. Así fue en la Escuela de Traductores de Toledo o en villa Careggi, y titanes de esa estirpe fueron, entre los clásicos, Marsilio Ficino o Friedrich Schleiermacher, es sabido.

Incomprendido en su tiempo, con el paso de los años el pensamiento de Benjamin ha ido adquiriendo una presencia cada vez más esclarecedora, hasta el punto de que cuando nos calzamos una mirada como la que acaba de desplegar y encaramos así nuestro presente el resultado viene a ser moralmente muy revelador. Ninguna de las catástrofes que venteaba entonces ha desaparecido hoy, comenzando por el fascismo o la guerra, y en cambio las esperanzas que él concedía a la barbarie naciente parecen haberse esfumado. La estetización de lo político, de todo lo público, considerada por Benjamin uno de los rasgos definitorios del fascismo, nos invade ahora por entero, y la nueva barbarie que está naciendo es hija tan solo de una brutalización deliberada, consciente, de las condiciones de existencia moral. En pocos años hemos asistido a una velocísima reducción del conocimiento a información, a su ruda imposición como tal. Hace cuatro días se nos dijo que éramos la sociedad de la información y la comunicación, hoy, sin que apenas nada haya cambiado, somos la sociedad del conocimiento. Bien, lo único que ha cambiado es la conversión del conocimiento a la contabilidad de la información y su consiguiente disponibilidad como mercancía.

Benjamin no habría podido dejar de ver ahí la huella del más cerrado nihilismo: afirmar que todo es información equivale a decir que lo que no es información es un ruido, no cuenta, es nada. Y sin embargo hoy todavía somos capaces de entender de qué nos habla cuando dice que lo propio de la verdad es ser imparafraseable. Sin necesidad ninguna de arroparnos en su imaginería teológica, todavía conservamos ese cierto sentido de la palabra justa que realmente nombra, y desde allí podemos entender también que subraye que lo que hay de esencial en una obra, su núcleo, es intraducible, es lo intraducible mismo. Aún hoy podemos comprenderlo, aunque sepamos que es esta una experiencia condenada a la extinción. Entonces, imaginemos, ¿con qué ojos habría mirado alguien como Benjamin, tan atento siempre a las modificaciones de la experiencia introducidas por los automatismos (desde la fotografía al mechero o el interruptor), qué habría pensado de los sistemas de traducción automática? ¿En qué se está tratando de convertir la experiencia de conocimiento, es que acaso es algo que ya no puede permitirse, es eso lo que habría pensado?

No podemos saberlo, claro está. Pero es muy posible que hubiera entrevisto aquí un nuevo avatar de la leyenda de Babel, esta vez no como el castigo de un Dios celoso y rural, sino más bien como un automatismo ciego de la mercancía confiada a su propio norte. Pero entonces la maldición no consistiría en la fragmentación del lenguaje puro en una dispersión irreconciliable de lenguas, sino en la convergencia de todas en un lenguaje único, artificial, tan despojado de la posibilidad de albergar lo imparafraseable o lo intraducible como de ofrecer la palabra justa que realmente nombra, una neolengua meramente instrumental, algo como el basic english. Y es que, después de lo que acaba de escuchársele decir a Benjamin, el que algo como el basic english (y vale la pena recordar el acrónimo que lo establece como marca: British-American Scientific International Commercial English) trate de imponerse como medio de expresión obligatorio al que traducir todo conocimiento, es sin duda algo que da que pensar.

Cuesta poco suponer que Benjamin hubiera visto aquí uno de esos detalles iluminadores en cuyo destello adivinar nuestro futuro como cultura.

Miguel Morey es catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona.

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