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Tribuna:

El Ory que reluce

Señalado de poeta postista y ciudadano asumidamente postizo, Carlos Edmundo de Ory no parece ahora más póstumo que en vida. En fecha tan redonda, y esbelta, como el 11 del 11 del 11, se cumple un año de su desaparición. Un capicúa muy propio (entre cábala de fútbol y supercuponazo posdifuntos) para su fijación por las autodefiniciones más saltimbanquis. "Soy un errantómano en permanente orgiasmo", decía; y se aviaba, para corroborarlo, con una rica panoplia de disfraces, acordes al carnavaleo de su Cádiz natal: desde "lobo", "payaso", "apátrida", "trotamundos"... hasta "monje nihilista", "arlequín errante", "náufrago del éxodo", "pordiosero erótico" o "viudo mágico"

... Autor de una poesía de difícil asiento, siempre en proceso y atenta a la conjura de los dualismos más dispares, cuyos restos nunca dejan de formar parte del alud ("En mi poesía no hay sitios; sólo hay fulgor"), una caricaturesca proyección como poeta maudit, junto a un cúmulo de paradojas, ha difuminado su justa ubicación. Y es que, aun guiado por una insobornable actitud órfica y privadamente fundacional -afín, en ese sentido, a otros coetáneos incunables, como Cirlot, Brossa o F. Pino-, en su caso es posible que el hambre, siempre voraz, de los caricaturistas haya coincidido con sus proclamadas ganas de comer aparte. Pues, en algunos respiros de su "itinerario del solista proscrito", De Ory no se corta en anunciar, por ejemplo: "Me duele el corazón de ser un genio", "El mundo de los necios abandono" o, en fin, "Mi poesía aspira a ser escuchada por Dios"... Pero aun así -tachándose, además, de "huraño criminal de la infancia" o "delincuente puro"-, hay factores objetivos que han incidido en su desdibujamiento. Entre ellos, el desajuste entre una creación tan torrencial y precoz, como ha podido verse luego, y su escasa difusión, hasta que, en 1970, en edición de Félix Grande, apareciera la antología Poesía, 1945-1969. Sólo a partir de Música de lobo (Galaxia Gutenberg, 2002), que reúne 14 títulos, en edición de Jaume Pont, se ve del todo el genio horizontal de un De Ory, liberado de restricciones programáticas. "Los dos poderes más grandes son / la excitación religiosa y el anhelo sensual", sintetizará ahí, para agregar en sus Diarios: "El erotismo es inseparable de la muerte, y la cantidad de lirismo proviene del aniquilamiento, de la perdición". Bajo esa identidad entre erotismo y destrucción, su rasgo estriba, muchas veces, en dar cuenta de la elegía desamorosa en el momento presente del fervor carnal, y, sobre todo, en equiparar este último al acto poético: "Todo poema vive en los labios donde fue / vivida la dulzura de muchacha besada". La esencia de la poesía y del amor se expresan a través de la feminidad; "las palabras son mujeres", asevera, para apreciar, en su reverso destructivo, que la reciente mujer amante, ahora "Te mira ojo a ojo Te / pide no sé qué Te mata", y concluir, en otra parte, con estas inquietantes tablas: "Hablar a una mujer que nos ama / de otra mujer que amamos / no se puede hacer en este mundo / ¿Pero quién tiene la culpa? / Yo me callo -nieve helada". Sólo su posteridad cierra el círculo de un poeta sincronizante, de vocación polifónica, con los más diversos flancos entretejidos en un inoperable palimpsesto. Deja ver, por ejemplo, que la factura de sus cuadros sobresale de sus marcos programáticos. Así, cofundador, sobre todo, del postismo (1945), un movimiento efímero y tan contradictorio como agazaparse a la retaguardia del vanguardismo, y de otros rótulos rutilantes, al rebufo de las modas europeas, parecería que el Ory más mate es el que se empeña en calzarse zapatos más pequeños que sus pies; y en darles luego, según cada nueva horma contingente, abruptos cambios de rumbo, lo que, sin duda, resulta ocioso a su demostrada capacidad de navegar en solitario, sin minueto ni carta preconcebida, "Con voluptuosidad de góndola vacía". Por fortuna, reconoce que "Nadie nada nunca me es constante", y que "mi poesía no sale por la puerta, sino por las rendijas", y muy pronto vuelve a surtir el Ory más genuino, aquel precisamente capaz de aunar y pulverizar los ismos más dispares. El que, hermanando lo órfico y lo dionisiaco, inocula el vanguardismo en las estructuras clásicas, hasta obtener un fluido inextricable; y hace dialogar a Novalis y a Nietzsche con Unamuno y Vallejo (sobre todo, 'Vallejo', como se titula uno de sus poemas emblemáticos). El Ory que cincela, con los materiales más encontrados, una "autobiografía espiritual", que es, en esencia, carnal ("Amo a una mujer de larga cabellera"). El Ory que se conmina a "escribir a mandíbula batiente", para escrutar "lo callado a manos llenas"; y que ensaya, por eso mismo, una escritura orgánica, de su propia respiración, a través de "libros que son bronquios". El Ory que persigue "poner arriba el abajo" y "llamar a las cosas por sus cumbres". El que proclama: "La poesía es un vómito de piedras preciosas", o también (se puede decir más bajo pero no más oscuro) "Poner un huevo negro en el nido del no-decir". -

Antonio Puente (Las Palmas de Gran Canaria, 1961) es escritor, periodista y crítico literario.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de noviembre de 2011