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domingo, 23 de octubre de 2011
Tribuna:APUNTES

No me lo habían dicho

ESTHER TUSQUETS 23 OCT 2011

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No se trata de mí, sino de todos, o de casi todos. A casi todos, hay cosas que ni de niños, ni a veces tampoco más tarde nos ha dicho nadie. O que nos han dicho con trampa, porque el ser humano no nace equipado para soportarlas y hay que ofrecérselas edulcoradas. Me estoy refiriendo a la muerte, claro, y este texto no tiene otra pretensión que exponer las opiniones de un hombre, de una mujer de la calle. Y no se dirige tampoco a los creyentes, a aquellos que en una u otra religión, o incluso sin religión ninguna, creen que no existe la muerte, que de un modo u otro vamos a sobrevivir más allá.

Durante siglos la Iglesia católica mantuvo a los humanos a salvo de la muerte. "Aquel que crea en mí no morirá", dijo Cristo, y me parece que la mejor promesa que se haya hecho nunca a los humanos. Persistía otro temor: no existía la muerte, pero sí el pecado y el infierno. Durante dos milenios han ocasionado tanto miedo, tanta ansiedad y tantas dolencias mentales como la misma muerte. Aunque había paliativos y consuelos. A veces, tan ingenuos como los nueve primeros viernes de mes. Si comulgabas nueve primeros viernes consecutivos, la Virgen asumía el compromiso de que al infierno no ibas a ir. La Iglesia te prometía que si eras capaz de hacerlo, no habría para ti condenación. La propia Virgen María asumía el compromiso, se hacía responsable. Recuerdo perfectamente que yo no conseguí hacerlos nunca. Siempre surgía un impedimento que cortaba la lista antes de llegar a nueve. Y yo me preguntaba si podía deberse a que la Virgen, sabedora de que yo no era de fiar, temía verse atrapada en un compromiso muy difícil de cumplir.

En cualquier caso, este problema y supongo que otros muchos, quedaron resueltos al suprimir la Iglesia de su doctrina la existencia del infierno.

Y los cristianos liberados de la muerte y de un castigo eterno por sus pecados pasan a ser un grupo privilegiado. No solo disponen de respuesta a todas las preguntas que podamos plantearles, sino que pueden dialogar con Dios todas las noches.

Pero no voy a tratar de los creyentes, sino de nosotros, de aquellos para los cuales con algunas rarísimas excepciones, la muerte es intolerable. Todo en ella nos rechaza, nos repugna, nos parece inconcebible.

Y aun así, sabiendo que produciremos seres condenados, como nosotros, a morir, nos obstinamos en reproducirnos. Una vez nacidos, sabemos que llegan con la mente en blanco y que es nuestro deber (o el deber de alguien) explicarles el mundo que les rodea: aproximarles a la realidad. Durante siglos se les ha escamoteado la cuestión del sexo, por considerarlo peligroso. Se ha preferido inventar historias de cigüeñas y de bebés traídos de París. Felizmente, esto ha cambiado. Se ha llegado a la conclusión de que sí se debía informar a los niños sobre el modo de reproducción de los mamíferos, sobre todo de los nuestros. Se han derrochado montones de tinta, de teorías, de dibujos, para informarles de cómo venimos al mundo los humanos. Se ha dado por supuesto que se manejaba un material muy delicado, que había que manejar con extrema prudencia para no provocar traumas y que, en ocasiones, sería preciso falsear un poco la realidad.

¿Y qué ha sucedido? En la mayor parte de casos no ha surgido ningún problema. A muchos niños les parece mejor que su hermanito viaje en la barriga de su madre, que volando en el pico de una cigüeña desde París. Más cómodo, más natural, más divertido. El resto del proceso debe irse explicando a medida que va preguntando el niño. Pero no hay ningún elemento que provoque rechazo, ni que les haga sentirse incómodos.

¿Y con la historia de la muerte? Mi oficio de editora, entre otras muchas cosas, de libros infantiles, hacía que sintiera un interés especial por el tema. Lo había vivido en mis propios hijos y era quizá la mejor razón para no tenerlos. ¿Cómo demonios les íbamos a contar la muerte?

Supongo que como lo habían hecho nuestros padres con nosotros. Pero solución no había: mis hijos no entendían. ¿Que ellos iban a morir, y nosotros, sus padres, también? Que no íbamos a volver a nacer nunca. "¿Ni cuando vuelva a nacer Cleopatra?". No, nunca.

Los niños no lo entendían. No les cabía en la cabeza. Ni en la de los hijos de nuestros amigos. Ni en la de nadie.

Y un día reconoces que tampoco cupo en la tuya. Recuerdas noches oscuras e interminables en que pedías que dejaran una puerta abierta, una luz encendida, en que repetías indignada, sin saber a quién hacías el reproche:

A mí no me lo habían dicho.

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