ArchivoEdición impresa

Acceso a suscriptores »

Accede a EL PAÍS y todos sus suplementos en formato PDF enriquecido

viernes, 22 de julio de 2011
Análisis:ANÁLISIS | Música

El guerrero de la carretera

La situación se presta a los chistes fáciles. Hace años que B. B. King ofreció su gira de despedida oficial pero todos los veranos realiza una visita a Europa. No faltan los comentarios maliciosos sobre su supuesta ludopatía o la necesidad de mantener a una extensa tribu.

De acuerdo, pero también valen explicaciones más elementales. King se hizo habitual de los escenarios españoles en los años ochenta, cuando florecieron los festivales de jazz. Sin embargo, su carrera ha sido todo menos lineal: él mismo recuerda que tuvo en 1952 su primer número uno, en las listas de rhythm and blues. Insiste en las dos palabras: el blues equivale a confesión de vulnerabilidad, pero lo de ritmo remacha su nítida voluntad de entretener.

Es uno de los pocos 'bluesmen' en activo que sabe lo que cuesta recoger algodón

Las etiquetas son importantes ya que sirven para conseguir radiaciones en emisoras o para entrar en circuitos mayoritarios: King se perdió los fenómenos del rock and roll y el soul; incluso, tuvo problemas para beneficiarse del descubrimiento blanco del blues, ya que su orquesta de metales le alejaba del prototipo del músico primitivo del Misisipi. Sin embargo, es uno de los pocos bluesmen en activo que sabe exactamente lo que cuesta recoger algodón, manejar un tractor y sobrevivir como aparcero.

En comparación con esas labores, la vida del músico itinerante resulta apetecible. Sin grandes superventas, B. B. King se habituó a dar unos 340 conciertos al año, generalmente en locales modestos. No pudo parar: le perseguía el implacable fisco estadounidense, sufrió desastrosos accidentes. Tampoco quiso parar: le encantaba la posibilidad de conocer mujeres.

Se muestra muy franco al respecto. En su simpática autobiografía de 1997, Blues all around me, se retrataba como un pardillo: en Washington fue seducido por una dama que le invitó a inyectarse heroína; la experiencia fue tan penosa que nunca permitió músicos con adicciones en su banda. Aseguraba allí haber engendrado 15 hijos con otras tantas mujeres y lamentaba no haber sido buen padre, excepto en lo material. Autodidacta, se habituó a leer periódicos y libros en la carretera. Su adquisición de cultura le llevó a reivindicar respeto para su música: entiende, y no anda equivocado, que cualquier homenaje a su persona es un reconocimiento para el blues. King debió conquistar la dignidad profesional escalón a escalón. Cuando empezó, ni siquiera tenía derecho a estudios de grabación convencionales: servía cualquier habitación grande y se grababa de un tirón, sin posibilidad de enmendar errores. Sus primeros elepés eran productos baratos, cuyas envolturas no hacían honor a la intensidad de sus surcos.

Así que, mientras se lo permita la diabetes y otras dolencias, B. B. King continuará tocando, aunque lo haga sentado. Siempre puede surgir la magia. Como aquella noche -en un festival español- que Miles Davis se coló en su escenario, pidió por señas una trompeta e improvisó un solo exquisito en Darling, you know I love you. Cuando recuerda aquel gesto del gran ogro, King se pone muy emotivo. No pasa nada, también un guerrero de la carretera puede llorar por sus amigos muertos.

Atención al cliente

Teléfono: 902 20 21 41

Nuestro horario de atención al cliente es de 9 a 14 los días laborables

Formulario de contacto »

Lo más visto en...

» Top 50

Webs de PRISA

cerrar ventana