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sábado, 15 de enero de 2011
Entrevista:Alejandro Zaera Polo | ARQUITECTURA

"Las leyes del mercado han degradado coherencias"

El arquitecto madrileño sabe decir no. Lo ha hecho con dos proyectos, uno para el Londres olímpico de 2012 y otro en el ya paralizado Campus de la Justicia de Madrid. Para él, hay aspectos profesionales que no pueden ceder ante presiones políticas o de presupuesto

Preferiría no hacerlo". Bartleby emplea diez veces esta fórmula en el libro de Herman Melville. Cuando el abogado le pide que corrija una copia, decide no seguir copiando. "¿No ve usted mismo la razón?", le responde a su jefe. Alejandro Zaera Polo (Madrid, 1963), cofundador de Foreign Office Architects, FOA, también ha negado, y dos veces. La primera, a continuar con el proyecto olímpico para Londres 2012; la segunda, a reconocer como suya la obra del Instituto de Medicina Legal en el Campus de la Justicia de Madrid. Bien porque las decisiones las toman otros o porque el presupuesto no es el adecuado, en los dos casos ha preferido no hacerlo.

PREGUNTA. Para empezar, vamos a hablar, si le parece, de Londres. ¿Cuáles son las oportunidades que ofrece la ciudad con los Juegos Olímpicos de 2012?

"La EMSV es un cliente profesional y serio, que tiene mucha experiencia, mientras que la Comunidad de Madrid no tiene ni idea"

RESPUESTA. Yo llegué a Londres en 1993. Entonces Londres era un desastre total. Estaba en crisis. La ciudad entera en venta. Estaba sucia, había huelgas... En 1996 ganó el Labour Party y empezó la "era Blair". A partir de entonces fue siempre para arriba... La verdad es que lo que he visto de Londres ha sido ese crecimiento tremendo que ha hecho que la ciudad se convierta en uno de los mercados financieros más importantes del mundo.

P. ¿Ha mejorado la movilidad de las personas? ¿Es cómodo desplazarse por Londres, moverse de un sitio a otro? ¿Ha mejorado tanto como en Madrid, por ejemplo?

R. No, eso no ha mejorado mucho, porque Londres es una ciudad que tiene una infraestructura victoriana en la que no se ha invertido un duro desde hace tiempo.

P. ¿Es esta su asignatura pendiente?

R. Yo no lo sé. Esa idea de la ciudad contemporánea como la ciudad de los transportes... Yo creo que ese no va a ser el modelo. Seguir el modelo de las ciudades americanas de los años cincuenta, con autopistas por todas partes, es un disparate. Dentro de poco eso no va a ser sostenible porque cuando empiecen a funcionar los impuestos sobre la emisión de CO2, se acabó. Este sistema legal consuetudinario británico en el que no todo se dicta por orden ministerial, sino que tiene que pasar una serie de trámites, al final se convierte en un sistema muy lento para reaccionar, pero que curiosamente ahora les va a venir bien.

P. ¿Cuál es el sentimiento personal después del alejamiento del proyecto olímpico, no sé si voluntario o involuntario?

R. Fue involuntario hasta cierto punto. Fue una experiencia muy interesante, porque nos dio la posibilidad de trabajar a ese nivel con equipos enormes de ingenieros y especialistas. Pero desde el primer día sabía que no acabaríamos haciendo nada, que estaríamos ahí, que nos utilizarían para generar una serie de imágenes que fueran vendibles, pero que, al final, en el mundo anglosajón, ese tipo de proyectos terminan siempre en manos de las mismas empresas. Es sistemático, si lo haces en Australia o lo haces en Pekín, o en no sé dónde, todo termina siempre en manos de esas grandes empresas, porque son las que tienen el músculo, no solo el músculo, porque al final el músculo es un equipo más o menos grande de gente, pero... Lo que pasa es que la responsabilidad pone en tal estado de miedo a los políticos que solamente se fían si tienen a una de estas grandes empresas detrás.

P. ¿Entonces el arquitecto se queda solo como un creador de imágenes?

R. En ese caso concreto, nuestro papel era ese. Nosotros no teníamos infraestructura para... Podíamos haber aguantado. Fue una cosa muy complicada...

P. Según lo que se ceda, ¿no?

R. Sí, exactamente, según lo que se ceda. Básicamente, la situación era que cada vez que había que presentar el proyecto a una comisión de calidad o a un comité, al principio nos ponían delante, pero luego estábamos al final del todo. Había unos señores que tomaban decisiones, y no teníamos posibilidades de decir: "¡Oye, pero es que esto habría que haberlo hecho de otra manera!". Entonces, en un determinado momento, nos la jugamos y dijimos: "¡O cambiáis la manera de hacer las cosas o nos vamos!". Y ellos dijeron: "Pues salís". ¡Ja, ja! El riesgo habría sido seguir ahí. Pero, pensándolo a toro pasado, deberíamos habernos quedado.

P. En el proyecto del Instituto de Medicina Legal, IML, del Campus de la Justicia de Madrid ocurrió algo parecido. ¿O el abandono fue motivado por otras causas?

R. Sí, fue diferente porque en Madrid existía el deseo original por parte de alguien de hacer un proyecto importante y de convocar una serie de concursos... Nosotros ganamos uno de los primeros. Fuimos los más rápidos en reaccionar porque nuestro edificio era el más pequeño. Era un concurso que estaba claramente infradotado. Tenía un presupuesto de 960 euros por metro cuadrado, incluyendo todas las instalaciones de frío, de cámaras mortuorias... Inmediatamente después de ganar, le dije al cliente: "Seamos realistas, esto no se puede construir con ese dinero". Y dijeron: "Sí, ya lo sabemos, a ver qué podéis hacer...". Y la cosa siguió, y siguió, y allí nadie tomaba ninguna decisión. La Asamblea de la Comunidad de Madrid, cuando en un proyecto hay una variación económica de casi el 50%, como era la nuestra, tiene que aprobar el reformado. Alfredo Prada (anterior consejero de Justicia e Interior) me dijo: "Sí, sí, no te preocupes, haz el modificado...". El modificado se entregó dos días antes del congreso del Partido Popular en el que Esperanza Aguirre lo defenestró y puso a su peor enemigo (Francisco Granados). Creo que si no hubieran quitado a Prada el edificio se habría acabado bien, porque Prada era el que había estado llevando todos los proyectos y la idea era suya. El modificado estaba aprobado. Simplemente hubo ese cambio repentino y entonces todo aquello alteró la situación. Al no aceptar el modificado, dije: "Pues entonces me voy, porque no juego a esto. Nadie va a poner un cartel enfrente de mi edificio diciendo que este edificio se hizo con 900 euros por metro cuadrado". Había una serie de proyectos adjudicados y el nuestro era el que estaba en mayor desventaja. Incluíamos unas instalaciones dentro del edificio que los demás no tenían, ya que eran edificios fundamentalmente de oficinas. Hice todo tipo de cuadros explicando lo que vale esto, con el porcentaje de... Y dijeron: "No, pero es que lo que te ofrecemos no está mal...". Me hicieron una especie de oferta, un poco más de dinero para acabar, y dije que no. Además, no me gustó nada la forma en que lo hicieron, porque me precisaron: "A Foster le damos 2.500 euros más porque es especial y a Zaha la vamos a echar". Esto lo juro yo aquí en esta mesa... Tenía que haberlo grabado. Cuando te vienen así, te das cuenta de que no hay nada que hacer. Me pagaron el reformado y me fui. Les dejé que siguieran con el proyecto mientras no se utilizara mi nombre. Contrataron a otro arquitecto y lo acabaron. No sé muy bien lo que van a hacer con el edificio...

P. En las viviendas de Carabanchel, ¿se ha sentido limitado por la normativa o por el cliente, que era la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo, EMSV, o fue todo mucho más sencillo que en la Ciudad de la Justicia?

R. La diferencia fundamental entre la EMSV y la Comunidad de Madrid es que la EMSV es un cliente profesional y serio, que sabe lo que está haciendo y que tiene mucha experiencia, mientras que la Comunidad de Madrid no tiene ni idea, no sabe lo que está haciendo, no sabe ajustar los presupuestos, no sabe lo que valen los edificios. Contrata a Bovis para que le haga la gestión del proyecto, como si le fuera a salvar de algo, pero es la comunidad la que no tiene una idea clara de qué hacer. En cambio, la EMSV, desde el principio, te dice: este es el dinero que hay, esto es lo que queremos, estos son los plazos, estos son los metros cuadrados que tienes que construir y, dentro de esas limitaciones, te deja que hagas verdaderos experimentos. Todo el mundo está en las mismas condiciones. No hay proyectos dotados con tres veces más presupuesto que otros. Una empresa como esta es capaz de entregar viviendas a determinados precios y además sabe que tiene que experimentar, que tiene que buscar otros arquitectos, que tiene que dejar que algunos edificios fallen porque alguien hace una cosa rara, como por ejemplo poner cañizo en la fachada. Reconozco que es arriesgadísimo.

P. Ustedes intervienen también en la nueva estación de Birmingham vistiendo el edificio que construye una ingeniería. ¿Se está quedando el arquitecto para esa función anecdótica que consiste en vestir santos?

R. El caso de Birmingham se trata de un proyecto de estación que está haciendo Atkins, que es una empresa enorme, probablemente la empresa de ingeniería más grande del mundo, con seis mil personas distribuidas por todo el globo y que son un desastre total. No he visto una cosa igual en mi vida. Nosotros creamos la imagen y esos señores ponen las escaleras mecánicas, derriban el estacionamiento, construyen no sé qué... Ese fue el concurso. Forrar la estación y hacer el espacio interior del atrio. En las bases del concurso ya nos decían que nuestra labor llegaba hasta el proyecto básico y que después, adiós, que luego Atkins se haría cargo del proyecto. No sé cuánto vamos a durar. En algún momento nos van a echar, seguro. Los últimos proyectos construidos de FOA, la Escuela de Diseño y Comunicación Ravensbourne en Greenwhich, o los Cineplex y grandes almacenes de John Lewis en Leicester, comparten también esa preocupación por la envolvente, por el vestido. Las leyes del mercado han degradado coherencias y totalidades como las de la terminal de transbordadores de Yokohama. En estos tiempos de cambio, más vale vestir santos que desvestir borrachos.

Retrato de Alejandro Zaera Polo en la azotea de su oficina en Londres.

Terraza con protección solar a base de correderas plegables de cañizo en una de las viviendas de Carabanchel. / FOA

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