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domingo, 25 de julio de 2010
EL ÚLTIMO DOMINGO | Escrituras

Sucesores de Vok

Tarde o temprano, siempre acaba sucediendo algo. Algo que luego puedo contar. Soy un tipo tranquilo. Si no sucede nada, espero. Pero ese día en Barcelona, en mi nuevo barrio, me pareció que pasaban demasiadas cosas. La más seria: alguien me seguía.

Vi al individuo salir de la librería Bernat de la calle de Buenos Aires y apreté el paso. Este tipo de cosas no me hacen la menor gracia. Quince minutos antes, ya me había parecido que me espiaba desde su mesa en el Pipper's. Ahora ya estaba claro que ese joven buscaba algo de mí. Caminé deprisa y terminé refugiándome en el bar Warum, donde pedí un buen whisky. Al poco rato entró él y, al verme, desvió rápidamente la mirada. Era raro porque no tenía cara de policía, ni de matón, más bien parecía un tímido intelectual. Desde luego yo prefería que fuera cualquier cosa antes que un policía. Un gay, por ejemplo. Mucho más fácil sacármelo de encima.

Dos minutos después, le veía avanzar hacia donde me encontraba. No había cometido delito alguno, pero preví para mí como mínimo 15 años de cárcel.

-Perdone, ¿es usted Vilém Vok? -preguntó.

Respiré aliviado. Fue como si me hubieran indultado de todas mis fechorías.

-Sí, soy Vok.

-Eguren. Para servirle.

Me tendió la mano. Era un rostro amistoso, amable. De lector afectuoso. Tan solo me sobraba de él ese impresentable "para servirle".

-No estaba del todo seguro de que lo fuera -dijo sonriendo-. Ya sabe, desde que suplanta al verdadero Vok...

-¡Suplanto! Ha tomado usted mis palabras demasiado al pie de la letra. Yo solo dije que, tras el colapso físico de Vok de hace cuatro años, me siento su heredero, alguien que ha pasado a gestionar su obra.

-Sí, ya sé.

-La gestiono, y de vez en cuando me dedico a ampliarla, aunque aportando a la obra de Vok una serenidad de la que él antes carecía...

-A causa del alcohol, lo sé, lo sé. Oiga, solo quería decirle que le escribí una carta la semana pasada, pero puede que no la recibiera.

-¿La escribió a Vok o a mí? -ironicé.

-A usted. Intuyendo que le cansa mucho pasarse los días completando la obra de Vok, le proponía relevarle. Quiero que comprenda que puedo escribir en su lugar. Le cobraría una miseria. Y de paso le libraría un poco más de la herencia vokiana.

Eso dijo y después pasó a explicarme que le gustaba escribir, pero no firmar. Suplantar al suplantador de Vok le permitiría crear en la sombra, en total libertad.

-Además -me dijo-, usted es básicamente un actor, un gran impostor, y no un escritor. Hay que ver lo bien que habla en público. A diferencia de Vok, que hablando era tan patoso, usted es muy histriónico.

-Bueno, es que hablar en público es completamente distinto de escribir. Son dos actividades que no tienen nada que ver. Cada una requiere una fórmula distinta y yo tengo una especial para hablar ante la gente.

-Pues si le escribiera los libros podría concentrarse en su teatro de cada día, en su excelente representación del personaje de Vok. Asistí a su última conferencia y estuvo genial. Me gustó oírle decir que procura evitar que sigan viendo en usted un tipo raro y busca ahora que todo el foco de atención caiga sobre lo que escribe, que es lo que a fin de cuentas interesa... Me encantó eso. Pero pensé: si de lo que escribe me ocupara yo, le quedaría mucho más tiempo para perfeccionar su impostura.

Me pareció que su propuesta era atractiva, porque podía liberarme de un trabajo que me tenía encadenado. Encadenado, sí. Porque es bien sabido que a un autor hay que saber mantenerle vivo en el mercado. Por eso yo me esforzaba en escribirle a Vok sus nuevas novelas, sus piezas serenas, sus libros de la etapa tranquila. Pero yo mismo lo he dicho: me esforzaba. Antes no me importaba escribir. Pero en los últimos tiempos me resultaba duro ese trabajo, sobre todo porque para colmo tenía que esforzarme en tratar de superar al brillante Vok de la etapa ebria...

-En seis meses -me dijo Eguren- prometo escribirle una novela. ¿Qué le parece? Conozco a la perfección su estilo de continuador sobrio de la obra de Vok. Bueno, sobrio es un decir, porque no veo que sea usted abstemio, amigo. Eso sí que es una sorpresa.

Le invité a una copa. Y a los pocos segundos, después de dos contundentes tragos, comenzó a decirme -con oratoria escandalosamente retórica- que se sentía feliz de ver que mi espíritu reposaba sereno y sonriente como en mis cielos de origen y también muy contento de ver que una armonía divina sonaba (se oyera o no) a mi alrededor.

-Supongo -le dije- que no ignora que deberá alcanzar mi estado de serenidad para poder escribir en el nombre de Vok. Porque si algo no conviene nada es que aparezca un tercer Vok con signos de ebriedad.

-Entonces, ¿va a permitirme que le sustituya? -dijo con repentina y sincera ilusión.

-En efecto, pase mañana por mi casa y llegaremos a un acuerdo.

Me abrazó emocionado y al poco rato se marchó, le vi salir del bar como una bala.

Una hora después, le encontré en otro antro del barrio. No advirtió mi presencia y pude acercarme para oír de qué hablaba con otro joven de su edad. Ante mi asombro, estaba llegando a un acuerdo económico con su amigo para que le escribiera la obra de Vok para la que él -le decía- no tenía tiempo ni talento.

-Yo puedo hacerlo muy bien -le estaba diciendo su amigo-. He leído y estudiado al Vok sereno con la máxima atención y no tiene secretos para mí. Todo consiste en el sosiego de las pasiones y en saber vivir y morir con elegante resignación, te lo digo yo.

Superada la natural sorpresa, decidí que lo mejor sería abrirle paso a aquel cuarto Vok, más trabajador que el tercero.

Pero quedaba por averiguar si a la larga no me afectaría que la juventud se hubiera repartido tan despiadadamente mi herencia, el trabajo de toda una vida.

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