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Crítica:Todo lo que tengo lo llevo conmigo. Herta Müller | FERIA DEL LIBRO DE MADRID / En Portada

La experiencia de la esclavitud

Müller ha creado en Todo lo que tengo lo llevo conmigo una obra lírica, dramática y comprometida que invita a la fraternidad. Un testimonio sobre los 100.000 rumanos enviados a la reconstrucción de la antigua URSS tras la Segunda Guerra Mundial

Sobre la vida y la muerte en los campos de esclavos durante el régimen soviético es ya considerable el número de testimonios de los supervivientes y de los trabajos de los investigadores en los archivos abiertos tras la caída del bloque soviético. El secretismo absoluto sobre lo que allí sucedía, preocupación constante del régimen, y el régimen mismo, son ilusiones del pasado. Ahora, gracias a los libros de Anne Applebaum -Gulag-, de Gustaw Herling -Un mundo aparte-, de Margarete Buber-Neumann -Prisionera de Stalin y Hitler: un mundo en la oscuridad-, que vienen a agregarse a los vía crucis clásicos de Varlam Shalámov -Relatos de Kolymá- y Solzhenitsin -Archipiélago Gulag-, además de la memoria carcelaria del polaco Alexander Wat -Mi siglo-, por citar algunos de los que se vienen editando en España en los últimos años, se conocen las macrocifras, las grandes magnitudes de la catástrofe, y también se conoce una miríada de detalles, infernales detallitos.

Todo lo que tengo lo llevo conmigo

Herta Müller

Traducción de Rosa Pilar Blanco

Siruela. Madrid, 2010

270 páginas. 18,95 euros

Tot el que tinc, ho duc al damunt

Traducción de Joan Fontcuberta i Gel

Bromera. Valencia, 2010

262 páginas. 19,90 euros

La peripecia de Leopold Auberg se fragmenta en escenas breves y elusivas, a menudo de un dramatismo paroxístico

Como es lógico, entre estos libros, los mejores, es decir, los más logrados y más precisos en la transmisión de las impresiones, experiencias y padecimientos de los prisioneros, y por consiguiente los más valiosos como herramientas para la preservación de la memoria e instrucción de las generaciones venideras, si no como valladar para que no se repitan aquellos hechos, son los que han escrito las víctimas. En el terreno de la ficción, además, parece claro que solo éstas están legitimadas para literaturizar aquello. Aquí toda impostura sería bochornosa, como suelen serlo las películas bonistas sobre la Shoa, se filmen o no "por la buena causa". No, aquí todavía hay y debe haber clases. Por eso a la entrada de algunos campos de trabajo siberianos un rótulo informa del precio de la visita para los turistas y añade -esto es sensacional- que la entrada es gratis "para ex prisioneros y descendientes". Por lo menos así lo cuenta Frank Westerman en su excelente Ingenieros del alma.

Claro que hay excepciones a esa regla. Todo lo que tengo lo llevo conmigo, novela de Herta Müller, es una. La escritora alemana-rumana, distinguida el año pasado con el Nobel de Literatura, no fue deportada a la URSS para trabajar como esclava (nació en 1953), pero su madre sí -el señor Müller se alistó en las SS-, y su novela sobre la experiencia de la esclavitud tiene muy poco de ficción y está muy literalmente inspirada en las confidencias de varios supervivientes, especialmente su amigo el poeta Oskar Pastior, nacido en Hermannstadt (Sibiu) y deportado después de la Segunda Guerra Mundial a un campo de trabajo en Ucrania, protagonista y personaje narrador de la novela bajo el alias de Leopold Auberg. Según cuenta Müller en un postfacio sobre su relación con Pastior, "le conté que quisiera escribir sobre ello. Él quiso ayudarme con sus recuerdos. Nos reuníamos con regularidad, él contaba y yo anotaba".

Pastior y Müller pertenecían a la minoría de rumanos de origen germánico, colectividad numérica y económicamente considerable, que en vísperas y durante la Segunda Guerra Mundial fue fuertemente influida y penetrada por la ideología nazi y aportó buen número de reclutas voluntarios a las SS y a la Wehrmacht. En enero de 1945, un total de 100.000 de estos ciudadanos -todos los hombres entre 17 y 45 años y las mujeres entre 18 y 30- fueron enviados a campos de trabajo en territorio soviético para contribuir por tiempo indeterminado a la reconstrucción de la URSS. De éstos, 10.000 fallecieron en los trenes o en los campos, de hambre, frío o enfermedades. Los demás fueron liberados al cabo de cinco años; la mitad de ellos pudieron emigrar a Alemania y Austria, y otros 50.000 regresaron a la Rumania comunista. (A partir de 1958 y sobre todo tras los acuerdos de Willy Brandt con el régimen de Bucarest, docenas de miles de rumanos de origen alemán, so pretexto de "reagrupación familiar" y previo pago de cierta cantidad de las divisas que codiciaba el Estado rumano, pudieron emigrar a la RFA. Después de la caída del régimen comunista emigraron 100.000 alemanes más. Hoy en Rumania queda una comunidad muy reducida).

"Todo lo que tengo lo llevo conmigo...", es la primera frase de la novela, que se repite como salmodia. El relato se distribuye en 64 capítulos breves o fragmentos que empiezan en las postrimerías de la guerra con las primeras experiencias sexuales del narrador, homoeróticas, sórdidas y clandestinas, en un parque nocturno, a los 17 años, y su reclutamiento y transporte junto con otros tres mil presos en un tren de mercancías a un campo en Ucrania para trabajar en un koljós, una fábrica, unas minas, escombreras, línea férrea, obras...

Según avanza el relato y se presenta "el ángel del hambre" que será compañía de esos años cada vez más profunda e íntima, y luego recuerdo imborrable hasta la muerte, la peripecia de Leopold Auberg se fragmenta en escenas breves y elusivas, a menudo de un dramatismo paroxístico, con frases densas de experiencia, ninguna (escena ni frase) previsible ni convencional: aquí, el abogado que roba cucharadas de sopa del plato de su esposa cada vez que ésta desvía la mirada del plato y si ésta le sorprende se excusa: "Total, una cucharada más o menos..."; más allá, la tipología de las distintas clases de piojos (Wat también tiene alguna página sobre el tema); después, el acontecimiento fabuloso de la llegada de una postal de la familia, ¡y qué postal!; luego, un sueño: "En el sueño comprendí con claridad que estaba muerto, pero no me apetecía decírselo a mi madre"; luego, pensamientos delirantes en la frontera del poema surreal, como la liebre blanca que crece en las concavidades de las mejillas de los esclavos, expulsándoles de la vida; la descripción apasionada, propia de un poeta enamorado, de la "armuelle", hierba que se puede cocinar como espinacas, pero en verano se hace leñosa e incomestible...

Libros como esta novela de un lirismo sepulcral, o como los mencionados más arriba, se le harán arduos de transitar a un lector con imaginación sensible (¡perdón!), pero exigen su atención, que les preste su oído siquiera como un mínimo compromiso con la idea de fraternidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de junio de 2010