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sábado, 3 de abril de 2010
Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

La venganza ascendida a himno

Like a rolling stone se mantiene como la obra cumbre de Bob Dylan. Una pieza viscosa, maleable, abrasiva, que ha fascinado a Greil Marcus. Detrás de su ira y de su crueldad, el crítico cree adivinar la invitación a desarrollar una vida más auténtica

DIEGO A. MANRIQUE 3 ABR 2010

Ya sabemos que Like a rolling stone suele ganar esas encuestas que pretenden determinar la mejor canción de rock de todos los tiempos. Pero conviene situarse en su año de salida, 1965, para entender su asombroso impacto. Y no sólo en sus alumnos obvios, tipo Mick Jagger o John Lennon. Hace poco, uno de los arquitectos del sonido Motown, Lamont Dozier, revelaba que "el fraseo de Dylan en Like a rolling stone" le inspiró otra canción monumental, ese perro verde titulado Reach out I'll be there.

Cabe imaginar que, con Like a rolling stone, Dozier ratificó que la única regla válida para hacer canciones de éxito es que no hay reglas: ni siquiera vale seguir el venenoso espíritu de Dylan. Junto a su audacia estructural, y la bravura interpretativa de los Four Tops, Reach out I'll be there ofrece un mensaje humanista, solidaridad con la chica desgraciada: si las cosas van mal, allí estaré para ti. Por el contrario, Like a rolling stone rebosa bilis: el narrador se deleita en la caída de la protagonista. En comparación, las canciones misóginas que escribía Jagger por la misma época parecen impertinentes cachetadas de pop star; Dylan celebra la degradación de "la princesa en la torre".

Like a rolling stone: Bob Dylan en la encrucijada Greil Marcus

Greil Marcus

Traducción de Mario Santana

Global Rhythm Press. Barcelona, 2010

207 páginas. 20 euros

Con el tiempo, hemos asistido al desplazamiento del contenido de Like a rolling stone. Nada que deba sorprendernos: si una pieza tan sanguinaria como La Marsellesa terminó convertida en himno de fraternidad, no es tan disparatado que Like a rolling stone parezca celebrar hoy la epopeya de la rebelión de los sesenta, orgulloso modelo al que uno puede apuntarse simbólicamente. Al menos, eso creí detectar hace unos años, en medio de la volcánica reacción de todo un estadio ante la interpretación del tema por -¡precisamente!- los Rolling Stones.

Greil Marcus no está tan interesado en la materialidad de Like a rolling stone como en su historia cultural. Con todo, narra convincentemente la elaboración del tema, e incluso pretende reescribir los créditos: argumenta que fue remezclado por Bob Johnston, el tejano que reemplazó a Tom Wilson, el productor original, otro tejano -pero negro- misteriosamente defenestrado al comienzo de las sesiones de Highway 61 revisited.

Se supone que Dylan comenzó con la letra, veinte folios de vitriolo contra, bueno, ¿contra quién dispara? Marcus no entra en especulaciones. Cabe imaginar que el objetivo era Edie Sedgwick, la veleidosa chica Warhol que chocó con el Hombre del Momento en aquel efervescente Manhattan que experimentaba con drogas y libertad sexual. Nunca habrá confirmación: los cronistas del triste final de Edie tienden a colgar las responsabilidades en Dylan o Warhol.

Volvamos a 1965. En su refugio de Woodstock, Bob comenzó a musicar lo que él mismo definió como "una vomitona", reciclando los acordes de La bamba. Phil Spector fue de los pocos que detectaron ese ADN mexicano en Like a rolling stone, aunque menosprecia el resultado al establecer distancias entre "un disco" y "una idea"; para él, se queda en la segunda categoría.

Urge discrepar. Se conservan los descartes de las sesiones: Like a rolling stone comienza como vals y va adquiriendo peso, densidad, forma a largo de dos días. Alcanza combustión espontánea por una rara combinación de elementos: el impetuoso elemento juvenil -Dylan, Mike Bloomfield, un audaz Al Koper que se suma al órgano- cabalga sobre la sobriedad de cuatro eficaces mercenarios de los estudios. El método dylaniano equivale al eterno "aprende a nadar tirándote a la piscina": sin ensayos, esboza el tema y deja que los músicos encuentren su papel, en una fiera batalla de instrumentos que alcanza finalmente dimensiones de terremoto, de descarga eléctrica que -en una interpretación benévola de la letra- nos empuja a vivir la realidad, a asumir nuestras decisiones, a aprender de la caída. Se trata de una idea que se ha convertido en disco incontestable gracias a unos músicos incendiados, unos técnicos invisibles y -ahí debía dolerle a Spector- un productor que asiste impávido a una explosión de alquimia sonora.

Escapemos con la coartada perfecta: hubo magia en aquellas jornadas. Si uno quiere seguir todo el proceso, aparte de conseguir esos descartes, es aconsejable leer Bob Dylan: Highway 61 revisited, el libro de Colin Irwin para la serie Legendary sessions. Greil Marcus prefiere explorar las reverberaciones de Like a rolling stone, con su habitual eclecticismo, desde las versiones raperas (The Mystery Tramps, Articolo 31) hasta Go west (Village People, Pet Shop Boys) como convocatoria a la nación gay.

Marcus está en suelo más sólido cuando rastrea el rechazo que Like a rolling stone debió vencer: fue inicialmente rechazado por su discográfica, que se escudaba en su atípica duración de seis minutos (las primeras copias para la radio partían el tema, una mitad en cada cara del single). También apunta que los abucheos que acogieron al Dylan eléctrico pudieron estar teledirigidos. Al menos en el Reino Unido, donde asegura que se reclutaron alborotadores en los folk clubs que dependían del Partido Comunista para que hicieran saber su furia ante el nuevo rumbo del supuesto compañero de viaje. Si existió tal acto de intimidación, tuvo el resultado contrario a lo previsto.

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