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sábado, 6 de febrero de 2010
Entrevista:EN PORTADA | Entrevista

El artista de la novela negra

James Ellroy se consagra como el narrador que ha roto con las etiquetas del género negro. Violencia, sexo, corrupción, poder ... "Yo soy todos los hombres de Sangre vagabunda", afirma el autor sobre la novela que cierra su trilogía de los bajos fondos de Estados Unidos.

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Perro ladrador, poco mordedor dice el refrán. James Ellroy es un gran ejemplo. El perro diabólico de la literatura estadounidense no se calla ni debajo del agua. El matrimonio es "sexo y paciencia", el último consejo de su padre fue que se tire a cualquier camarera que le atienda y el rock & roll es música "de idiotas para niñatos". Eso además de declararse "de todo menos un liberal", verbalizar su oposición al matrimonio homosexual, sus reparos al aborto y apropiarse en su juventud de alguna consigna nazi. Sus novelas exudan racismo, misoginia y violencia. Hasta su apariencia va pidiendo guerra, pantalones blancos sucios, bragueta bajada y camisa hawaiana en pleno enero (un exceso incluso en California). No es de extrañar que su segunda esposa, la escritora y feminista Helen Knode, le llamara "animal de zoológico". Dicho todo esto e intentando escuchar con distancia su bombo y platillo es fácil ver que todo es fachada, autopromoción, un exhibicionista detrás del que se oculta sin mucho rascar un romántico lleno de demonios que lo único que quiere es llamar la atención. "La literatura no es más que la historia de hombres aislados sobrepasados por lo que les rodea que intentan dar forma a lo que ocurre a su alrededor y que se ven forzados al cambio mientras interactúan con los acontecimientos y conocen a una mujer", resume en medio de sus fanfarronadas. Una descripción perfecta porque ése también es James Ellroy.

"La literatura no es más que la historia de hombres aislados sobrepasados por lo que les rodea"

"No tengo duda alguna de que 'Sangre vagabunda' es magistral, pero también reconozco que toda la novela es un pasote"

"A muchos no les gusta que diga que me lo invento todo. Que este libro no tiene nada que ver con Bush, Obama o Irak"

"Tengo una moral demasiado grande y si eso significa menos libros y menos dinero, así sea"

Californiano, 61 años, "buena salud", dice; poco pelo, eso es obvio; casado en dos ocasiones y ahora compartiendo su vida con la escritora Erika Schickel, "la mujer con la que pienso pasar el resto de mi vida". Eso está por ver. También es "el mejor escritor de novela policiaca", como se bautizó él mismo antes de dejar su apodo en algo más corto como "el mejor novelista". Punto. Y aquí es donde Ellroy tiene los dientes bien afilados, porque su mordisco es innegable. La dalia negra, El gran desierto, L. A. confidential y Jazz blanco le encumbraron como autor de novela negra, el llamado LA Quartet, seguido de una trilogía aún mejor que acaba de concluir, The Underworld USA Trilogy (Trilogía Americana), que componen América, Seis de los grandes y la última entrega, Sangre vagabunda (Ediciones B). Es imposible que estos libros te dejen impasible. Puedes odiarlos, sí. Su lectura no nace del placer, es el reflejo de una obsesión. Sexo, mujeres, crimen, política, poder, corrupción. Las mismas obsesiones que dominarán al lector que se deje morder por sus páginas. "Soy un autodidacta que nunca acabé mis estudios. Eso sí, leí de manera obsesiva y asimilé su forma, su contenido, el estilo", explica sobre su génesis literaria alguien que no tiene ningún reparo en asegurar que desconoce la literatura mundial pasada o presente y a la gran mayoría de los grandes autores estadounidenses. De nuevo, epatar es lo suyo. Lo que sí es cierto es que en sus tiempos sólo leyó novela negra. Ahora ni eso. Toda su energía está en escribir. "Lo mío son los grandes libros. Quiero dejar detrás una gran obra. Y entiendo que en ocasiones esto puede pesar a los lectores. Pero al final disfrutan. ¡Soy un best seller! Es cierto que mis libros son un reto, pero no son difíciles. La historia te absorbe inmediatamente", añade sin evitar sus pinceladas de grandiosidad.

Para los que ya tienen práctica con Ellroy, un consuelo: Sangre vagabunda es más sencillo que su predecesor, Seis de los grandes. "Mi segunda esposa me dijo que tenía que escribir desde el corazón así que su forma es más sencilla", dice. Para aquellos que no tienen práctica, su prosa sigue siendo telegráfica, frases muy cortas, palabras todavía más cortas y en muchas ocasiones sincopadas. Cada capítulo, la visión de un nuevo personaje. Una nueva localización. Ellroy, que no tiene abuela, lo describe como "una obra maestra" aunque también admite que es "una pasada". "No tengo duda alguna de que Sangre vagabunda es magistral pero también reconozco que toda la novela policiaca es un pasote, demasiada construcción, demasiada trama, muchas conspiraciones, una continua investigación policial", resume de su último trabajo, ése en el que confluyen caras conocidas de libros anteriores como la de Wayne Tedrow Jr., un ex policía y narcotraficante capaz de cargarse a su padre; Don Crutch Crutchfield, detective privado demasiado joven y un tanto mirón, y Dwight Holly, agente del FBI. Los tres reaccionarios y violentos en un Estados Unidos sacudido por la corrupción, la mafia y el amor libre. Esos años entre 1968 y 1972 que poblaron tanto en la realidad como en la ficción de Ellroy figuras históricas como J. Edgar Hoover, Richard Nixon y Howard Hughes. "Mi única condición es que tienen que estar muertos", comenta de su plantel de personajes. Una mórbida respuesta para un autor morboso. "Una vez muertos es legal hablar de ellos y los puedo utilizar sin problemas", se regodea de una mezcla entre ficción y realidad que en su opinión le da "latitud" a sus novelas. "Mi única limitación es que mi representación de los hechos no se contradiga abiertamente con lo que sucedió en la realidad. Y no hay nada contradictorio en las conversaciones de Nixon borracho o en mi creencia de que Hoover era un homosexual célibe", remata buscando pelea.

Hay mucho más que morbo en la obra de Ellroy. Están sus demonios. Por ejemplo, el asesinato de su madre cuando él sólo tenía 10 años. No recuerda sus lágrimas pero sí su obsesión por la lectura policiaca después de leerse todos los informes de la policía que cayeron en sus manos. Su madre muerta sigue siendo uno de sus fantasmas, presente en La dalia negra, pero sobre todo en su autobiografía Mis rincones oscuros y en esa otra reflexión de su vida y de sus mujeres que hace ahora en The Hilliker Curse, que haciendo uso del apellido de soltera de su madre espera publicación a finales de este año. Pero la trilogía de los bajos fondos americanos tiene otro origen. "La lectura de la novela Libra, de Don DeLillo, me abrió los ojos a la historia del asesinato de Kennedy. Esa época nunca me había interesado, pero el libro era tan bueno que quise hacer algo así. No lo quise copiar. Respeto mucho a DeLillo. Además pensé que podía escribir algo más grande. Que empezara en 1968 y donde el asesinato de Kennedy sucediera fuera de página", recuerda de una historia que ha contado muchas veces, pero que sigue narrando con fervor.

Tuvieron que pasar ocho años desde Seis de los grandes y trece desde la publicación de América hasta la llegada de Sangre vagabunda. ¿Una larga espera? "La cabeza me explotó, mi matrimonio se fue a la mierda, me fui a San Francisco y amé a una mujer llamada Joan", dice mostrándome una dedicatoria que reza "A J. M. Camarada, por todo lo que me diste". Con un suspiro, como si se tratara de alguien que se deja llevar por la nostalgia, continúa su recuento. "Mi 'diosa pelirroja' me dejó y me volví a Los Ángeles, donde conocí a otra mujer en la que basé a Karen (el otro personaje femenino del libro). Estaba embarazada y me dejó por su marido. Mala suerte. Así que escribí este libro". Hay que reconocer que no le faltan fuentes de inspiración para regurgitar y condensar en su novela. "Me encanta lo que hago y doy gracias a Dios porque soy bueno. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido", dice alguien a quien le gusta mencionar a Dios con tanta frecuencia como sus personajes juran en vano. "Pero también debo de reconocer que la historia ha sido muy generosa conmigo", añade. "Este libro me llegó en un momento muy turbulento de mi vida y acabó siendo el más fácil de escribir".

Como hombre, Ellroy es más sencillo que sus libros. Sólo hay cinco o seis cosas que le gustan: la historia, la música clásica, las mujeres, el boxeo, las novelas policiacas y los perros. "Y así ha sido durante más de 40 años", añade, no sé si queriéndose quitar un par de décadas o dejando fuera esa juventud acelerada de la que se vanagloria, aunque luego se arrepiente de que sea el centro de sus entrevistas. Los años en los que se iba de mirón a hacerse pajas en las casas de los vecinos, cuando le daba a lo que pillaba y se metía en mucha mierda. Esa década de los sesenta que recuerda como "comprometida con el alcohol, las drogas y con los líos" mientras a otros les daba por el compromiso social y político. "Mi foco de atención es muy limitado de natural, aunque soy muy bueno manteniendo la concentración", agrega. Quizá por ello se le da mejor la monogamia que la cohabitación, es incapaz de utilizar un ordenador o un teléfono móvil -objetos que no posee-, pero es un hacha escribiendo a mano, como escribe todas sus novelas. La investigación se la hace otro. Por ejemplo, para Sangre vagabunda mandó a una chica a Santo Domingo porque Haití era muy peligroso. "Yo pensaba que la República Dominicana estaba junto a Honduras y Guatemala hasta que mi ex esposa me regaló un atlas", insiste en llamar la atención con sus burradas. Pero en su trabajo no hay nada de burro excepto el volumen. Más de 400 páginas de estructura y 150 de notas de las que sale la novela. "Desde el principio tengo un diagrama claro y una superestructura para todo el libro. Sé dónde están todos sus personajes y cada una de las historias que confluyen en cada momento", describe. Un trabajo que hace principalmente de día, aunque también hay noches en vela y sobre todo en silencio. Ni tan siquiera su adorado Beethoven, ese músico al que tanto admira y a quien sin modestia alguna se compara, rompe su concentración cuando escribe. "No me gusta el exceso de estimulación. Me gusta estar solo en la oscuridad y ponerme a pensar. Me paso mucho tiempo pensando", agrega mientras la música suena atronadora en el ruidoso café de Hancock Park en el que me ha citado. Le pillaba cerca de casa y, a juzgar por el trato, es un habitual.

Ellroy también dice aislarse del mundo que le rodea a pesar de lo mucho que recurre a la historia en sus libros. "Sólo cito lo que me interesa. Son novelas policiacas que están emplazadas en un momento de la historia", se pone a la defensiva. "Hay muchos a los que no les gusta que les diga que me lo invento todo, que vivo en una burbuja. Que este libro no tiene nada que ver con Bush, con Obama o con la guerra de Irak", insiste cada vez más iracundo. Nos echa la bronca a los europeos, especialmente a los franceses, de atribuirle a su obra una lectura que según dice no existe, de querer que sus libros tengan un doble sentido contemporáneo. "Ni se lo veo ni me lo planteé", dice alguien que confiesa su desinterés en la política actual. Se acaba el triple expreso que se pidió y su efecto parece calmarle. Una sonrisa maliciosa aparece en sus labios. "Claro que si tú ves esa conexión, genial. Si los lectores la ven, mil gracias. Todo con tal de que lean el libro y lo compren", se regodea.

Volvemos al principio. Ellroy nunca pierde una oportunidad de autopromoción y está claro que nada le pone tanto como llamar la atención. Escribir, escribe bien, muy bien, pocos dudan de ello. Pero venderse lo hace aún mejor. ¿O si no para qué quiere una cuenta en Facebook un ermitaño como él, alguien que dice aislarse del mundo mundial, que no tiene ni teléfono móvil ni ordenador y que desdeña las ya no tan nuevas plataformas como generadoras de una generación incapaz de hablar con frases enteras y orgullosa de su estupidez? ¿Acaso el James Ellroy de Facebook no es el verdadero James Ellroy? "A mí me gusta vender libros y Knopf, mi editorial en Estados Unidos, me dijo que ésa era la mejor forma, aunque ése no es mi estilo a la hora de socializar", deja bien claro a sabiendas de que es su asistente personal, Lisa, quien se encarga de poner sus respuestas en línea. Vender libros es también la razón detrás de su camisa hawaiana. A punto de iniciar su periplo por una Europa congelada, cualquier otra prenda de abrigo está ya guardada. "Yo siempre estoy listo. Nací listo", comenta inquieto mirando el reloj sin ningún disimulo. No es que le guste viajar. Lo considera trabajo y encima es incapaz de escribir una línea durante la gira. "Pero la vida no es barata, dos ex mujeres, una asistente, pago mis impuestos. Alquilo, no poseo. Tengo que ganar dinero", dice un autor que hace un momento recordaba que era un best seller. Su único placer en estas giras promocionales son las lecturas a viva voz con las que suele presentar su obra, especialmente en Francia. "Me encanta leer mis libros en voz alta. Soy bueno haciendo lecturas dramáticas. Conozco bien su ritmo", asegura alguien que nunca diría lo contrario. De hecho, no es de los que aguanta bien las críticas y antes de publicar su manuscrito tan sólo le deja leer su obra a Lisa y a su investigadora. Y en el caso de Sangre vagabunda también se lo dejó a su segunda esposa. "Sabía que éste le gustaría. Es su favorito. En esto soy muy privado y sabía que ninguna de ellas sería muy crítica", confiesa.

Es irónico este momento de pudor en un autor que no parece tener vergüenza. Alguien que con la publicación prevista para finales de año de The Hilliker Curse venderá por segunda vez su vida al mejor lector y que acostumbra a dejar retazos de sí mismo en las páginas de todas sus novelas, siempre con algo del verdadero Ellroy en medio de la de ficción. "Es cierto que yo soy todos los hombres de Sangre vagabunda. Crecí no muy lejos de aquí, en este barrio por donde Crutchfield merodea. Y tengo en mí muchas de las tormentas que Dwight lleva en su interior, un tipo de derechas que se enamora de una mujer de izquierdas. Eso por no hablar de ese sentido del humor más bien crudo que tienen", sopesa en voz alta aunque con la mente en su libro. De cabeza encuentra la página que busca. "Creo que es la 325 o así, cuando Joan le pregunta a Dwight: '¿qué es lo que quieres?'. Y él responde: 'quiero caer y que estés ahí para recogerme. Es lo que siempre he querido". El silencio se hace espeso a pesar de la incesante música que baña el café. Tras una pausa dramática Ellroy me explica que nada más publicar Sangre vagabunda le envió una copia dedicada a su musa, a esa "diosa pelirroja" que fue el motor del libro. No le contestó. "No quiere volver a verme. Me porté mal y quería rendirle un último homenaje. Quise escribir una historia romántica. Histórica, con sexo, revolución, política y de gran alcance y eso es lo que hice. Un trabajo al que le siguen mis memorias, en las que explico cómo escribí este libro. Y de esta forma quiero dejar atrás este capítulo de mi vida", resume.

¿Y ahora, qué? "Algo completamente diferente de lo que ya tengo las bases pero que no te voy a contar", dice con mirada de sádico. Con lo que le gusta hablar es incapaz de callarse. Al menos a la hora de enumerar lo que no será su nueva obra. "Tengo muchos lectores y serían todavía más numerosos si escribiera otro tipo de libros que no pienso. Empecé escribiendo novelas policiacas más modestas a las que con los años añadí esa latitud histórica que tanto me gusta. Épicos históricos que también fueron policiacos. Me gustan los grandes libros y eso es lo que quiero escribir, obras bien pensadas de las que me sienta orgulloso. No quiero ser de los que escriben libros cada vez más finos y cada vez más rápidos. ¿No tienes la sensación de que Philip Roth saca un libro cada año? No quiero hacer eso. Tengo que responder ante Dios, ante la gente que amo y ante mis lectores. Tengo una moral demasiado grande y si eso significa menos libros y menos dinero, así sea. Y al que no le guste, ¡qué se joda!", remata. Sangre vagabunda no sólo pone fin a la Trilogía Americana. También pondrá fin a su bibliografía si la ordenas de forma cronológica. Ellroy se sincera sobre sus proyectos y asegura que en sus próximos libros no piensa pasar de 1972. Al contrario, lo que quiere escribir es un libro "que preceda el LA Quartet". ¿Tal es su amor por esta ciudad de ángeles que quiere volver a ella? "Es mi hogar. Es mi casa. Me gusta. Es la ciudad a la que pertenezco. Por ahora al menos porque estoy pensando mudarme a la costa este estadounidense", dice una vez más lleno de contradicciones.

Como si se fuera a mudar en ese mismo momento se pone en pie. Está listo para marcharse. A Europa a vender su nuevo libro, a la otra costa de Estados Unidos para comenzar una nueva vida junto a Erika Schickel y las dos hijas de la escritora. O a trabajar en su próxima novela. Le han dado cuerda y sale espantado deteniéndose un segundo para hablar de esa otra carrera suya como guionista. Se nota que no le gusta el tema lo mismo que no le gusta el cine. "Lo hago porque me pagan. Y bueno, me divierte el trabajo", dice sin disimular una sonrisa al hablar de esos guiones que prepara para Hollywood cuando se tome un respiro de sus novelas. ¿Y las adaptaciones de su trabajo? ¿Está satisfecho? Al fin y al cabo, la adaptación a la pantalla de L. A. confidential le dio un nuevo número de lectores de esos que ansía tanto. "Fue una película maravillosa, pero me proporcionó una décima parte del número de nuevos lectores que me conocieron con La dalia negra. En cualquier caso, ambas películas fueron maravillosas porque me dieron dinero por nada", remata con una última sonrisa de gato de Chesire. Sale disparado hacia la camarera. ¿Piensa seguir el último consejo de su padre? No, sólo quiere estar seguro de que me pase la cuenta.

Sangre vagabunda. James Ellroy. Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté. Ediciones B. Barcelona, 2010. 944 páginas. 25 euros. www.facebook.com/pages/James-Ellroy/.

James Ellroy (Los Ángeles, 1948) / MATT BEARD

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