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domingo, 8 de noviembre de 2009
Reportaje:EL DÍA QUE CAMBIÓ EL MUNDO

"Nadie habría disparado"

Gorbachov explica que el plan de la RDA, aceptado por la URSS, era la confederación de las dos Alemanias, pero fue rechazado. Según el hombre que facilitó la reunificación, no hizo falta ordenar que no se disparase contra la gente que cruzó el muro: nadie lo hubiera hecho

Veinte años después de la caída del muro de Berlín, entre Rusia y Occidente "se ha construido otro muro nuevo a causa de las diferentes valoraciones de la guerra fría". Lo afirma Mijaíl Gorbachov, el hombre que hizo posible aquel acontecimiento. "El principal error de Occidente es creer que ha vencido a Rusia, y que lo ha hecho sin disparar un tiro ni gastar un céntimo", sentencia quien fuera líder de la Unión Soviética, primero como secretario general del PCUS (el partido comunista) y luego como único presidente de aquel Estado desaparecido en 1991. Desde la atalaya de sus 78 años, el artífice del rumbo de apertura y reformas conocido por la perestroika mira tanto hacia la historia como hacia el futuro. El otoño está cargado de conmemoraciones que le suponen una pesada carga física y psicológica, ya que tienen que ver no sólo con la política, sino también con su biografía personal. En septiembre se cumplió una década del fallecimiento de su esposa Raísa, víctima de la leucemia. Entre viaje y viaje, Gorbachov recibe a EL PAÍS en el despacho de su fundación en Moscú. Bromea como un adolescente y está de buen humor.

"Creo que se sacaron consecuencias equivocadas tras la desintegración de la Unión Soviética"

"No me gusta cuando Medvédev se pone la máscara de duro, pero él desea una Europa unida y democrática"

"Sin un sistema electoral representativo y eficaz no conseguiremos que Rusia avance con éxito"

Pregunta. ¿La reunificación de Alemania podría haberse gestionado de otro modo?

Respuesta. En el otoño de 1989, los países del Este estaban haciendo sus respectivas revoluciones y eligiendo su camino, pero Alemania parecía maldita. Sin embargo, tres meses después de que Helmut Kohl y yo dijéramos que el problema de Alemania quedaba para el siglo XXI, todo se precipitó. El plan de Hans Modrow [el jefe de Gobierno de la RDA] era una confederación y nosotros lo aceptamos. Si hubiera funcionado, se hubiera avanzado paulatinamente, pero, a fines de diciembre, Modrow me dijo que en Alemania lo querían todo ya de inmediato y que nadie aceptaba aquel planteamiento.

P. ¿Hubiera podido Erich Honecker salvar la RDA?

R. Honecker dejó pasar el momento. Él creía que ya había hecho su perestroika. La reunificación se hubiera producido de todas maneras, aunque progresivamente.

P. ¿Los conservadores en la URSS y otros países comunistas se opusieron de forma organizada a la reunificación alemana?

R. Puede que hablaran mucho después de aquellos acontecimientos, pero no se opusieron cuando los alemanes salieron a la calle. Yegor Ligachov

[el líder del sector conservador del PCUS] participó en todas las discusiones sobre el tema. Los que sí plantearon sus objeciones a tiempo fueron el presidente francés François Mitterrand y la primera ministra británica Margaret Thatcher, pero ambos firmaron después todos los acuerdos y no se manifestaron en contra. Lo que querían era utilizar a la URSS y a Gorbachov para que las tropas intervinieran y pusieran orden.

P. ¿Qué estaban dispuestos a hacer Mitterrand y Thatcher para impedir la unión de Alemania?

R. Mitterrand decía que los alemanes le gustaban tanto que quería dos Alemanias y Thatcher les tenía miedo. Alemania hoy siente su fuerza económica, pero no es una amenaza y se comporta de forma responsable en la política mundial.

P. ¿Cuándo les dijo por primera vez a los dirigentes de Europa del Este que eran libres de practicar su propia política y que la doctrina Bréznev de la soberanía limitada se había acabado?

R. Cuando enterramos a Konstantín Chernenko

[líder de la URSS fallecido en marzo de 1985] y después en unas sesiones consultivas del Pacto de Varsovia. O sea que se lo dije dos veces a principios de 1985.

P. He leído que usted supo de la caída del muro en la mañana del 9 de noviembre por una llamada telefónica del embajador en Alemania. ¿Vio cómo se agrietaba el muro por la CNN?

R. No tenía la CNN. Los sucesos de aquella noche no fueron una sorpresa. Los acontecimientos fueron cobrando envergadura y estaba claro que nadie podía disparar cuando el muro se abrió.

P. ¿Usted dio orden a las tropas soviéticas de que no dispararan?

R. No hacía falta. Era uno de los puntos de mi política de no injerencia en los asuntos internos de nuestros vecinos.

P. ¿Hay datos secretos de la unificación de Alemania?

R. Hay otras cosas que no puedo contar, pero en ese tema no hay ningún secreto y considero que es uno de los ejemplos más exitosos de la política mundial. Debatimos mucho sobre los peligros, pero todo transcurrió de forma ideal.

P. Otro gran artífice de la perestroika es Eduard Shevardnadze, su ministro de Exteriores y ex presidente de Georgia. ¿Se relaciona con él?

R. Rara vez. Le felicito por su cumpleaños y hablamos ocasionalmente por teléfono, pero fue un buen ministro de Exteriores para mi época.

P. ¿Cree usted que Barack Obama es un nuevo Gorbachov, en el sentido de que aporta un nuevo pensamiento, es decir, que Obama es con relación a George Bush lo que Gorbachov fue con relación a Bréznev?

R. Los países y las épocas son diferentes. Ésta es una época que invita a trabajar y en la mía había que comenzar a mover una pesada piedra tanto en política interior como exterior y mucho más con relación a Estados Unidos. En solitario nunca podría haber hecho lo que hice. En el partido había gente que me apoyaba. Una de las características de la URSS era que la reforma en aquel tiempo sólo se podía empezar desde arriba y que la sociedad necesitaba de cambios. Cuando murió Chernenko, reuní a los miembros del Politburó [el máximo organismo directivo del PCUS] a las once de la noche para disponer sobre el entierro y así, de paso, se planteó un tema que ya había madurado. Se me ocurrió pedirle a Andréi Gromiko [ministro de Exteriores de la URSS] que nos viéramos media hora antes que los demás. Se nos habían muerto tres secretarios generales seguidos y eso afectaba al estado de ánimo de la población. Le dije que no podíamos posponer los cambios que habían madurado y que debíamos unir nuestros esfuerzos y actuar. Él me dijo que estaba totalmente de acuerdo. A veces las cosas suceden así. Se discute sobre algo decenas de años, siglos incluso, y luego, de repente... Hace tres años, ante miles de personas, en una de esas conferencias de pago que doy, un joven que parecía listo me pidió consejo. Le dije que me parecía que EE UU necesitaba una perestroika norteamericana y la sala se levantó y aplaudió. Observé atentamente la campaña de Obama, que me gustó mucho. Obama tiene las mismas convicciones democráticas que me movían a mí y para él también los cambios han madurado, y en ese sentido sí podemos decir que hay un paralelismo con la perestroika.

P. Su idea de la "Casa Común Europea desde Vancouver a Vladivostok" no pudo realizarse y la Carta de París, firmada en noviembre de 1990 por los Estados de la CSCE (hoy OSCE) se quedó en nada. ¿Se plantean los presidentes Medvédev y Obama ahora los principios de aquel documento?

R. Efectivamente. Me alegra que Medvédev se plantee también los temas globales europeos. No es posible distanciarse de lo que aprobamos entonces. En 1989, ante el Consejo de Europa, dije que este continente debía ser nuestra casa común y no un teatro de acciones bélicas. Pero perdimos una oportunidad tras la guerra fría y apareció de nuevo otra línea divisoria. Mire ese grupo de políticos formado por Aleksandr Kwasniewski, Václav Havel y otros que se dirigieron a Obama con exigencias hacia Rusia. Siento vergüenza ajena. Creo que se sacaron muchas consecuencias equivocadas tras la desintegración de la URSS. Dijeron que la OTAN no avanzaría hacia el Este y que no habría peligro para nadie, pero, de repente, comenzaron a aceptar a otros países del Este en la OTAN y lo justifican diciendo que el Estado al que le hicieron esas promesas ya no existe. Es un truco barato.

P. Cuando Medvédev habla de la arquitectura de seguridad europea, ¿sus palabras tienen contenido real o se trata de una fórmula retórica?

R. Medvédev es una persona inteligente, de convicciones democráticas, bien educado e informado. A mí me parece -y se lo aconsejaría- que no debe intentar parecer que es tan decidido y duro. No es eso lo que necesita el país, ni Europa ni el mundo. Él desea una Europa unida y democrática y que unamos nuestros esfuerzos con los estadounidenses, porque en solitario nadie resolverá ningún desafío global. Parece que aún no se comprende que no es posible una seguridad para unos y otra para otros.

P. No puede decirse que la democracia haya avanzado en Rusia bajo el mandato de Putin y el de Medvédev.

R. Puede que tenga razón, pero lo que yo digo -y lo subrayo- tiene que ver con el contenido esencial. He sido un demócrata convencido y eso me ha causado tropiezos, sobre todo porque no quise usar métodos no democráticos con Yeltsin [el fallecido presidente ruso]

. Pero todos se salen a veces de sus casillas. No hay nadie ideal. No me gusta cuando Medvédev se pone la máscara de duro; no es necesario; lo importante es la fuerza de las convicciones, de tus ideas. Si la gente ve que pones convicción y esfuerzo, te seguirá e incluso te perdonará si te equivocas. A Putin se le perdona mucho porque en un comienzo hizo mucho para evitar que Rusia se desintegrara y luego le llegó la lluvia de dólares que dio posibilidad de hacer cosas. Pero en su segundo mandato no utilizó esas posibilidades, es decir, no realizó la modernización que el país necesitaba y tampoco hizo todo lo que podría haber hecho en el plano internacional. Su discurso de Múnich marca la diferencia entre el primer mandato y el segundo. Los demócratas occidentales ilustrados se sorprendieron e hicieron una mueca de desagrado como si fueran una asamblea de nobles ante la cual hubiera acudido alguien con zapatos sucios. ¡Tonterías! Dijo cosas correctas, porque se fregaron los pies en Rusia y la descuidaron tanto que Rusia se retrasó 15 años. Pero los rusos sacaron conclusiones. Cavilaron largamente, pero las sacaron. La esperanza de nuevas relaciones con EE UU, con Occidente, aquella euforia no dio nada. Todos deseaban que Rusia fuera débil para poder hacer lo que querían. Esto ha quedado en la memoria de la gente, por eso apoyan a Putin incluso cuando se le pasa la mano.

P. ¿Acaso no ha contribuido a la aparición de otro muro el retroceso de la democracia que comenzó con Putin y continúa con Medvédev?

R. La democratización está en marcha, pese a que yo soy uno de los que más critica su falta. El sistema electoral ha sido revisado para asegurar la victoria de Rusia Unida, que es un instrumento de determinada gente, y eso no es correcto, y llegó Medvédev y también hizo cosas por el estilo, por ejemplo, prolongó el plazo presidencial. Yo lo critico e incluso escribí un artículo en Rossíiskaya Gazeta. Sin crear un sistema electoral efectivo y representativo que funcione y un sistema democrático, no conseguiremos hacer que Rusia avance con éxito. Cualquier avance exige participación de la gente, y eso es la democracia, la gente debe saber, participar y tener derecho a decidir. Me gustó lo que sucedió en Japón; la gente observó, observó y al final el partido en el Gobierno fue derrotado, pero allí lo permite el sistema democrático. En cambio, aquí, el actual sistema electoral no lo permite. Éste es el tema que hay que resolver antes de nuevas elecciones, pero ellos tratan de disminuirlas; primero introdujeron la ratificación y luego el nombramiento de los gobernadores [en lugar de elegirlos en votación popular]

liquidaron también los distritos mayoritarios y resulta entonces que los ciudadanos no pueden realizar sus derechos constitucionales. ¿Y las elecciones moscovitas, cómo se organizaron? Vetaron a candidatos para no molestar a Yuri Luzhkov.

P. ¿Cree usted que hay una consigna en los medios de comunicación oficiales para criticar o silenciar la perestroika?

R. Los historiadores escriben lo que desean los dirigentes. Por ahora, las cosas son así. Pueden escribir de la época de Bréznev, de Andrópov, que gobernó sólo unos días, pero la perestroika no existe en los manuales de Historia. Se hace conscientemente. Recordemos la campaña electoral en la época de la perestroika, en 1989. Todo el país participó. No hubo ninguna falsificación, ni órdenes por parte del Gobierno. Y por cada escaño competían hasta decenas de candidaturas. ¿Y ahora? Ya ve qué partidos hay... Pero nos abrimos camino, porque la campaña antialcohólica, lo más maldito de la política de Gorbachov, ahora se pone como ejemplo y dicen que se salvó a mucha gente de morir víctima del alcohol.

Mijaíl Gorbachov besa al dirigente de la RDA Erich Honecker durante una visita oficial a Berlín Este, en octubre de 1989. / AP

Mijaíl Gorbachov, es actualmente director de una fundación en Moscú / Álvaro García

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