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Necrológica:

Pepe Rubianes, provocador actor de teatro, cine y televisión

Destacó por sus monólogos y encarnó a Makinavaja en las pantallas

Pepe Rubianes, actor de teatro, cine y televisión y director de escena, murió ayer a los 61 años en Barcelona, a causa de un cáncer de pulmón que le diagnosticaron hace menos de un año. De origen gallego (nació en 1947 en Vilagarcía de Arousa, Pontevedra), residía en Barcelona desde los cinco años. Aunque comenzó en el teatro con grupos como Dagoll Dagom y Teatre Lliure, su fama se debía a sus espectáculos en solitario, en los que daba rienda suelta a su sardónico sentido del humor.

Pero bueno, Pepiño... ¿no habíamos quedado en que no te ibas a morir, hombre? ¡Qué falta de formalidad! Eso ha sido un mal chiste, carallo. Debes quincocientas paellas y un océano de whiskys a tus incontables amigos, y dejas en la ruina, con la crisis que hay, al sector hostelero (facción nocturna) y a los empresarios teatrales de media Cataluña, y en la miseria radical y lechuza a todos los que íbamos (¡qué mal suena, de golpe, estar hablando de ti en pasado!) cada año a verte, a escucharte, a partirnos el pecho contigo, contaras lo que contases: los que habían probado medicina y repetían, los que dejaron de ir al teatro y regresaban, convencidos de que al fin iban a pasar un rato estupendo, y los matrimonios de orden que se escandalizaban ante tus barbaridades pero acababan riendo a carcajadas, y los jóvenes que no te conocían y descubrían a un hermano mayor, con ojos de megagolfo y sonrisa de conejo de Alicia, todavía más bestia y descreído que ellos.

Levantó una gran polvareda al aludir en televisión a la "puta España"

Su montaje 'Lorca eran todos' merecería ser visto en las escuelas

Salías a escena a los acordes de Bad Moon Rising y el público te aclamaba como a una estrella de rock. Llenaste durante años, noche a noche, que se dice pronto, el Club Capitol de Barcelona. Cuando te dimos el Premio Ciudad de Barcelona de Teatro escribí, rebosante de orgullo: "El don de la gracia, como cualquier don, se tiene o no se tiene. Pero la gracia, para sostenerse durante más de dos horas, seis temporadas en cartel, y los veinte años que llevaba este cómico único e irrepetible subiéndose a un escenario, necesita dos elementos que no se aprenden en un cursillo: arquitectura y energía. Su arquitectura es tan sólida y su energía es tan fluida que sus monólogos parecen estar comenzando continuamente, como las buenas novelas, sin caídas de ritmo ni bajadas de tensión".

Eras un hijo legítimo de San Miguel Gila y un heredero transoceánico, españolísimo, de Lenny Bruce: virulento en la inmediatez de tu respuesta a las intolerables agresiones de la actualidad y feroz en tus exabruptos, que resonaban como felices taponazos de un champán que había acumulado presión durante demasiado tiempo. A veces, qué le vamos a hacer, se te calentaba demasiado la boca. Menuda se armó, te acuerdas (¡cómo no vas a acordarte!) poco después del estreno de Lorca eran todos, aquella función que debía haberse visto en todas las escuelas: teatro cívico, honesto y valiente, en el que rendías homenaje a toda una generación ("los miles de españoles demócratas", dijiste, "que sufrieron la misma suerte del poeta") y al esforzado teatro universitario de tu primera juventud. Luego fuiste a TV-3 y te pasaste varios pueblos y unos te corearon y otros te amenazaron de muerte: este país es así.

Escribí también: "No seré yo quien le aplauda, pero la suya es una respuesta, excesiva sin duda, a una derecha cavernícola y a toda una pandilla mediática que lleva años insultando, calumniando y tergiversando, y que se rasgó las vestiduras ante el estallido del cómico. Rubianes se excedió, insultó y luego pidió excusas. Ellos jamás han sentido la necesidad de presentar excusas a nadie: es el pan suyo de cada mañana".

Te dejó tocado todo aquello y se acabaron, otra putada, tus actuaciones en el resto de España, pero remontaste el bache yéndote a África, a tu segunda patria, y volviste con un nuevo espectáculo, La sonrisa etíope: una celebración, una fiesta, el único modo que tiene un cómico de ganar una batalla. Lástima que no ganaras la última, amigo, pero te aseguro que de aquí sales a hombros. Dejas otra sonrisa, enorme y colectiva, y un sabor de boca y un calor tan espléndidos como los del orujo que muchos, muchísimos, nos ventilaremos esta noche recordándote, mientras tú te vas de juerga con Miguel y Lenny, con Tip, con Coll, con Capri, con Andy Kauffman, con todos los miembros de honor del Club de los Grandes Cómicos Muertos. Yo te despido ahora con el redoble de tambor de Manuel Machado: "¡Valiente soldado del Arte, adiós, que luego nos veremos! También nosotros nos iremos con nuestra música a otra parte".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de marzo de 2009