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sábado, 14 de febrero de 2009
Entrevista:GUÍA DE PERPLEJOS | MIGUEL MUÑOZ - Poeta y bibliotecario

"Soy un producto de la modernidad y puedo acabar como Bartleby"

"Al final somos gente que duerme mal los martes / y busca entre las luces de la mañana un modo / de reescribir las líneas del último propósito". Así comienza el último poema del último libro de Miguel Muñoz (51 años), Cómo perder (DVD ediciones). Poeta al que le gusta moverse en la baja frecuencia cercana a la invisibilidad; hombre triste y lúcido que, por no querer, no quería ni ser poeta. Manuel, de formación filólogo, es bibliotecario desde hace veintitantos años en la Facultad de Económicas de la Universidad Autónoma: "Estoy todo el día en el ordenador volcando datos. Llevo más de 20 años. Casi, podría decir, que sentado en la misma silla. Pero no resulta incómodo. Si no tienes ambiciones, corres el riesgo de aburrirte, pero estás bien", explica.

La noche aquí es sinónimo de tensión. Es la anticipación de una caída

Mi ex me dejó claro que era imposible estar con alguien tan melancólico

Miguel nació en Valdepeñas, en una casa manchega llena de recovecos. Abajo, el comercio familiar, el bar El Español; arriba, la vivienda. "Desde esa época para mí era importantísimo Madrid, sinónimo del mundo y de viaje", recuerda. Poemas amorosos y primerizos con una finalidad, ligar, piso de estudiante en la plaza de la Marina, Madrid que se le abre con sus plazas y sus mujeres, la literatura moderna que se confunde con la vida, la poesía endecasílaba que acaba un día de justicia literaria quemada por completo en una bañera, una novela, Los cobardes, que queda a las puertas de publicarse...

Van pasando los años, llegan una mujer, un hijo; y vuelta a la poesía, dos premios, y una poesía más despojada cada día, fúnebre, reflexiva y melancólica. Una poesía en la que en su último libro aparece Madrid como ciudad enferma que es, espejo y escenario de la realidad.

Pregunta. En su libro Cómo perder la noche de Madrid parece un laberinto.

Respuesta. Son momentos de un errar no agradable. Tendría que remontarme muy atrás para encontrar una noche placentera en Madrid, para mí la noche aquí es sinónimo de tensión. Caos y dolor. Aunque me atrae, la rehúyo. Además, es la anticipación de una caída. Asocio mucho la desolación con una hora muy determinada de la madrugada, con la calle mojada porque acaban de regarla, con los cubos de basura descolocados... Desde hace tiempo esos momentos no pueden ser alegres.

P. Alejado de la visibilidad del autor, de los foros literarios, del reconocimiento. ¿Cómodo en la baja frecuencia?

R. Me gusta moverme en la invisibilidad. Me da cierto gusto que la gente me lea, pero me gusta tanto más cuanto más desconocimiento hay de la persona.

P. En su poesía hay un elogio, un tanto irónico pero muy serio, de la conformidad, del preferir no luchar por ser o por querer ser.

R. Es que para hacer eso hay que creérselo. Qué difícil es creerse algo de verdad, que no haya nadie viéndote vivir detrás. En cuanto hay alguien viéndote, alguien observando, dando cuenta de lo que vives y que eres tú mismo, ya la hemos fastidiado.

P. ¿Tampoco alaba la infancia como territorio libre?

R. Me resulta difícil darme un paraíso, ni perdido ni por conseguir, ni presente. No es una virtud. La modernidad es época dedicada a desmitificar. Creo que soy un producto de esta época, creo que me he especializado en ese trabajo. Eso tiene un precio; de hecho, el precio puede ser acabar como Bartleby [el protagonista del libro de Herman Melville Bartleby, el escribiente]. Me cuesta mitificar.

P. ¿Qué cree que significa la melancolía?

R. [Silencio prolongado] La melancolía es una manera de estar en la realidad que consiste quizá en no saber responder a la pregunta: ¿Vivir vale la pena? Un melancólico no sabe responder y tampoco pasa nada por ello. Ni siquiera la lucidez es la causa ni el efecto. No eres capaz de convencerte de que estás aquí por algo en particular, que ese algo está bien, que vas a alguna parte. La melancolía no tiene que ver con el pasado necesariamente. Uno es capaz de inventarse sus propias pérdidas precisamente para seguir siendo melancólico. Yo he experimentado, casi desde fuera, con una visión científica, cómo me fabricaba un paraíso perdido que todavía no había perdido para poder echarlo de menos. Aunque no creo que sea una patología, una patología necesita una normalidad a la que referirse.

P. ¿Se acuerda de la primera vez que se vio inmerso en ese estado?

R. Ya con nueve años me apartaba para buscar ese puntillo que me ponía. Uno de los momentos en los que se repetía era camino de Madrid. Me tumbaba en el asiento trasero, me ponía a mirar las nubes y a recordar mentalmente algunas canciones, cuyo título no voy a confesar, que me sumían en la melancolía.

P. Siendo melancólico, ¿se puede ser buen compañero?

R. No lo sé, sobre todo lo de buen compañero. Yo estoy separado y ahora mismo no vivo con ninguna mujer. Mi ex, que es la madre de mi hijo, fue una de las cosas que me dejó claras: que era imposible estar con alguien tan melancólico como yo. Bueno, ella decía depre.

El poeta Miguel Muñoz, en el café del Conde Duque. / BERNARDO PÉREZ

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