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sábado, 9 de agosto de 2008
Reportaje:EN PORTADA | Reportaje

Geografía de la sospecha

La novela negra ha roto sus fronteras. Desde los barrios bajos de Estados Unidos ha saltado al Mediterráneo, los países nórdicos y Extremo Oriente. El nuevo género mezcla ficción e investigación y habla del terrorismo, el choque de culturas y la corrupción.

La novela negra tradicional narra la historia de una anomalía. Alguien mata a alguien. Hay un cadáver en un sillón y un arma de fuego. Alguien huye por las cocinas de un restaurante chino. El detective investiga y persigue y por lo general llega a conclusiones escalofriantes: vivimos en un mundo extraño y las urbes despiadadas despiertan al monstruo que duerme en ciertos seres frágiles. La corrupción y el delito campean. Hemos perdido el decoro, la medida humana de las cosas, la decencia. El detective, bebiendo un vaso de bourbon, lo constata una vez más y luego, en silencio, camina entre las sombras de la calle. En el fondo él es tan frágil y solitario como los monstruos que persigue.

En Italia, como dice el ex juez De Cataldo, la novela es la respuesta a la desaparición del periodismo investigativo Hoy trata de comprender la sociedad globalizada, las economías emergentes y los saltos políticos de una era sin ideologías

Pero la figura del detective ha ido cambiando. Nace con Auguste Dupin, personaje de Allan Poe, en los Crímenes de la Rue Morgue: un hombre elegante y brillante que se mueve por los salones de la aristocracia. Es el modelo de Sherlock Holmes y Hércules Poirot, y el crimen es sobre todo un enigma que reta su inteligencia. Son novelas de salón y el mayordomo es sumamente sospechoso. Estamos aún entre tazas de té y copas de jerez o Bristol Cream. La respuesta llega de pronto a la mente del detective a través de un indicio que desata una complicada álgebra mental, y al final todo está muy claro. Los criminales usan también objetos refinados, como dagas y estatuillas, y su móvil, en ciertos casos, es poético o filosófico: buscan el crimen perfecto, por ejemplo.

La novela negra norteamericana cambia las cosas. Suben los grados de alcohol, pasamos al whisky o la ginebra. Los asesinos no son aristócratas sino personas desesperadas y marginales. Aparecen los barrios bajos de Los Ángeles, Chicago y Nueva York. Las afueras de Baltimore. Chandler y Hammet pululan por ahí y sus detectives son solitarios, miembros de la internacional de la triple D: divorciados, depresivos y dipsómanos. Su trabajo es obsesivo y tienen un fuerte sentimiento de culpa. También ocultan algo. Sus aventuras muestran la vida y retratan las calles y sus gentes. Está la inmigración, la mafia, la prostitución, el vicio... Está la verdad desnuda. La novela latinoamericana parte de ahí y le suma el compromiso político, o el compromiso con la realidad: Paco Ignacio Taibo II contra las fuerzas oscuras del Estado mexicano. Sasturain en Buenos Aires, Leonardo Padura en Cuba, Rodrigo Rey Rosa en Guatemala. En Colombia aparece el mundo sicarial de Rosario Tijeras, de Jorge Franco, y la oscura demencia de un veterano de Vietnam, en Satanás, de Mario Mendoza, entre otros.

Pero hay que dejar claras ciertas consideraciones. La primera es que la novela negra es ante todo novela y debe responder por ello. La coartada del subgénero no le da ventaja alguna. Por eso debe ser buena y también creíble. Debe estar tan bien escrita que sea imposible detenerse. Debe llevarnos a comprender mejor el mundo y la vida y debe instalar en nosotros la duda y el deseo de que la realidad siga siendo explicada o revelada a través de palabras. En suma, debe ser excelente, una buena novela que tiene la característica de ser, después, de género negro, así como hay novelas excelentes que son históricas o románticas o epistolares. Buenas novelas, buena literatura.

¿Nuevos escenarios? "Hoy las novelas negras describen los problemas del mundo contemporáneo, y la intriga, en el fondo, es la arquitectura que usa el novelista para mostrar mejor, con más eficacia, cómo funcionan nuestras sociedades, sus problemas y sus taras, en un ambiente generalmente urbano y de marcado realismo", me dice Anne Marie Métailié, directora de Editions Métailié, en París, una de las editoriales que más ha investigado el tema y que traduce un amplio espectro de autores europeos y latinoamericanos.

El escenario privilegiado es la ciudad, pero esto no es nuevo. El caso de Italia es particularmente llamativo. Carlo Lucarelli, Wu Ming, Giancarlo De Cataldo, Roberto Savinio. En esa privilegiada península en la que todo es bello, donde se gestó el Renacimiento y se inventó la forma poética del soneto, donde vieron la luz el queso parmesano y la pintura de Da Vinci y Raffaello, también suceden cosas muy graves, y la literatura las registra. Ha pasado tiempo desde El zafarrancho aquel de vía Merulana, de Carlo Emilio Gadda. Hoy se habla y se denuncia a la Mafia, y los novelistas, en ocasiones, requieren de guardaespaldas. Es nuevo que algunos autores, como Giancarlo De Cataldo, provengan de la burocracia de la justicia. Su historia es curiosa: un ex juez que transforma los archivos de un caso en novela, Romanzo criminale, para contar el ascenso de una pequeña banda de ladrones que llega a controlar a políticos y empresarios de Roma con los métodos salvajes del capitalismo y la globalización. También son globalizados y neoliberales los métodos de la Camorra de Nápoles descrita en la exitosísima novela Gomorra, de Roberto Savinio, otro escritor italiano que, antes de escribir, pasó diez años investigando a esta gran empresa criminal cuyo objetivo es la optimización de recursos y suministros, muy a la vanguardia de la economía mundializada, por cierto, con negocios que llegan hasta China y presencia en actividades como la industria textilera, todo rigurosamente cierto y, sobre todo, rigurosamente creíble, lo que hace de Gomorra una gran novela que da la razón a De Cataldo cuando afirma que la novela negra de hoy, en Italia, es la respuesta a la desaparición del periodismo investigativo, algo que otros llaman el Noir Mediterráneo o novela negra mediterránea, mezcla de investigación y ficción en dosis fuertes.

Un poco más al Norte, siguiendo el trazado de una imaginaria proyección de Mercator, podríamos decir que algunos novelistas de Islandia también intentan comprender el mundo de hoy a su manera, con el paso violento de una sociedad campesina a la más aterradora modernidad. Le ocurre a Arnaldur Indridason, en Jar City, y a su detective Erlendur, cuya hija escucha música rock y consume drogas de diseño en los bares más aterradores de Reikiavik. Cosas que él no comprende. Mientras tanto, Erlendur debe indagar el crimen de un anciano pedófilo y violador y para hacerlo debe vencerse a sí mismo. Desprecia a la víctima pero sigue adelante. El mundo ya no es lo que era y él debe llegar a la verdad, pues es un viejo que cree en la justicia y la rectitud humana. Algo similar piensa Kurt Wallander, el detective del sueco Henning Mankell, un autor de éxito y una referencia de la novela negra nórdica, de ese grupo de novelistas que vienen del frío, como vino también el danés Jens Martin Eriksen, representante del "realismo obsceno", o Hakan Nesser, apodado el Simenon de Suecia, con su inspector Barbarotti, o el también islandés Arni Thorarinsson, todos ellos asediando este extraño espacio que habitamos.

Un mundo raro e incómodo también para Hannelor Cayre, autora francesa, que en su novela Abogado de oficio cuenta las pobres vidas de los abogados lumpen que defienden a los marginales e inmigrantes pobres de París, lejos de los grandes estrados y alegatos donde domina la palabra y el espíritu de la ley. O más al Sur, el griego de Estambul Petros Markaris y su detective Costas Charitos, implacable a la hora de desentrañar los crímenes de las mafias que trafican con personas, del Este al Oeste. Y por cierto, allá en el Este está Anna Marínina, novelista rusa, ex policía de Moscú y ex criminóloga del Ministerio del Interior, quien transfiere a sus novelas sus propias experiencias en la piel de Anastasia Pavlovna Kaménskaya, inspectora de la Petrovka, la policía criminal de Moscú, pero también gran intelectual, especialista en informática y joven que persigue la corrupción política y empresarial ligada a las poderosas mafias de su país.

Es el Noir Mediterráneo en las estepas rusas, o la novela negra de hoy a secas, al fin y al cabo, en su búsqueda por comprender mejor la sociedad globalizada, las economías emergentes y los saltos políticos de una era sin ideologías, pero también otros problemas como el choque de culturas y generaciones, la violencia terrorista, la inmigración desatada y cruel, la nostalgia del miedo y del horror de los grupos neonazis que en la noche recorren como huestes prehistóricas las calles de Copenhague, Estocolmo o Bakú, en fin, novelas negras y buenas, cuando lo son, que dan cuenta de la realidad, piensan mal del prójimo y se llenan de sospechas que por lo general están muy bien fundadas. -

Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es autor de la novela policiaca Perder es cuestión de método (Mondadori). Su libro más reciente es El síndrome de Ulises (Seix Barral).

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