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lunes, 21 de abril de 2008
Tribuna:

Guerra de Irak y ayuda al desarrollo

El presidente Bush ha ordenado suspender el repliegue de las tropas norteamericanas en Irak pocas fechas después de que se cumplieran los cinco años del inicio de una guerra en que Estados Unidos y algunos de sus aliados se lanzaron contra el Gobierno de Sadam Husein sin previa resolución del Consejo de Seguridad de la ONU y bajo pretexto de que éste disponía de armas de destrucción masiva.

Con esa guerra, Bush hijo se lanzó a un proceso en el que no había querido meterse Bush padre cuando se limitó a restablecer las fronteras de Kuwait tras la invasión de este país por Sadam Husein y renunció a derrocar al régimen de Sadam sabiendo que hacerlo crearía un vacío de poder en Irak que desencadenaría problemas de gobernabilidad entre sus habitantes chiíes y suníes. Bush padre tenía muy presente que su antecesor Jimmy Carter había cometido el error de abrir el Gobierno de Irán al ayatolá Jomeini contra el sha Reza Palevi que -sin ser demasiado demócrata- había sido mejor aliado de Estados Unidos que el Irán islamista radical que aún persiste hoy.

En este conflicto se está malgastando un dinero que se escatima al Tercer Mundo

Olvidando la prudencia de su padre, Bush hijo -tras la desafortunada reunión de las Azores con los entonces primeros ministros del Reino Unido (Blair), España (Aznar) y Portugal (Barroso)- se lanzó a la invasión de Irak en una aventura de la que se arrepintió Blair en su día, pero de la que no se han arrepentido todavía ni Bush ni Aznar, que siguen diciendo, aún hoy, que los iraquíes están mejor ahora de lo que lo estaban hace cinco años, sin tener en cuenta las decenas de miles de muertos y la desorganización en que está sumida la sociedad iraquí.

Cinco años después del inicio de la desgraciada "guerra preventiva", Irak está peor de lo que estaba y, además, y por si esto fuera poco, el mundo ha sufrido atentados terroristas (Bali, Casablanca, Madrid, Londres...) y amenazas (Bin Laden) que sin aquella guerra, quizás, no se hubieran producido.

Decididamente la guerra no fue una buena opción y además ha supuesto un gasto de recursos humanos y económicos que se hubieran podido emplear para la ayuda al desarrollo y para hacer avanzar el cumplimiento de los Objetivos del Milenio, al que todos los miembros de Naciones Unidas nos obligamos en la Asamblea General del Milenio en 2000, con la mirada puesta en llegar a ellos en 2015.

Hace unas semanas compré, en Nueva York, el último libro que el premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz acaba de escribir, con la profesora de Harvard Linda J. Bilmes, y en el que estiman que el conflicto del Irak tiene un coste de tres billones de dólares (The Three Trillion Dollar War: The true cost of the Iraq Conflict). Los autores estudian de forma seria y solvente los impactos macroeconómicos en Estados Unidos y en todo el mundo de esa guerra, unos impactos que están a la vista de todos -y que el propio Stiglitz comentaba en su artículo en EL PAÍS del 13 de abril- y a los que hay que sumar los costes presupuestarios, humanos y sociales de todo tipo que van desde las pensiones a pagar por los muertos y también por los mutilados o traumatizados -sin posibilidad de volver a trabajar el resto de su vida-, hasta el coste del armamento quemado en el conflicto. Y lo peor es que nada de ello ha servido para mejorar la vida del conjunto de las poblaciones afectadas por la dictadura de Sadam Husein, para regularizar o abaratar el coste del petróleo o para conseguir una mayor seguridad en Irak, en Oriente Próximo y en el mundo.

Frente a estas enormes cifras, la OCDE acaba de dar a conocer el Informe 2007 sobre la Cooperación al Desarrollo. Según ese documento, la ayuda oficial al desarrollo proporcionada por los países ricos alcanza solamente los 107.421 millones de dólares (unos 70.500 millones de euros) con una lamentable disminución del 4,5% respecto al año anterior. Ello supone solamente el 0,31% del PIB de los países donantes, de modo que no sólo no nos acercamos al 0,7% del PIB que las Naciones Unidas se han fijado como objetivo para la ayuda al desarrollo, sino que nos estamos alejando de tal objetivo pactado.

La conclusión de todo esto es muy clara: mientras el absurdo de Irak -con su exorbitante coste- prosigue, la cicatería es la norma respecto a los volúmenes de ayuda oficial al desarrollo y a la apertura comercial a las exportaciones de los países pobres.

Estos días, del 20 al 25 de abril, en Accra, los pobres volverán a recordarnos en la XII Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo que las promesas que se les han hecho siguen siendo papel mojado.

Francesc Granell es catedrático de Organización Económica Internacional de la Universidad de Barcelona.

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